Elogio de la quietud

 


Cuando los impresionistas representaban en sus obras odaliscas, prostitutas o modelos, Mary Cassatt decidió que iba a darles presencia a las mujeres cotidianas, a las que llevaban una vida normal, a las madres de familia, que no ofrecían una biografía espectacular sino que cuidaban a sus hijos, sus casas o sus jardines. Puede parecernos un tema anodino pero era verdaderamente revolucionario, precisamente porque lo que se llevaba entonces era todo lo contrario. Salvar de la vulgaridad a las madres y a las mujeres sencillas fue un acto de valentía que tuvo muchos detractores, pues consideraban que no merecía la pena gastar pintura para esto. Pero ella, hasta el final de su vida en la que cedió al gusto de los marchantes y se dedicó a pintar con pastel escenas edulcoradas y poco realistas, tuvo siempre la intuición de que en esa cotidianidad había una fuente de inspiración perfecta. 

La maternidad de Mary Cassatt (ella que no se casó ni tuvo hijos) se expresa en forma de abrazos contenidos entre madre e hijo, en escenas como la del baño o la de la hora de comer, en ámbitos donde se expresan los sentimientos en un clima de total quietud. Ese elogio de la quietud es su principal característica y es lo que me interesa de ella: su capacidad de mostrarla con apenas gestos. La quietud se observa en esas mujeres que se sientan a hacer labor y tienen a su hija recostada junto a ella, con un silencio que trasciende la obra. Y también en esos retratos o escenas de mujeres solas, leyendo, cosiendo o pensando simplemente. 


Aunque Mary Cassatt había nacido en Pensilvania en 1844, pasó sesenta años viviendo en Francia, de donde procedía su familia, porque allí estaba el centro del arte y estaban los impresionistas, a los que se unió y adscribió. Además, realizó la inmensa labor de darlos a conocer en América cuando desembarcó en Estados Unidos, junto con el marchante Charles Durand-Ruel y 300 cuadros de los más acreditados pintores del movimiento. Aquello fue la locura pues los mecenas, ricos que querían poseer lo más moderno del arte de la época, compraron los cuadros por precios exorbitantes y, a partir de ahí, se fueron constituyendo fundaciones y museos con esas obras. De este modo se introdujo el gusto por el impresionismo en Estados Unidos y, además, se dotó de un formidable valor a las obras de los impresionistas franceses, que habían estado siempre en la necesidad de vender para comer y ahora se cotizaban al máximo.




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