Ana, lo que cuenta

 


Hay una generación de mujeres que construyeron, con un esfuerzo formidable, las bases de la vida que ahora tenemos. Madres de familia, trabajadoras constantes en el hogar, amas de casa. De profesión, sus labores, decían los carnets de familia numerosa y los documentos oficiales. Como si fuera poca cosa. Pero no. Esas labores de las que se habla no terminaban nunca. Desde el amanecer hasta que el último hijo se recogía en la casa por la noche, cuando ya estaban en edad de salir, esas mujeres eran la batuta que dirigía la vida familiar con mano firme. Todas ellas sabían que el sacrificio era su forma de ser y todas entendían que los problemas iban a llegar y a convertir la existencia en un dilema perpetuo. Estaban las alegrías, desde luego, las nochebuenas, las fiestas, las comuniones, los bautizos, las bodas. En esas ocasiones resplandecían los vestidos nuevos, el arreglo de la peluquería, los zapatos que te molestaban un poco. Pero merecían la pena, porque eran los oasis entre lo cotidiano, entre el trabajo duro y diario. Esas labores no tenían fin. Y ellas, las mujeres de ese tiempo que ahora se están yendo porque es ley de vida (una ley horrorosa que no entendemos), eran la sal de la tierra, las que mantenían las casas de pie, la vida de los hijos y los maridos de pie. Una clase de gente insustituible. 

A Ana, que acaba de irse, le gustaba conversar. La conversación es el santo y seña de las mujeres que ven en el mundo exterior un buen motivo de curiosidad y de intercambio. Las mujeres charlan entre ellas como una forma de salvarse de la rutina, de la incomprensión y de la soledad. Si observáis esas conversaciones tienen dentro tantos silencios como palabras. Porque hay cosas que se sobreentienden, que no  hay que repetir. Porque un entendimiento mutuo sobrevuela el instante. Porque hablan un lenguaje común. Porque la soledad las acecha cuando son mayores y los maridos han muerto y los hijos se han marchado. Es la charla de cada día la que se convierte en el salvavidas, el recurso, la forma de seguir adelante. Esa generación de mujeres, entre las que está Ana, que acaba de irse, tenían la virtud de sacar lo mejor de la vida y de mostrarlo en un acto generoso y espléndido. Por eso, Ana y las mujeres de su generación, han creado un esplendoroso futuro para sus hijos y sus nietos. Y por eso, forman parte de un partenón de figuras invisibles pero únicas. En realidad, convirtieron la vida cotidiana en una obra de arte.

(Foto: Nina Leen)

Comentarios

E m i l io ha dicho que…
,
¡Qué bonito!
Caty León ha dicho que…
Gracias, Emilio. Un fuerte abrazo

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