Traductores

Ipad and Iphone Paintings (Hockney, 2009)

 La lectura es un placer y, como todos los placeres, hay que tomarla muy en serio. 

Cuando empecé a leer no le di demasiada importancia a los traductores de los libros escritos en otro idioma distinto del español. Sin embargo, mi obstinación en perseverar en el conocimiento de algunos autores, de los que leía un libro y, a partir de ahí, el resto de su obra, me llevó a darme cuenta de ciertas cosas en las que antes no había reparado. 

Si los libros de determinado autor se encontraban todos en una sola editorial, quizá y solo quizá, el traductor sería la misma persona. Pero esto no sucedía en la mayoría de los casos. De modo que me encontré con estilos diferentes dependiendo de quien fuera el traductor. Esto se notaba mucho más cuando buscaba un mismo libro en diferentes editoriales. Sé que esto no es lo que hace un lector ordinario, pero hay muchos lectores avanzados como yo para quienes es importante, sobre todo, leer cosas que estén "bien escritas". Y no siempre las traducciones de algunas obras garantizaban eso. Me suelo extrañar de la fama y la aceptación pública de algunas obras que están, definitivamente, "mal escritas". La escritura tiene una belleza interior que trasmina las palabras. Las frases no son brochazos mal ubicados. Todo escritor tiene su propio aroma. Sin embargo, en mucha de la literatura actual (la clásica es fruto de un expurgo que nos ha evitado lo malo), veo una ausencia total de esa clase de belleza. 

El problema en la poesía es mucho mayor. La poesía es música, es armonía, es ritmo. Las traducciones de  poesía no me dejaban satisfecha y por eso mismo decidí tácitamente que iba a leer sobre todo poesía escrita en español. Así ha sido y mi bagaje como lectora de poesía es sobre todo de poesía de autores españoles e hispanoamericanos. Admiro a las personas que tienen tanto dominio de las lenguas extranjeras que son capaces de leer en idioma original con un buen entendimiento, pero no es mi caso, aunque me pongo a ello con frecuencia. Así que necesito a los traductores. 

Hay lecturas poéticas insoslayables y estas tienen que venir de la mano de traductores, por ejemplo Shakespeare. No solo su teatro, en el que la traducción es un elemento fundamental para conservar su sentido y su grandeza, sino su obra poética. Los Sonetos de Shakespeare, en sus variadas traducciones, son un ejemplo claro de esta diversidad. De ese modo he llegado a la conclusión de que el papel del traductor no es un añadido accesorio, como puede ser la portada, el tipo de papel o el tamaño de letra. Un diseño adecuado te llama la atención y hace el libro más llamativo. El papel o la letra lo pueden convertir en algo confortable. La facilidad para hojearlo, la encuadernación, todo ello son aditamentos que lo hacen amable, fácil, cómodo. Pero la traducción es el eje principal del libro. Una vez que el autor lo ha escrito en su idioma y que esta es la base, lo que llamamos "la obra", todo lo demás se queda en manos del traductor. Y tengo ejemplos que me han hecho entender todo esto. 

Ana Bustelo, traductora de "La librería" de Penelope Fitzgerald (Impedimenta, 2010) entre otros libros, también ha traducido a Elizabeth Taylor en su obra para mí más preciada "Un alma cándida" (Gatopardo Ediciones, 2018). Más tarde encontré otro libro de la escritora, "El juego del amor", en otra editorial y otra traducción. Solo diré, sin dar datos porque no se trata de perjudicar a nadie, que comencé a leerlo y lo dejé de lado. Y eso me resulta desagradable porque me gusta mucho y soy incapaz de leerlo tal y como está escrito. Imposible leer un texto con una traducción tan descontextualizada, tan poco acorde con lo que yo ya conocía de Taylor, de quien había leído también antes "Una vista del puerto" (Gatopardo Ediciones). 

Otra muestra de la importancia de la traducción es cómo un buen traductor, al especializarse en un autor concreto, establece un lazo con su escritura y absorbe su estilo de modo impecable. Es lo que sucede con la traductora de Edna O'Brien, Regina López Muñoz, que la ha traducido en todas sus obras publicadas en España, no solo las de Errata Naturae, sino también las de Lumen. Esta expertise contribuye de manera eficaz a una buena lectura de la autora. 

En el lado opuesto está Jane Austen. Hay tanto traducido de ella que encontramos de todo. Como he leído sus libros en traducciones diversas noto enseguida lo que encaja y lo que no. El titubeante uso del tú en lugar del usted, por ejemplo, prueba inequívoca de una traducción apresurada. 

Un libro podría llegarnos con la portada en blanco, incluso nos llega a través de un PDF, o en forma digital. Pero nunca nos llegaría sin ese intermediario necesario que es el traductor. Y una buena traducción es la condición imprescindible para que el autor logre su objetivo de interesarnos. No podemos dominar todos los idiomas pero sí apostar por personas que, además de dominarlos, son buenos escritores. No hay un buen traductor si no es un buen escritor. Y en poesía, no hay traducción sin un buen poeta detrás. Algunas editoriales colocan el nombre del traductor en la portada. Esto es una muestra clara de lo que digo. Otras no lo hacen, seguramente por motivos ajenos al valor que otorgan a la traducción. A mí me parece no solo de justicia sino una forma de visibilizar a los traductores y de estimular las buenas traducciones. 

Comentarios

José A. García ha dicho que…
Concuerdo, hay traductores y meros trasladadores de un idioma a otro, tanto de un lado del Atlántico como del otro.
Por suerte algunas cuestiones han cambiado, aunque siguen existiendo editoriales que continúan presentando las deficientes traducciones de la primera mitad del siglo XX que necesitan una urgente actualización, cuando no una nueva traducción.

Saludos,
J.