Que no oculte el crepúsculo tu brillo

 


Casi treinta años separan a Carolina de Mónaco de Clint Eastwood pero, como la vida es así, cuando se habla de crepúsculos hay quien los equipara en orden a considerar que su tiempo ha pasado o está a punto. Mucha gente dice que el look Carolina, sin tintes y con canas, es la señal inequívoca de la madurez más madura de las mujeres bellas y a sus sesenta y cuatro (nació en 1957) la comparan con su joven hija y la sitúan en un pedestal, ese pedestal de donde una mujer sensata en la supuesta madurez que le achacan, ya no debería moverse. En cambio, con Clint Eastwood la cosa cambia porque, hasta ahora, con sus noventa y uno (él nació el mismo año que Edna O'Brien, 1930, aunque no se les ocurriría convertirlos en pareja, ella demasiado mayor para él), nadie ha comentado que la vejez acecha, que quizá el andar vaquero sea muy cansino y que puede que sea un anciano, por fin, después de mucho. La diferencia de trato entre uno y otro es tan brutal que hace pensar en la eterna cuestión. Hombres que nunca envejecen y cuando lo hacen, es con gallardía y mujeres que están obligadas a usar mil y un artilugios para seguir apareciendo y pareciendo jóvenes, si no se quiere el ostracismo o, directamente, el olvido. Injusta la vida. Injustos nosotros. 



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