Coimbra

 


(Coimbra. Acuarela por Jorge Vieira)

Mi amiga Isabel me habla de Coimbra. De su belleza. Una universidad rodeada de una pequeña ciudad, dice. Una isla de saber en un rincón del tiempo. Debo creerla. Y me gusta. Porque creo en las islas y yo misma soy una de ellas. Ser de isla no es lo mismo que ser de mar, es diferente, es una especie de cualidad única, de sentir individual, de esperanza que no deja de notarse aunque te pinches con un huso en el dedo. 

He soñado con Coimbra sin conocerla. Algunas veces me sucede y veo las ciudades y los lugares en todo su esplender sin haber estado allí. Veo sus carreteras, sus casas, el color de los árboles, el hueco de los pájaros, las flores, las estrellas de un cielo figurado. También Coimbra está en ese calendario de fortuna que quizá nunca llegue. Me imagino sentada en una de las aulas de esa universidad, oyendo a un profesor que, milagrosamente, entiendo, aunque su idioma es el portugués. En mi sueño, como si fuera un Manderley de lenguas, comprendo todos los idiomas, todos los conozco y practico, de manera que no hay muros ni fronteras, sino un hacer diáfano. Sigo siendo una niña, estudio y llevo una cartera grande, con un atlas abierto por la península ibérica. 

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