"Por alumbrar lo imposible" de José Luis Rodríguez Ojeda

 


Por alumbrar lo imposible

José Luis Rodríguez Ojeda

Prólogo de Francisco Martínez Cuadrado

Anantes Poesía

Febrero de 2022

¿Quién no quiere ser alumbrado, recibir la luz, estar dentro de esa claridad sonora que te colma de voces y de lunas, en total movimiento imprevisto? La luz como salvación, la luz como secreto, la luz como señal. 

De modo que este es un nuevo libro de Anantes Gestoría Cultural y una nueva obra poética de José Luis Rodríguez Ojeda. Un largo camino (camino,  esa palabra tan presente aquí, tan significativa, tan machadiana) ha recorrido el autor desde sus versos primeros, desde sus primeros libros. Un camino que se ha llenado de poemas y de coplas, a veces unidas y otras veces en abierta separación, pero siempre coherentes. José Luis escribe como respira porque, quizá, su forma de encontrarse con el mundo es esa, escribir versos que a veces llevan música o que pueden cantarse. Esa escritura desde siempre te convierte en alguien diferente, alguien que ve el mundo de otra manera y que, por eso mismo, termina cuajando en palabras lo que se piensa y lo que se vive. Del adolescente Willy al hombre maduro José Luis van años y escritura. 

Dice el prologuista que el libro se escribe bajo "la rica y honesta tradición de los tres Machado". Antonio, Manuel y el padre, "Demófilo", el que tanto y tantas coplas flamencas buscó, encontró y divulgó. No está mal traída la expresión y, sobre todo, encamina la lectura del libro y la pone en situación, la ubica en su entorno literario y la deja como eficaz referencia para los lectores. Siempre hace falta esa pequeña guía de los prologuistas que conocen bien al escritor y su obra, de modo que nos lo muestran un poco más allá de las bambalinas. En el aire de sus poemas reconoce también otras dos voces, las de Bécquer y Jorge Manrique, que, junto con los Machado (dos o tres) forman el panteón poético del autor del libro. Recomiendo la lectura atenta del prólogo porque aporta muchas claves que pueden servirnos de explicación al tono poético del autor y porque lo hace sin spoilers, sencillamente buscando el contexto literario en el que se inscriben los versos. 

La selección de poemas que cada lector hará tras leer el libro tiene mucho que ver con el gusto personal y con la forma en que cada verso, cada estrofa, le llegue. Un libro de poesía no es una ecuación matemática aunque comparta con ella la armonía. Los versos bien escritos siempre producen cataclismos, siempre levantan alguna compuerta mágica que estaba por ahí perdida y de la que ni siquiera tenías memoria. Cuando lees versos, acabas haciéndote preguntas. Quizá los versos no sean, por otra parte, nada más que las pequeñas respuestas que el hombre da a todo aquello que la Creación le ha puesto por delante incomprensiblemente. Siempre digo que la poesía es una enorme interpelación, una sacudida, un derroche de vigor que pone delante de nosotros y que nos deja exhaustos. Eso mismo siente el poeta cuando, al escribir, tiene la sensación de estar dentro de la enorme lámpara de Aladino que alguien destapará en un momento dado. Toda esa fuerza termina por inundarlo todo. Cuanto mejor es el verso, mayor la inundación. 

No son sencillos los referentes literarios que el libro reconoce y que el autor siente como suyos. En todos late la honrada tradición que sitúa al poeta como un espectador de la vida de la que no ansía la gloria, sino la facultad de ver más allá de las cosas. Esa mezcla inconclusa de lo popular y del verso de autor (nunca lo llamaría "culto" porque ¿hay algo más culto que lo que se ha decantado por los siglos de los siglos y pervive), parte de una escuela literaria concreta y que aquí se expresa con toda convicción. De ese modo, el filtro se pone en los recuerdos, en lo que se vivió y ha llegado a nosotros ya escrito, pasado por el tamiz de la memoria y de la escritura, dos elementos que se funden en un libro que tiene hondura, dicho con todo el sentido, con toda la carga de emoción y sentimiento (que no es lo mismo aunque lo parece) y de recuerdo firme. 

En mi propia selección como lectora, a mí me ha parecido uno de los logros ese soneto dedicado a Demófilo, con uno de esos finales que abren puertas más que dar soluciones:

que el pueblo -en tópico- de sus amores

sepa apenas de quien por él ha hecho

tanto, todo. ¿O el pueblo ya no existe?

Y esos recuerdos nostálgicos sobre el tiempo que se fue, la infancia, los adioses:

El frío, el invierno,

las noches muy largas;

los ojos abiertos

bajo la almohada...

La sombra y el miedo

también son la infancia.

(Imperfecta Arcadia)

El colegio forma parte de esos recuerdos y así se expresa:

Mezquita antes, luego gran parroquia; 

antigua colación de Santiago,

ya en desuso servía de capilla

al colegio de mis primeros años.

La juventud, los años de las luchas, de las dudas, de la búsqueda incesante:

Me vienen a veces aquellos impulsos

de cuando era un joven pleno de ideales

comprometido con cambiar el mundo.

Los amores perdidos, la pasión, con una estrofa final que encierra tantas cosas:

Sé que le ha ido bien y eso me alegra,

igual que al encontrarnos agradezco

su cálida palabra y su sonrisa.

Ojalá que ella advierta en mi mirada

qué especial es su sitio en mi memoria.

Porque yo la quería. A mi manera.  

"Por alumbrar lo imposible" tiene mucho de esencia, mucho de filosofía de vida, mucho de resumen, mucho de eco. Se nota en la forma en que los versos quieren dejar atadas algunas emociones y en la forma en que se despliegan las palabras como si quisieran responder a preguntas formuladas que nadie antes ha oído decir en voz alta. Son, por eso, confidencias, palabras dichas en la intimidad, como si el verso hubiera surgido del interior sin pasar por el mundo. Poesía puramente personal por más que el camino esté trazado y sea bien conocido, incluso. Un chorrito de luz que surge de un poema en cualquier momento, sin que nada lo detenga. 

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