Aquel chico francés...

 


Aquel chico francés tenía un gran parecido con Vigo Mortensen. Llevaba el pelo largo y los ojos azules (o eran grises o verdes, todo dependía). Rompí todas sus fotos en ese momento de ofuscación que sigue al enamoramiento más feroz y por eso hoy reconstruyo su imagen a través de la de otro. Recursos de la memoria y del paso del tiempo. He roto tantas fotos que tendría que convertir la pasarela roja en el trasunto de la calle Real. Aquel chico francés era fotógrafo y andaba todo el día con la cámara al hombro. Se paraba en los sitios más inverosímiles y hasta peligrosos y luego echaba las horas revelándolas en un estudio que había instalado en su apartamento de Nîmes. El apartamento era pequeño pero brillaba a todas horas, porque le daba un sol naciente espléndido y la terraza despedía un olor inusitado a albahaca. Conocía todos los lugares, porque su cámara los captaba antes casi de que la gente los descubriera. Castillos, palacios, puentes, ríos y calles. Edificios, tiendas, bares, restaurantes, esquinas. Tenía un sexto sentido, el sexto sentido del artista. Sabía mirar de otra manera, descubría lo que nadie antes había notado y por eso mismo desprendía un aire tan especial, tan nuevo, tan lleno de palabras de otro vocabulario, tan suaves de escuchar y de prenderse en cualquier comentario hecho al hilo de un beso en cualquier boulevard. 

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