A la luz de las velas

 


Cuando caía la tarde, todo se hacía a la luz de las velas. En las casas más pudientes, las velas eran el ornamento fundamental, con una función práctica decisiva para la vida. Las velas móviles, que se llevaban de un sitio a otro. Las velas que presidían la mesa, las que alumbraban las habitaciones, los pasillos, las escaleras. Las que se colocaban junto a la cama de los enfermos o en los cuartos de los niños. Las velas eran la forma de alumbrado en tiempos de Jane Austen, porque la luz eléctrica aún no había democratizado la visión de las cosas. Y, desde luego, los espacios de ocio, el baile, las visitas y las cenas, todos se llevaban a cabo bajo el resplandor de las velas. 

Había una penumbra relativa, un tono dorado que salpicaba los interiores y una dificultad añadida para hacer labores de aguja, leer, dibujar o escribir. Por eso la luz era tan codiciada, por eso las muchachas vestían de claro, blanco, celeste, beige, rosa, para que sus vestidos reflejaran la luz de las velas y ellas se hicieran visibles en el baile o en las cenas. Sin esta circunstancia, la moda hubiera sido otra. Sin las velas, el aire de las casas y de los encuentros tendría otro color, un tono diferente. 

(Fotograma: "Emma", versión de la BBC, con Romola Garai)

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