El sitio en que te encontré

 


El sitio en que te encontré

ganas me dan de volverme

sentarme un ratito en él. 


Y mejor si es un bar de luces violeta, con incómodas sillas de plástico, bancos de madera adosados a las paredes y letreros impactantes. Un bar de confianza, en el que la gente desayuna, almuerzo, merienda y cena. En el desayuno había tostadas con aceite de oliva y unos tarritos de cristal conteniendo tomate triturado, además del café, fuerte, fuerte, y la leche, caliente, caliente. En el almuerzo unos platos combinados que llevaban un poco de todo: el filete, el huevo frito, las patatas de bolsa, las hojas de lechuga y un postre de plástico en bote de plástico. Las tortitas eran cosa de meriendas, con su nata y su caramelo líquido. Y la cena, el momento más glorioso, tenía salchichas alemanas y chucrut. Pero, en realidad, lo más que tenía aquel sitio era conversación. Alguien se había percatado de que la música bajita invitaba a hablar y todo el mundo hablaba sin molestar en todas y cada una de las mesas. De modo que el bar era un murmullo, un bisbiseo, un encuentro permanente. Todos hablaban y nadie oía a los demás, solo a ellos mismos. Solo nos escuchábamos a nosotros mismos y en nuestra mesa estaba asegurada la emoción de una declaración de amor hecha a la antigua. 

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