La lluvia es una vieja amiga

 


(Fotografía: Saul Leiter)

Saludo estas primeras lluvias como si fueran un puñado de amigas que reaparecen después de algún tiempo de olvido. Son suaves, tiernas, díscolas y persistentes. Pero no hace viento y no molestan, solo están ahí, detrás de los cristales, para expresarnos que el ciclo de la vida continúa, que el clima no es únicamente lo que estudiamos en los libros. 

Cuando llegan las lluvias recuerdo siempre mis historias de paraguas, unas cuantas entremezcladas y casi confusas. La historia de un paraguas azul y blanco con mango de madera, que presta a una señora con bebé en un autobús, a pesar de que eso me obligó a mojarme y correr hasta mi casa, desde la parada, como una sopa. Esas cosas que una hace en la juventud, esa forma de no poder ser ajena a nada triste de este mundo. O ese otro paraguas que se quedó perdido no recuerdo dónde y era tan bonito, quedaba tan vistoso. O el paraguas sin estrenar, en tornos verdosos, muy florido, con un mango de brillante material que se perdió, supongo, en un tren con destino a Utrera, uno de esos días que el paraguas está condenado a perderse porque termina sin llover. He perdido muchos paraguas, he regalado muchos paraguas. El último que he regalado, a María, es blanco, transparente y ella lo tiene ahora en su casa después de haber permanecido unos años en mi despacho. Es mi tributo a su fidelidad de todo ese tiempo. 

La lluvia, estas lluvias del primer otoño, viste mi plaza de una calidez inusual, moja los parterres, las buganvillas y el frondoso techo de flores que llena las pérgolas, deja su humedad en los bancos donde luego se sentarán los niños, y mancha el suelo de una capa líquida y espesa. La plaza está vacía, nadie se arriesga a correr por ella, ni los perros, ni a partirse una pierna. Está rodeada de ventanas, de terrazas, desde donde la gente como yo, los vecinos, intenta apresar su quietud y llevársela hacia dentro de la casa. Deseo tener amor, se cuentan las muchachas en flor. Deseo tener esa clase de paz que da sentirse tranquila y confortable, dicen esas muchachas que ahora son mujeres como yo y han disuelto de lluvia muchas de sus esperanzas. 

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