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Mostrando entradas de julio, 2022

The Assistant

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  Todas las imágenes de Julia Garner , Jane en la película, nos la muestran haciendo fotocopias, hablando por teléfono, realizando gestiones, ordenando papeles. Su jornada laboral comienza muy temprano y va de una cosa a otra sin parar, durante todo el tiempo. Sabemos muy poco de ella, prácticamente nada, desconocemos su vida, sus sentimientos, su historia sentimental, su familia. Es una especie de secretaria, una asistente, tiene una buena formación, aspiraciones profesionales (quiere ser productora de TV), deseos de triunfar. De vez en cuando tiene que mentir cuando la esposa del gran jefe le pregunta por él. "Está reunido, está en una proyección, ha tenido que salir..." De ese modo, todos son partícipes de la simulación, de la mentira. Los asistentes experimentados los hacen con gran naturalidad, pero Jane tiene que aprender, porque solo lleva allí cinco semanas. Parece un trabajo muy burocrático, sin creatividad, papeles y papeles, hoteles, viajes, agenda, pero ella ademá

Un tranvía llamado deseo

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  Blanche Dubois es una mujer madura que pertenece a una rancia familia del sur venida a menos. Las circunstancias de su vida la llevan a tener que vivir en Nueva Orleáns con su hermana pequeña, Stella, y su cuñado, Stanley. Stella es dulce y voluntariosa, con esa clase de belleza sencilla que no arrebata pero que permanece. Stanley es rudo, algo violento, muy sensual y está enamorado de Stella. La ama verdaderamente. La vida de ambos se reduce a pequeñas cosas. Su casa de los suburbios es pequeña, su entorno pequeño, todo tiene la pátina de la sencillez y aun de la humildad. Por eso Blanche se siente fuera de lugar y he aquí que su lujoso equipaje, al menos en apariencia, parece estar ansiando un hotel de lujo o una mansión en la avenida principal.  El círculo de amistades de la pareja es escaso, salvando la excepción de algunos amigotes con los que se reúne Stanley a jugar a las cartas una vez por semana. A jugar, a beber, a blasfemar y a reírse sin control y sin modales. Los modales

"Washington Square" de Henry James

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(Catherine y Morris pasean en la versión de 1997 de "Washington Square") En un tiempo en que las mujeres de la buena sociedad se sentían presionadas por la necesidad de hacer un buen matrimonio, de tener éxito social, Catherine Sloper no es una víctima de su falta de atractivos físicos o de su escasa brillantez de ingenio. Lo que Henry James describe es aún más doloroso, más difícil de superar y más definitivo: la historia de una niña que nunca recibe amor del padre, que es el único progenitor que le queda después de que su madre muriera en el parto. El doctor Sloper  castiga a su hija con una especie de odio soterrado, de desprecio mal disimulado, porque la considera la causa de la muerte de su mujer a la que adoraba. Ese es el peor castigo que puede recibir un niño. Huérfano de madre y huérfana de padre, o peor aún, con un padre exigente, poco comprensivo, nada cariñoso. Este y no otro es el problema de Catherine, lo que la convierta en una mujer vulnerable. No t

Bodas y Spencer Tracy

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  (Fotograma de "El padre de la novia" con Elizabeth Taylor como Kay y Spencer Tracy como Stanley, su padre. Dir. Vincente Minnelli, 1950) Cuando veo películas de bodas siempre recuerdo los lirios azules. Eran de tallo largo y estaban anudados con un lazo gris. Todo en esa boda era azul, incluso el escenario, al borde del mar del levante. El viento azotaba como en esos días en los que hay que sujetarse la falda y el juzgado no parecía un telón de fondo muy romántico, aunque lo fue. Hubo otra boda antes, de rosa y verde, pero, en realidad, aunque con más protocolo y más gasto, no llegó a la íntima fastuosidad de la boda de los lirios.  Spencer Tracy (1900-1967) es el padre de la novia y derrama su encanto por la película al modo Minnelli, con elegancia y una experta vocalización llena de chispa. Aunque ha habido otro remake nadie hay comparable en el cine con la bondad irónica de Tracy, que fue actor vocacional, padre entregado y una persona en la que se podía confiar. Su hij

De nombre, Burlan; de apellido, Caster

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  La madre de mi amiga Carmen era, como la mía, una empedernida cinéfila, conocedora a fondo de todo el cine clásico de los años cuarenta, cincuenta o sesenta. Una experta. En mi casa existía una tertulia cinematográfica espontánea y entendida que lograba el milagro de que los niños nos interesáramos por el cine antes que por cualquier otra cosa. Un auténtico aprendizaje por imitación. Un conocimiento que se transmite de generación en generación y que constituye un fortísimo lazo de unión familiar y vecinal. Mi madre y la madre de Carmen no llegaron a conocerse nunca, porque ella no pertenecía a mi círculo personal de la infancia, sino que llegó después, en la universidad, pero Carmen contaba las historias de su madre y todas ellas merecían la pena. Mujeres con personalidad, fortaleza y una vis cómica inigualable. Una de las características de la madre de Carmen era su forma de nombrar a los artistas extranjeros. En el caso que nos ocupa ha pasado a la historia: Burt Lancaster, en vers

"Y una extensión desierta nos separa"

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  Me enamora la inteligencia de la gente. También en los hombres me enamora la inteligencia. Y los códigos comunes, las referencias al cine o a la música, los libros que leemos sin saber que los hemos leído casi a la par. Así fue como todo eso allanó el camino y suplió a la pasión. Son muy divertidas las tardes en torno a las preguntas. Es un juego. Puedes escoger las respuestas y no tienen que ser exactamente ciertas. La verdad es un regalo que pocas veces se otorga y, cuando se hace, siempre hay una pequeña corrección, un añadido, que la modifica y la convierte en espuma. La espuma de los días de Boris Vian, ese nenúfar, los tiempos en los que ellos te preguntaban porque querían saber de qué iba la cosa. Mucha conversación y pocos besos.  Hubo algunos muchachos que nunca fueron nada para mí. Lo intentaban de todas las formas posibles. Había quien usaba la moto como reclamo. Una moto enorme con la que podía circularse por todas las carreteras solamente armados de mochilas, incluso de

Recetas de mamá

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  (Foto: Nina Leen) La cocina es el paisaje mágico de la infancia. En ella se suceden milagros, se anuncian acontecimientos y se realiza la mezcla de ingredientes que dan lugar, años después, a unos ribetes de nostalgia inevitable. En la cocina, la madre tiene en su mano todos los secretos. Ella sabe cómo se armonizan olores y sabores. Su recuerdo siempre va envuelto en esa rara ecuación de armonía y dulzura. Una lucha diaria pero también una firme apuesta por lo cotidiano. Las sobremesas del desayuno en los días de fiesta, tan largas, distintas y alegremente aprovechadas, son la culminación de ese encuentro perfecto. Así, sean churros, tostadas, tortitas de harina o bizcochos de yogur, todo se convierte en un momento que se grabará en tu cabeza para siempre. Quizá no recuerdes la receta con exactitud, pero te vendrá a la boca el sabor de aquello que te gustaba porque lo hacía tu madre. La cocina de la infancia es la infancia misma. Agua, harina, un poco de sal, remover, freír y bañar

Vidas transparentes

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  (Obras de Giambattista Tiepolo, Venecia, 1696-Madrid, 1770) De Venecia a Madrid con dos de sus hijos, para complacer a los reyes, ejerciendo su oficio de pintor, para el que ya quizá se sentía algo viejo. No era fácil la pintura al fresco pero él dejó constancia de que los setenta son todavía una edad para pintar algo. El último gran barroco, el fresquista de los colores pastel, cuyos escorzos movían la pared como si temblara, cuyas figuras se contorsionan porque no pueden dejar de mirarse unos a otros, el pintor que desde la luz de Venecia y sus contrastes se asentó en una luminosidad nueva, limpiando las paredes de tanta sombra y aliviando los vestidos y los gestos, murió lejos de su casa a los setenta y cuatro. Mi padre murió en su casa a los setenta y cuatro, a falta de un mes, como diría una anciana de pueblo, de esas que lo controlan todo, que todo lo saben.  Se sabe tan poco de su vida privada, de su vida interior, de su vida sin pinceles y andamios, que era una vida transpare

Una moda de cine

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Bette Davis, lejos del blanco y negro de las pantallas, con una gama de colores inusual en ella y que está de última moda ahora mismo. Los flúor. La combinación de naranja y verde sigue siendo atrevida pero ella sabía usarla como nadie. Es un milagro que, no siendo una belleza al uso, tuviera la facultad de destacar y realzar todo lo que llevaba. Recuerdo el vestido negro de la fiesta de "Eva al desnudo", con los hombros al aire y la falda de anchísimas capas.  Me resulta imposible que los modistas no conozcan una de las principales referencias de la moda universal. Y mucho peor que quienes pretenden serlo sean analfabetos en la materia. Como los aprendices de "Maestros de la Costura" que, no solo desconocen cómo se toman las medidas o la aplicación de los distintos tejidos, sino que andan en blanco de cultura general, de cultura de la moda y de cultura sin adjetivos. Un horror. Sin la moda de cine la historia del vestido no sería la misma. Los diseñadores d

Louise Dahl-Wolfe, primera mirada

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En el apartado "Mis fotógrafas" escribo hoy de Louise Dahl-Wolfe. Como suele ocurrirme, a veces surge una fotografía que me impresiona y entonces me pregunto quién la hizo. Así he llegado a conocer, de una manera autodidacta, a muchos fotógrafos y fotógrafas, tantos que nunca creí que la fuerza de la fotografía en el siglo XX fuera tanta. En este caso, las imágenes de Louise tienen un encanto especialísimo y por eso ahora indago sobre ella. Fue una revolucionaria de la fotografía de moda, a la que sacó de los estudios y llevó al aire libre, al modo aventura, recorriendo así países y lugares alejados de la comodidad tradicional. Louise había nacido en San Francisco, California, en 1895 y después de estudiar pintura y diseño se dedicó a la fotografía. En su carrera tuvo mucha importancia el apoyo de su marido, también artista, Meyer Wolfe, al que había conocido, precisamente, viajando por África tras la muerte de sus padres. Louisa estuvo veinte años , desde 1936 hasta 1

El vestido

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El vestido llevaba muchos días colgado en el armario. Perfectamente planchado y colocado en su sitio. Sin nada que estorbara sus volantes bajos estilo años 20. Sin que su color rosa maquillaje, suave, tierno, se viera afectado por el sol del estío que entraba por la ventana del dormitorio. Era un vestido dispuesto para ser feliz. Un vestido reidor. Un vestido que llevaba escrita la palabra "encuentro". La palabra "cita". La frase "quiero mirar tus ojos junto al río". Ella se enamoró del vestido nada más verlo. Y así lo tuvo presto para ese momento, del final del verano, allá por el mes de septiembre, en el que descubriría con él a un hombre lleno de dulzura, un hombre tierno, un hombre al fin y al cabo.  Los días pasaron y las noches. Las palabras ardieron en pavesas. El final del verano dio paso al otoño. El río desdibujó su perfil y ya no tuvo esa firmeza etérea de los amaneceres ni tampoco la fuerza rotunda de las noches. El vestido se agostó

Baile a la luz de las velas

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(Pintura de Jack Vettriano) Ocupar el ocio es una de las prerrogativas de las sociedades avanzadas. Cuando uno tiene asegurada la supervivencia, no tiene que ir a cazar animales para obtener pieles ni alimento, cuando la vida sigue su curso organizadamente, entonces nos encontramos con que hay tiempo libre que llenar.  Los personajes de Jane Austen tienen en su mano las diversiones normales de la gente como ellos en el tiempo en que vivieron. Jugar a las cartas; conversar; hacer visitas; jugar a los juegos de palabras; a las adivinanzas, o a las charadas; bailar; salir a cenar fuera; hacer una excursión al campo; asistir a una velada musical; tocar el piano…; coleccionar acertijos... Bailar a la luz de las velas era una de las más atractivas distracciones para cualquier joven. Cuando los señores Weston (en "Emma") quieren agasajar con un baile a Frank Churchill, dado que su casa es demasiado pequeña, deciden comprobar las condiciones de “La Corona”, una es

"Después de Julius" de Elizabeth Jane Howard

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  Después de Julius Elizabeth Jane Howard Traducido del inglés por Raquel García Rojas Sello:Siruela Colección:Nuevos Tiempos Siruela publica este libro de Elizabeth Jane Howard después de los cuatro volúmenes de las Crónicas de los Cazalet y del excelente Como cambia el mar . El libro se centra en la familia de Julius Grace veinte años después de su muerte en Dunkerke. Sin embargo, para su familia parece que no ha pasado el tiempo porque Julius sigue estando omnipresente en sus vidas. Es una familia atípica, como todas las que retrata Elizabeth Jane Howard, con miembros muy originales y diversos. La viuda de Julius se llama Esme y tenía, en vida de su marido, un amante al que abandonó cuando aquel murió. Desde entonces, la viudez de Esme está centrada en cuidar de la casa y del jardín. Se ha convertido, en realidad, en otra persona. Esme y Julius tuvieron dos hijas: Cressida y Emma. Cressida podía haber llegado lejos en la música, tiene talento y tenía dedicación, pero hace tiempo q

Madres

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 Verano. Calor tórrido. Levante en plena forma. La madre, más guapa y más alta que las hijas, lleva la voz cantante, una voz que es capaz de reproducir coplas que nadie más conoce. Tiene buena mano para las plantas y los cocidos, para la charla seria y la insustancial, para los artistas de cine y para las revistas de moda. La madre es un talismán, un hallazgo.  En la mesa del desayuno la tertulia improvisada trae las noticias del día al modo gaditano. Hay que ver el alcalde, levantando calles todo el verano, qué querrá encontrar debajo de las piedras, el tesoro escondido?Y con la calor que hace y todo el polvo que forman, qué gente por Dios, qué políticos... Mira mamá, qué vestido tan mono lleva esta en la revista. Me gustaría uno igual para la feria. Bueno, hija, a ver si te lo coso, qué bullanguera eres. Mira tus hermanas, que pasan todas de ropa. Y tanto que pasan, son todas hippies, parecen refugiadas con esos vaqueros gastados y esos pañuelos al cuello. Qué horror de estilismo...

Distancia prudencial

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  (La pintura tradicional japonesa en el distrito de Asakusa) La prosperidad de algunos barrios, el ingente número de funcionarios de toda clase y la proliferación de hoteles de citas parecen ir unidos en esta novela de Seicho Matsumoto que acabo de leer con la urgencia que él mismo imprime a la lectura. Puesto que somos parte de la investigación porque así lo decide el autor, cuanto antes sepamos todo mucho mejor. En los años setenta Tsuneo Asai es el encargado jefe del departamento de administración del Ministerio de Agricultura y Silvicultura del Japón. Puede parecer un puesto muy relevante pero no lo es. Es un técnico que sabe su oficio pero no pertenece a la clase alta de funcionarios, los de carrera, que, a su vez, provienen de buenas familias que estudian en las universidades públicas.  Él tuvo que pagarse, a trancas y barrancas, su carrera en la universidad privada (un escalón más bajo) y por eso tiene un límite en su escalada de puestos. Pero como es un hombre listo, decidió

"Las hijas del vicario" de D. H. Lawrence

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  Entre las preocupaciones de D. H. Lawrence, que incluye siempre en sus obras, están las diferencias sociales que generan distorsiones en las relaciones humanas. Él mismo vivió en su propia casa la distancia cultural entre un minero sin instrucción y una maestra, lo que fueron sus padres. Esas diferencias las expresa en otros de sus libros. En "El amante de Lady Chatterley" la pasión surge entre la señora de la casa, Connie Chatterley, y su guardabosques, Mellors. Y en "Mujeres enamoradas" las diferentes clases sociales de las hermanas Brangwen y los hombres a los que aman, Birkin y Gerald Crich, las martirizan a las dos secretamente. Hay una escena, en este último libro, en que esto se refleja con toda claridad. Se trata de la boda de la hermana de Gerald y la forma en la que las hermanas Brangwen forma parte, junto con las mujeres de los mineros, del grupo que observa el lujo de los invitados, mientras que ellos están en la élite.  El vicario de este libro, publi