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"Un domingo en Ville - d' Avray" de Dominique Barbéris

 


Dominique Barbéris (1958) escribe una historia sencilla narrada por una mujer que no tiene nombre. Todos los demás personajes de la novela están nombrados, algunos también con sus apellidos. Ella es la simple conductora de la historia y sabemos detalles suyos porque se entremezclan al hablar de su infancia con la hermana, Claire Marie, o la vida de casada de su hermana (con su marido Christian, médico, o su hija Amélie). También oímos hablar de Luc, el marido de ella, y de la posible amante de Luc, Fabienne. Incluso las vecinas tienen nombre y, por supuesto, el hombre extraño que aparece en la vida de Claire Marie para trastocarlo casi todo, Hermann. 

Además de ser una historia sencilla es una historia corta. Demuestra así que no es necesario escribir un libro de seiscientas páginas y cientos de personajes. Ni de alejarse de la vida cotidiana para producir literatura. Basta ver, saber ver y saber escribir. Parece que la autora ha tomado un momento de la vida de todos ellos y los ha cortado para dejar a la vista solo una pequeña parte. Es como si coges la barra de pan y das un tajo al final y al principio. En medio queda una zona considerable pero que no es nada en comparación con el resto. Lo que pasa es que este pedazo de vida tiene alguna característica que la hace diferente: una es que las hermanas logran, por fin, comunicarse entre ellas, tanto como para que Claire Marie le cuente su mayor secreto; otra es que en la vida de Claire Marie nunca antes ni después sucedió nada parecido. Es decir, las hermanas se confían, una a otra, lo único que se sale de lo común de toda su vida. 

Cuando comienza la novela (solo 135 páginas) crees que será la narradora la que cuente ese secreto y que su hermana será la escuchante. Pero no, hay un artificio narrativo por el cual te encuentras de pronto a la espera de saber qué pasó ese día en la consulta, qué sucedió los demás días, cómo se produjo la situación, quién era él, de dónde venía, por qué ocurrió todo. Te ves a ti misma intentando darte prisa para indagar en aquello, a pesar de que sospechas que, en realidad, fue simplemente un incidente aislado que terminó a causa del miedo. El miedo logra terminar con las cosas mucho antes de que las cosas se mueran por sí mismas. 

¿Quién nos conoce de veras? ¿Me habrá contado mi hermana la verdad? ¿A quién importa, de verdad, lo que somos y lo que vivimos? ¿Qué pasará con todo esto que sabemos algún día? Una inquietud por la trascendencia sobrevuela la lectura. De vez en cuando se deja caer lo inútil de casi todo, pero no lo hace por resultar pesimista sino como evidencia de la realidad. Lo cierto es que el tiempo pasado solamente ha dejado un poso en las dos hermanas: aquellas horas que vivieron de niñas, jugando a las películas y enamorándose de los personajes de los libros. Esas mismas horas que hemos vivido todos y que, al final, se constituye en nuestro principal bagaje. Juegos, charlas, risas, hogar, padres, hermanos, lo que somos. Aquí la novela se acerca tanto a nosotros mismos que es difícil despegarse de ella. 

Quizá la verdadera esencia de la novela está en un viejo adagio latino que el profesor de las hermanas les había enseñado en el instituto: "Todas las horas hieren. La última mata"

Un domingo en Ville-d'Avray. Dominique Barbéris. Traducción de Regina López Muñoz. Libros del Asteroide. 2021. 

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