Andrea, que escribe cartas

 


La escuela era blanca, alargada y enorme. Estaba recostada a los pies de un alto, un lugar en forma de colina que se coronaba por una ermita. A la ermita acudían las muchachas los martes en busca de un novio que las sacara del aburrimiento, pero no parecía que la santa estuviera siempre en disposición de hacerles caso. La escuela estaba allí, cerca de las ilusiones de las novias, con sus ventanales abiertos, sus mesas y sillas verdes y el patio lleno de niños que corrían en busca de ellos mismos. Eso es la infancia, un tiempo rápido en el que un día descubres que eres tú el objeto de ese camino. 

Las niñas de la escuela eran un enjambre de abejas laboriosas, que subían y bajaban por un camino abrupto, que nunca faltaban a clase y que querían saberlo todo. Tenían unas letras muy curiosas, con una inclinación especial, producto de una forma concreta de aprender a escribir. Todas ellas sonreían con motivo y a veces sin él también. Eran una nube de esperanzas que se aparecían cada día en el aula en forma de milagro. Risas contenidas, sonrisas abiertas, miradas nuevas, manos dispuestas a todo. La frescura de las clases en el tiempo de primavera, el calor del comienzo del verano, el suave frío del invierno, la alergia del otoño: una clase es como una aventura que nunca sabes cómo va a resultar. 

Andrea tenía el pelo color avellana, los ojos grandes y una especie de sonrisa enigmática. Quería ser una estrella de cine o una profesora o una hábil sembradora de rosas. Llegó un día a la escuela y se mezcló con las otras niñas sin dejar atrás la inocencia de lo nuevo. Cada vez que un niño llega a un aula parece que las puertas han de abrirse para acoger su sonrisa y la de Andrea iluminaba la clase, toda entera, toda para siempre. Escribía cartas. Contaba pequeñas historias que le sucedían en su territorio, ese ansiado espacio que iba de la casa a la escuela. Relataba las aventuras de las niñas que echaban de menos a su maestra y el deseo de viajar a otros mundos donde fueran posibles los encuentros. De ese modo, Andrea, la niña y Andrea, la muchacha, e incluso Andrea, la mujer, guardaba un tesoro escondido de esperanzas y dudas a la vez, un ansia de que todo tuviera un final feliz y que ese The End no fuera americano sino sinceramente suyo, sinceramente abierto a un sol de la bahía que tiene color azul en lugar de amarillo. Ese sol. Andrea.

(Foto: Vivian Maier) 

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