¿Y si hubiera esperanza?

 


(Nina Leen para Life)

Cuando los encerraron a todos tuvo la intuición de que no habría marcha atrás. El día anterior cerró la puerta del despacho, colocó apresuradamente los papeles en carpetas, dejó las carpetas en las estanterías y salió casi corriendo, volando incluso. No quería llevarse nada de aquello, ni tocar ninguna de esas superficies que podían ser una trampa. Salió corriendo, llegó a la casa, cerró la puerta (todo consistía entonces en cerrar) y así estuvo los meses que aquello duró. Escuchaba alguna música, escribía algo y leía menos. Daba vueltas y vueltas por las redes sociales pero huía de las noticias. No quería saber qué estaba pasando ahí fuera. Tampoco se dio cuenta de que un enemigo que había estado acechando los años anteriores se hizo presente y se adueñó de todo, incluso del aire que se respiraba. Tenía nombre y no era ningún virus. 

La entrada en la libertad fue traumática. No se fiaba de nadie ni de nada. No creía a los políticos, que aseguraban una cosa diferente cada día, ni a los científicos, que parecían estar sujetos a compromisos y a obediencias. Se movía con sigilo frente a todo y no hizo lo que mucha gente: salir a buscar el aire libre, las playas, el veraneo o a los amigos. Todo lo contrario. Dejó a sus amigas atrás, a sus amigos, dejó la calle, dejó los viajes, dejó los autobuses, dejó la peluquería. 

En ese supremo gesto, dejar atrás la peluquería, estaba el secreto de todo. Se puede pasar de muchas cosas, se puede ocultar la cabeza debajo del ala, se puede apagar el teléfono, se puede desenchufar la televisión, pero si te apartas de la peluquería entonces estás renunciando a ti misma. Ella dejó atrás la peluquería, el color del pelo, los matizadores, las mechas babylight, el corte a capas, el flequillo, la manicura, las uñas rojas, el papel de plata, la ampolla para dar volumen, el champú sedoso, el olor de los cosméticos,  las barras de labios, la base de maquillaje, la cola de caballo, las cintas para el pelo, las horquillas...y, sobre todo, dejó la charla amigable, las confidencias, la música de fondo con los hits del verano, las bromas, las noticias sobre los hijos o las casas, las risas, el abrazo de quienes te escuchan y te entienden. Desconectó, cerró la puerta. Todas las puertas. Cerradas todas las puertas. Sine die. 

Si fuera capaz de romper el círculo. Si fuera capaz de levantarse pensando como antes pensaba, rebuscando ropa en el armario para salir a la calle, mirando en el espejo y reconociendo su imagen, cepillando un pelo perfectamente limpio, liso y con el brillo de color que antes tenía, alzando las manos con las uñas pintadas de fucsia o de nude, o de rojo, o de coral tan poco dudosos. Si fuera capaz de tener algún sitio donde encaminarse y hacerlo sin perder el tiempo. De tomarse el café con María o con Mercedes. De pasear con Ana. De ir a un museo con Elena. De tomar una copa con Pilar. De entrar en una tienda y comprar una blusa. De ir a la administración de loterías por un décimo. De jugar a la primitiva. De llenar el carro del supermercado. De sentarse en un banco de la plaza. De ir a una librería. De viajar. De coger el tren y volver a su tierra. De coger el tren y volver a su gente. De mirar a su gente sin aprensión. De hacer planes. De ir a la peluquería. De cambiar el color del pelo. De pintarse las uñas. De no tener dolor de espalda. De no sentir que la libertad es peligrosa. De no llevar el miedo pegado a cada instante. El miedo. Este miedo. 

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