Donde está el paraíso

 


Recuerdo el esplendor de los amaneceres, que se abrían como flores debajo del rocío. Septiembre es un mes sin deudas, todo esperanzado, todo al límite. En el carrusel del centro de Aviñón había siempre niños y mayores que querían subirse a los caballos y correr sin medida. Pero llevaba un paso firme y despacioso, porque no desafiaba al tiempo ni al pasado y todo tenía su significación que los demás ignorábamos. Lo mismo sucedía en la espaciosa Arles, tan romana y tan llena de piedras hondas, libres, cubiertas de secretos, sueños incomprendidos tantas veces y un hueco de jazmín en las ventanas. Todas las ventanas de Arles conservaban sin marchitarse las flores de antaño y ellas mismas se hacían palmas al olor de las guitarras que se escondían en la noche. Era una especie de Andalucía sobrevenida, de Andalucía estilizada y sin atlántico. 



Había yedra en las ventanas y árboles inclinados, cornisas hechas a cincel y toldos plateados para el sol y la lluvia. Sin prisas. El suelo brillaba con el calor del mediodía y las manos sudaban porque iban juntas, dos a dos, casi siempre. En el objetivo de las fotos no cabía la sonrisa ni el esmero, pero bastaba con saber que existieron y que fue verdad el tiempo de las rosas. Resulta muy difícil predecir qué será del amor cuando caiga la noche, qué será de las horas escritas en el aire si ese aire deja de batir sus alas porque se posa en cualquier sitio. Pero en Arles, en Aviñón, nada parecía moverse sin permiso y todo tenía el maravilloso eco de la felicidad incrustada para siempre. 


Podías andar Uzés por cualquier calle, recorrerlo sin medida y sin permiso, porque allí las horas tenían otra cadencia y nunca se hacía tarde, era sublime. En las esquinas siempre macetas, siempre piedra horadada, marquesinas que aliviaban el sol, las contraventanas de madera abiertas por las que se asomaba la vida de las casas y el farol alumbrando en las esquinas. Verjas semicerradas, invitaciones, secretos compartidos, vidas ajenas. Tu propia vida elevándose al albur de los sueños, sin tasa, sin medida, allí, reír por cualquier cosa. En las noches de insomnio recorro todavía sus calles semivacías y toco el frío de sus piedras y el calor de su madera azul. Parece que el tiempo no ha pasado, que los años no existen y que, en cualquier momento, alguien llevará un ramo de lilas en la mano y tropezará con unas sandalias blancas sin que, oh suerte, caiga hasta el suelo, duro y permeable, permanente, sensible, suelo, cielo de Arles, Uzés, Provenza. 




Recuerdo aquellas calles, esas noches. Los dos teníamos mucho que aprender todavía. Se pasó el momento de recitar la lección y ninguno de los dos habíamos hecho los deberes. Así que suspendimos. Suspendimos el curso, suspendimos la historia, suspendimos los sueños, suspendimos eso que pudo ser y nunca se cumplió. En Nimes pudo haberse cuajado el gran milagro. Pero los ojos nunca se encontraron. Se puede echar de menos lo que no se ha tenido. 

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