La inteligencia del corazón

 


Si cualquier día tenemos una cita puedo asegurarte que no llegaré ni un minuto tarde. Tampoco se me pasarán los plazos para cualquier gestión ni saldré de casa sin que quede arreglada y todo en su sitio. A veces me pregunto qué aprendí de mis padres y entonces pienso en estas cosas. En el cine, esa pasión diario que se fue apoderando de mí cuando era muy pequeña y gracias a mi madre. Ella es una rara avis en su propia familia, gente práctica y educada, gente que no sueña, sino que está dispuesta a todo lo que sea menester. A ninguna de sus hermanas les interesó el cine nada más que para hablar de jóvenes guapos y atrayentes. Tampoco los libros fueron santo de su devoción y sin embargo mi madre tenía su propia estantería y nadie podía coger un libro sin permiso. Son los libros de mamá, decíamos, y ahí permanecen todavía, cuando ella hace ya algunos años que se ha ido. Esas dos aficiones, mucho más que aficiones diría yo, me las inculcó (fea palabra, que indica cierta violencia, es mejor decir que me las inspiró) ella, con su ejemplo. Pero otras muchas pequeñas cosas las aprendí de mi padre: el gusto por la limpieza y el orden, la puntualidad, los modales educados, la pertinaz tristeza ante cualquier dolor de los otros, la empatía superlativa. 


Ellos no lo sabían pero estaban practicando en su elección de vida (la cotidianeidad, los ritos familiares, los hijos, el cine compartido, el libro comentado, la sobremesa, las tertulias, la música a coro, las comidas caseras, los trajes que pasaban de unos a otros) algo que también otros eligen y que resulta tan poco ostentoso que no llama la atención. Salvo si te fijas. Frente a la gran vorágine de la vida pública, de la vida de las recompensas y los premios, de los fastos y las conmemoraciones, de los acontecimientos decisivos, de las tomas de postura indispensables...frente a todo ello la clara luz de la vida sencilla, íntima, familiar, en las blancas paredes de tu casa, en tu pequeño patio, en tu jardín, en tu balcón, en tu terraza, en tu salita, en tu plaza, en tu calle. La clara luz de la existencia escrita para absorberlo todo sin molestar y sin hacer daño, sin pretensiones y sin prepotencias, sencillamente, solos con la propia realidad, solos con el transcurrir de las horas, a veces lentas, otras veces en forma de torbellino. 


No es necesario salir en el periódico, parecen decirnos esas voces internas. No es necesario llamar la atención. No es antiguo optar por el trabajo bien hecho, por la dedicación, por la devoción, por la vocación. Está bien querer hacer algo, querer ser algo, querer sentir mucho. Está bien no avergonzarse de quien eres, de dónde vienes o de qué haces. Todo confluye en ese río que discurre a su ritmo, sin que puedas hacer nada para detenerlo ni para estorbar su desembocadura. Pues las vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir. 


(Imágenes, pintura de Giovanni Boldini)

Comentarios

oleska ha dicho que…
Cuánta verdad en tu preciosa reflexión.. y cuánta felicidad en este quehacer familiar, íntimo, discreto, culto y elevado...lejos del mundanal ruido.