Emma y los bailes de sociedad

Ocupar el ocio es una de las preocupaciones de las sociedades avanzadas. Cuando uno tiene asegurada la supervivencia, no tiene que ir a cazar animales para obtener pieles ni alimento, cuando la vida sigue su curso organizadamente, entonces nos encontramos con que hay tiempo libre que llenar. El baile también es cosa de ciudadanos educados, como decía el señor Lucas en "Orgullo y prejuicio". Claro que el señor Darcy le contestaba que también lo era de las sociedades menos avanzadas: "Todos los salvajes bailan", fue su sarcástica respuesta. 

Emma Woodhouse y sus vecinos poseen las diversiones de la gente como ellos en el tiempo en que vivieron. Jugar a los naipes, a los acertijos, a las charadas o a los juegos de palabras, conversar, hacer visitas, pasear por el campo, cenar fuera o asistir a una velada musical en casa de algún conocido, tocar el pianoforte, leer y contestar cartas, hacer representaciones teatrales caseras, bailar...Además de estas actividades, las jóvenes de la gentry, que no tenían que meterse en la cocina o ayudar en casa, gastaban el tiempo cuidando el jardín, haciendo labores de aguja, forrando sombreros o coleccionando fruslerías. En casa de los Austen era costumbre que alguien leyera en voz alta (una carta, un libro) ante la atenta escucha de los demás, que tenían permitido hacer comentarios al final de la lectura. También había tiempo para los cotilleos, esa sagrada costumbre que ha llegado hasta nuestros días (e, incluso, se ha sacralizado y convertido en oficio para muchos), de modo que se conocían y comentaban las vidas y milagros de familiares, amigos y vecinos. 

Bailar a la luz de las velas es una de las más atractivas distracciones para cualquier joven de aquellos años.  Y, si no se podía bailar en casa propia o en casa ajena, se buscaba un lugar público para hacerlo o se asistía a los bailes del municipio. Tan asentada costumbre llega a los Estados Unidos y en "La edad de la inocencia", Edith Wharton nos cuenta que los señores Beaufort tenían la suerte (y los medios económicos precisos) de disponer de un salón de baile que solo se usaba una vez al año. Como esto era raro, incluso entre los pudientes, estaba claro que a la hora de organizar una fiesta había que mover muebles y cubrir alfombras.  En "Emma", cuando los señores Weston quieren agasajar con un baile a Frank Churchill, el hijo recién recobrado que parece que nunca cumplirá su promesa de visitarlos, dado que Randalls, su casa,  es demasiado pequeña, deciden comprobar las condiciones de “La Corona”, una especie de posada o local público. Por desgracia, a la señora Weston no le convencieron mucho las físicas:

“-Emma- dijo ella-, este papel es peor de lo que esperaba. !Fíjate! Por algunos sitios está horriblemente sucio, y el marco de la ventana está más amarillento y abandonado de lo que hubiera imaginado.

-Querida, eres demasiado meticulosa-dijo su marido. ¿Qué importancia tiene todo eso? A la luz de las velas no se verá nada. A la luz de las velas estará tan limpio como Randalls. Nunca vemos nada de eso en nuestras reuniones nocturnas del club. “

Era probable que las damas intercambiaran en este momento miradas que decían: “Los hombres nunca saben si una cosa está limpia o sucia”; y los caballeros puede que pensara cada uno para sus adentros: “Las mujeres y sus tonterías y sus cuidados inútiles”.

El caso es que el texto nos enseña que en ese tiempo las paredes se entelaban o cubrían con papel pintado, y que los hombres tenían ya arraigada la costumbre de alejarse de casa para reunirse entre ellos, preferiblemente por la noche. Los clubs masculinos aparecen continuamente en las novelas inglesas y allí estaba claro que los hombres llevaban una doble vida, lejos de las reconvenciones que parecían llevar aparejadas la vida en familia. 

El hecho de que los bailes en tiempos de Jane Austen se celebraran a la luz de las velas (los bailes y todas las reuniones, la vida entera en las horas nocturnas) condiciona mucho más de lo que podamos pensar el desarrollo de los actos. Para empezar, la ropa de los asistentes, que debían brillar y no pasar desapercibidos. Así, los caballeros, riguroso oscuro, casi negro, con detalles en gris y las damas, siempre de tonos claros, vainilla, blanco, beige, salmón, nude, celeste, rosa pálido. Un cronista de bodas diría "colores pastel". De otra forma, sería imposible ser visto en estas circunstancias y si uno va a un baile y nadie repara en su presencia, bien, esto puede ser un gran inconveniente porque no bailarás y te quedarás en un rincón haciendo el ridículo. Para las señoritas esto era una verdadera catástrofe, porque el balance de su éxito social se solía medir por las veces que era solicitada en el baile. Bailar, además, era una cosa cómoda para todos, incluyendo los tímidos, porque no era necesario seguir una conversación, sino que bastaba con algún comentario que otro para salir del paso. Muchos matrimonios se forjaban con esta endeblez de conocimiento que solo se basaba en la presencia física y el encanto que la luz de las velas confería. De ese modo, no era raro el desengaño cuando la vida cotidiana despojaba de misterio la relación. 

Se da por hecho que a todas las muchachas le interesaban sobremanera los vestidos, adornos e indumentaria en general. Sin embargo, los testimonios nos dicen que a Jane no le interesaba demasiado la moda. Más bien, que no le interesaba nada. En su biografía, Claire Tomalin recoge un pasaje de “La abadía de Northanger” en la que la joven Catherine Morland se preocupa por saber qué se pondrá para asistir a un baile. Entonces surge, en el texto, el propio pensamiento austeniano: “Una mujer debe verse bien sólo para su propia satisfacción. No por ello la admirará más un hombre, ni la querrá más otra mujer”. Todo queda dicho, pues, con respecto a este asunto. Pero, además, ¿cuántas descripciones de vestidos nos proporciona la escritora en sus libros? Tan poquísimas que ahora mismo no se me viene ninguna a la cabeza. Y eso sucede porque era un elemento accesorio, que no le reportaba el suficiente interés como para dedicarle un espacio mayor que el de comentar, por ejemplo, si llovía o nevaba. 

Es cierto que, en sus cartas, hay comentarios relativos a la moda, opinando sobre si los sombreros con flores están mejor adornados que con frutas o cuando habla de los tonos de las telas, sin embargo, todos coinciden en afirmar que, si hubiera vivido dos siglos más tarde, nos vuelve a comentar Tomalin, “habría estado encantada con la libertad que proporcionan unos pantalones viejos y el hecho de necesitar sólo una falta de tweed para ir a la iglesia y un vestido decente para salir de noche”.

Sin embargo, Emma es la heroína que más cuida su aspecto cuando asiste a un baile. Como la vemos a través de los ojos de los demás personajes, sabemos de sobra que era guapa, alta y con buena figura. También conocemos que, dado su patrimonio, podía vestir bien y seguramente sus vestidos venían de Londres, a través de su hermana Isabella o directamente por medio de encargos como era usual en las muchachas que se lo podían permitir. Tener una costurera del pueblo no encaja con su categoría social, desde luego y por eso, en los bailes a los que acude en la novela, tanto en La Corona, como en las casas a las que es invitada, luce siempre mejor que todas las demás. Mejores telas, mejores adornos, perlas, aunque con una sencillez que la diferencia radicalmente del tono pretencioso que la señora Elton añade a su porte. En este sentido, la señora Elton tiene su trasunto cursi en las hermanas Bingley, que se consideran superiores por llevar tocados extravagantes.

A Jane Austen le encantaba bailar. Eso no parece compadecerse con su escasa afición a la ropa, pero tiene que ver con su carácter alegre y divertido. Un baile daba ocasión, además, de observar a la gente, su pasatiempo favorito, el alimento de su alma para poder luego escribir sus libros. También a Emma le gusta muchísimo el baile y así se lo hace ver el señor Knigthley cuando le dice algo así como “pobre Emma, qué pocas diversiones tienes aquí y qué escaso tiempo dedicas a ellas”.

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