La Paqui

 


La Paqui tiene sesenta y tantos, un marido, dos hijos y cuatro nietos. Como ella dice, los hijos, un chico y una chica, le han salido buenos y los nietos de momento están encarrilados en los colegios y no dan demasiado la lata. Te enseña las fotos de los dos niños y las dos niñas con orgullo y se da cuenta entonces de que tiene una buena familia, tan buena como la suya propia, aquella que presidían Manolita y Manolo, sus padres, y que estaba llena de varones con una sola chica, ella. La Paqui aprendió de su madre a llevar la casa, a cocinar, planchar, lavar, limpiar, no solo las tareas sencillas sino también las duras, como encalar o pintar, por ejemplo. Siempre ha trabajado duro y eso no le ha borrado nunca la sonrisa. Dejó el colegio muy chica para ayudar en la casa pero, en cuanto pudo, se enganchó al centro de adultos y ahí ha hecho amistades con otras mujeres y con el conocimiento, con los libros y el saber. Hubiera sido una maestra estupenda, porque tiene paciencia y arte con los niños, buena memoria y le gusta hacer cosas que en un aula ayudan mucho, como cantar y bailar, como darle la importancia justa a los problemas, como bandearse en la vida con salero y con dignidad. La Paqui te trae con su voz y su acento el aire concreto de Cádiz y de su bahía, porque guarda toda la tradición de una cultura milenaria en su vocabulario y en su forma de decir, por eso es tan agradable escucharla y por eso tiene a la gente embobada en cuanto hace un parón para contar una historia. Es una superviviente de la vida en el mejor sentido de la palabra, una mujer que todo lo ha aprendido y todo lo ha enseñado. Aún recuerda, por eso, a su maestra, y aún tiene ganas de conocer otras cosas que hasta el momento no han llegado hasta ella. Un caso claro de alumna perpetua. 

La Paqui tiene una cita cada veintiún días con la quimioterapia. Lo cuenta con su voz cristalina de siempre y narra los efectos secundarios acompañada de una risa que es ella misma, que no se puede borrar porque es innata. Todos quisiéramos tener cerca una risa como la suya, limpia, transparente, sincera, llena de verdad y de vida. Eso es la Paqui. Un hermoso manantial que nunca deja de manar el agua más perfecta que una pudiera imaginar que exista. 

(La foto es de Nina Leen. No es la Paqui, pero podría serlo perfectamente)

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