La tarde es un dorado arcoiris

 


De pronto el agua se ha dorado. La lluvia ha convertido en fuego los altos edificios, el suelo de la plaza, las copas de los árboles, el aire de las pérgolas. No hay vientos. La calma se ha traducido en un noble silencio, en un majestuoso compás de espera por si la lluvia acaba y el sol abraza el cielo. Pero no. Ambos, la lluvia y el sol, han elevado su competición al máximo, se han empeñado en permanecer firmes y sin dudas, no se marchan, se quedan. Y entonces, el milagro. Un doble arcoiris prodigioso ha teñido de oro el horizonte. Sus colores se han diluido en el gris permanente de las nubes y ahí está, prestando su misterio a la tarde que cae. 

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