En Grecia el mar cambia de color

 


Céline (Julie Delpy) y Jesse (Ethan Hawke) hablan de sus cosas. Y el fondo es agua y piedra, los dos elementos que definen las islas griegas, que hablan de Grecia a los que buscan en las guías de viaje una forma nueva de encontrarse. Cuando estudiábamos el mundo clásico todavía no sabíamos que habría veranos al calor de ese mundo que parece no haberse hundido nunca. Son las ruinas más fotogénicas del universo y el lugar en el que una puede resarcirse de los sonidos molestos de la civilización, aunque aquello es lo más civilizado del mundo. Grecia es el pasado y el futuro, mucho menos el presente, porque el presente pasa rápido si te sientas en cualquier pequeño restaurante, que una familia al completo lleva con total devoción. Monemvasía se cuelga del mar y de la piedra, sus calles son piedra y suena a piedra siempre. Arachova presume de frescos bizantinos y lo hace con razón, porque Bizancio es una piedra (siempre la piedra) angular de los restos artísticos que convierten todo esto en un libro abierto o que hay que abrir cuanto antes. En Parga todo conduce a un castillo y da la sensación de que la Edad Media no fue una laguna bárbara sino que existió y tuvo mucho que contar y que explicar aquí. Skópelos es algo más que un plató de cine, aunque puede parecernos un puerto modesto y sin pretensiones. Pero esa sencillez es aquí de película. Nauplia es tan neoclásica como una gran ciudad italiana que tuviera mucho que enseñar. Y luego, al final de todo, están los azules de Santorini, a modo de postal pintada a mano, a modo de decorado de habitación de adolescente, de cuadro y de foto fija del verano, del azul del tiempo, de las olas, las nubes, las estrellas increíbles y el beso inventado sin miedo a casi nada. 

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