En una noche densa de perfumes


 Temprana era la noche porque quedaba mucho tiempo todavía para que amaneciera. La ciudad tenía aires fantasmagóricos. La recorrimos sin orden ni concierto, el para qué guardado en un bolsillo; el cómo, cómo fuera. Una imagen veloz vivimos en las Ramblas porque la gente circulaba sin pausa y no pararse era continuar viviendo lo imposible. Las calles de los alrededores también parecían arder en una manifestación de júbilo, de verano sin tasa, de mansa revolución sin claveles ni gestos. Los cuatro en procesión, en una expectante simpatía hacia las cosas, incluso hacia el vaso de cerveza negra que derramó la blusa. Esa noche no parecía acabar por ningún sitio. La oscuridad cubría el parque Güell y los azulejos de Gaudí tenían su propia explicación de todo. Escribían con sonidos silenciosos las anchas perspectivas de una avenida enorme, sobre la que caían los bancos de vistosos colores, las formas huecas, el pundonor convertido en obra máxima. La gente nos miraba y seguía a lo suyo, todos en un suyo perfecto y sin decoro. No había nada que hacer solo vivirnos. Así, sin esperarlo, terminamos la noche casi en la madrugada, al albor, al comienzo del día, fría temperatura de oficios antiguos y de palabras nuevas. El mercado de los que nada saben de arquitectura, ni musitan versos ni cantan espirituales. Solo el pregón cansado de cada día y los dedos pegajosos de repetir la misma historia sin remedio. 

(Título, un verso de Ángel González) (Fotografía de Ramona Deckers)

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