Sonido de hojas secas

 


Eso tan sencillo de reunirse, acercarse, tomarse las manos a modo de saludo, besarse en la calle y tomar el sol que avanza sin prisa en las mañanas de otoño, es ahora mismo un lujo, una entelequia, una difícil empresa que nos maravilla si somos capaces de llevarla a cabo. No sé cuánta gente se piensa muy bien poner un pie delante de otro, descolgar el teléfono, pedir la cita en la peluquería y quedar con alguna de esas amigas cuya voz al teléfono nos alegra pero cuya visión cercana necesitamos. De modo que esta nueva epopeya de sobrevivir y de vivir al mismo tiempo, es nuestro principal objetivo. No nos damos cuenta, o sí, pero si somos capaces de conjugar la precaución con la cotidianeidad, aunque con condiciones, estaremos dando un paso de gigante. Y no es baladí, ni es poca cosa, sino muchísimo y flagrantemente necesario. Porque ya no tenemos más reservas interiores que lanzar al aire. Porque hemos leído muchísimos libros, oído muchísimas canciones, visto muchos vídeos, películas y series, porque ya tenemos que pedir a los otros, y entregarles a nuestra vez, algo de esa interacción salvadora. 

Las mujeres de Nina Leen se encuentran con gentil gesto, elegancia segura y un cruce de miradas auténtico. Ellas nos indican el camino. Volver al collar de perlas, quizá no, pero sí, al colgante, al broche, a los pendientes y a las uñas pintadas. Hay que pintarse las uñas de las manos, las de los pies, colocarnos la base de maquillaje, pintarnos los ojos con el rabillo y el color, rociarnos de nuestro perfume favorito y acercarnos a ellas, con suavidad, sin avasallar, con cuidado pero, por Dios, con esmero y cercanía. Las mujeres de Nina Leen lo hacen en esta foto y, si nosotras no comenzamos a seguirlas en su ejemplo, entonces entraremos en la fase de descreer, del descreimiento total. Peluquería, corte de pelo, mechas de color (déjate de imitar a Carolina de Mónaco y sus canas: ella es inimitable y sus canas no son las tuyas porque ella puede), algo de estreno (quizá lo que dejaste guardado en el armario en primavera pasada y confinada), ganas de atreverse aunque cueste, sobre todo a toda esa gente, entre las que me incluyo, que son prudentes por naturaleza y miedosas por necesidad. 

Pisar el suelo en otoño, percibir el crujido de las hojas secas a nuestros pies, amortizar el zapato blucher de entretiempo, el abrigo suave, la gabardina y la camisa de Uterqüe, esa tan cara que no te has puesto apenas, todo eso está en el cuaderno que has abierto este septiembre. Hay que tomar las calles, abalanzarse hacia el paso del tiempo, impedirle que siga siendo un dique de contención en tu mirada al sol. 

(Foto: Nina Leen)

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