"Edith Wharton. Una mujer rebelde en la edad de la inocencia" de Jorge Freire

 


Esos bucles en los que la literatura nos mete me llevó a este libro, cuya existencia desconocía. Tampoco conozco al autor y viendo su currículum entendí un poco los derroteros por los que andaría. No me equivoqué. El libro es una mezcla de ensayo biográfico y de ensayo social. Y se entrecruzan los libros de la autora, con lo que también es un ensayo literario. A mí me ha interesado mucho y me ha hecho conocer mejor a Edith Wharton, una autora con la que llevo lidiando bastantes años y que siempre me interroga. Además, aquí hay un adecuado retrato del telón de fondo que te hace comprender aún mejor lo que cuenta en sus novelas y el sentido que tienen sus tramas e, incluso, sus personajes. Es un libro breve pero muy instructivo, en el sentido clásico del término. Aprender cosas, eso que está tan poco valorado últimamente. Pero cuando buceo en un personaje siempre recuerdo las enseñanzas de mi facultad y de mi carrera: coordenadas de espacio y de tiempo antes que nada. Todo con el contexto, nada sin él. Y aquí, en este libro, el contexto está sobradamente hilvanado. 

Mi itinerario lector con Edith Wharton ha sido caótico y disperso, ha andado a mi aire como hago siempre, respondiendo solo a intuiciones y a la búsqueda de respuestas. Pero, sobre todo, al placer que proporciona su manejo del lenguaje, su sobrada ironía y su mirada personal sobre la vida y sus gentes. Desde el momento en que comencé a leer "La edad de la inocencia", la primera obra suya que leí, noté esa ambivalencia de frialdad y de pasión que solo la ironía hace llevadera. Le agradecí los detalles que en otro tipo de obra serían cansinos y la forma en que retrata, con certeras pinceladas, su historia y sus personajes. El libro está gastado de tanto leerlo y conozco de sobra a sus personajes. Me he permitido criticar el casting de la película de Scorsese, porque May Welland debe ser rubia y Ellen Olenska morena. También he echado en falta un Newland Archer menos pensativo y más brummeliano, en fin. He incorporado a mi vocabulario algunas de sus frases magistrales y la he añadido al fondo de armario de mis lecturas. Es, por así decirlo, una de las mías. Junto con Jane Austen, D. H. Lawrence y Agatha Christie, está en la cumbre de mis gustos literarios. 

En cierto modo lo tenía fácil porque el tiempo que describe, el suyo propio, y la sociedad a la que pinta, la neoyorquina del momento del cambio, tienen tanto interés en sí mismos que resultaría difícil no hacértelo agradable. Pero es que ella se mete debajo de las alfombras, profundiza en los salones y en los dormitorios, bucea en la cabeza de los sabios y los necios, de manera que ese caleidoscopio prodigioso nos es legado con generosidad. Esa capacidad para desplegarse en torno a la narración es otro de los elementos que me llama la atención de ella y que me admira. Porque es rotundamente difícil hacerlo. 

Leyendo este libro descubrí con sorpresa que sabía muchas más cosas de ella de las que pensaba y que las conocía precisamente por leerla. Aunque nunca me había acercado a profundizar en ningún estudio biográfico, entre otras razones porque no lo había encontrado, yo estaba en disposición de corroborar las afirmaciones de Freire sobre el modo de ser de Edith y también de relacionarlo abiertamente con sus libros, sobre todo con algunos que son, para mí, más cercanos por más releídos. Además de "La edad de la inocencia", están "La solterona", "El arrecife", "Estío", por ejemplo. Este último es un libro especial, alejado de los salones encorsetados y de los ambientes aristocráticos, esa clase que a ella tan poco le gustaba. Y "La solterona" tiene un aire íntimo que conmueve. Me quedan por leer algunos libros importantes, están por aquí y tengo que hacerlo en cuanto releer me dé un paréntesis. Porque, al igual que Henry James, Edith Wharton es una escritora de relecturas. 

Los paralelismos entre su biografía personal y las historias que narra son evidentes. No solo en los lugares geográficos, sino también en las relaciones sociales, en las formas de enamoramiento y en las consecuencias de las uniones matrimoniales. A veces pienso que es como si Edith Wharton hubiera esperado a las protagonistas de Jane Austen, después de sus bodas, para decirles: Y esto es lo que os ocurrirá ahora. La madre de Edith era fría y vulgar a pesar de que tenía un hermoso nombre: Lucretia. Y su padre debió ser extraño porque parecía tener un hálito de entendimiento acerca de lo sublime aunque se dedicara a temas más terrenales. Todos los hombres de esa época, la segunda mitad del siglo XIX, estaban embarcados en arduas empresas: o eran ricos y trabajaban muchísimo para mantener un nivel de vida que los hacía parecer nobles con títulos, o eran pobres de solemnidad, por lo que su trabajo diario les servía de poco más que sobrevivir. Los cambios sociales eran tan rápidos entonces que pronto terminarían por borrar de un plumazo los salones revestidos de raso y los palcos en la ópera. 

Los lujos de la infancia de Edith se contraponen a la austeridad con la que tuvieron que afrontar los problemas económicos derivados del final de la guerra de Secesión. Para ella, según nos cuenta Freire, fue una enorme suerte que sus padres decidieran venir a Europa porque aquí la vida era más barata. Ella conocía así la cultura con mayúsculas, la que los americanos querían olvidar para construir otra de la nada (y a fe mía que lo lograron). Como anécdota, la familia estuvo en Córdoba y en Sevilla y parece que la niña era una lectora precoz que se atrevió con los "Cuentos de la Alhambra". Edith Wharton era una niña tímida, solitaria, gran lectora, amante de los perros. Buscaba en el cariño de los animales el que no tuvo en su familia ni en su matrimonio. Y ahora hablamos de él. 

Se casó en 1885 con Edward Wharton, llamado Teddy, y de quien se quedó únicamente, tras el divorcio, con el apellido. Las intimidades del matrimonio no fueron alentadoras y ella sufrió durante los años en que estuvo casada un sinfín de enfermedades, leves pero persistentes, incluyendo depresiones. Su marido, por otro lado, tenía un carácter "extraño", lo que devino en verdaderos problemas mentales. No hubo felicidad, no hubo entendimiento ni afinidad. Comprobó por sí misma que casarse no te garantiza nada. Dice Freire de estos tiempos que "solo era feliz en soledad". Resultó al final que el marido tenía una amante en Boston, a la que pagaba los gastos y una nula disposición al trabajo sensato, por lo que le sacó cerca de cincuenta mil dólares de la la cuenta a su esposa. Nunca tuvieron hijos y esto no es solo una frase. 

El divorcio llegó al mismo tiempo que un cambio de vida total. Vendió The Mount, la gran casa que ella había construido y a la que dedicó tiempo y esfuerzos, para irse de allí y emprender una vida distinta. Una vida en la que había escritores, personajes importantes, ciudades y países diferentes.  Y en todos estos avatares estuvo siempre la escritura, la literatura, la forma de afianzarse, de entenderse y de estar en el mundo. Su escritura fue el asidero, el punto de anclaje con la vida, la manera en la que se producía en la sociedad. Ser escritora fue su salvación. 


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