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Mostrando entradas de junio, 2021

La mirada que busca

  Siempre que pienso en mi madre la relaciono con el cine. Ella era una acérrima admiradora del séptimo arte y una entendida en películas porque las había visto todas desde que era muy pequeña, porque el cine era su refugio y era su posibilidad de soñar. Alguien que sueña tanto y que tanto persigue un sueño, es alguien que merece la pena conocer y tratar. Ella era así, una especie de hada en medio de la crueldad de la vida. Un alma inocente. Si pudiera darse marcha atrás en el tiempo yo escribiría una historia diferente con ella. En lugar de escapar de la vida cotidiana y darme a la aventura, esperaría tranquila sus confidencias y observaría su modo de abarcar la marcha del mundo. Era sabia y, a la vez, una mariposa con las alas siempre muy cerca de las llamas. Su memoria fabulosa (era capaz de recordar todas las letras de todas las canciones, todos los diálogos de todas las películas, los nombres de todos los actores y actrices, los títulos de libros) solo iba pareja a su habilidad co

Anthony Hopkins es el padre

  Creo que Anthony Hopkins (Gales, 1937) es uno de los más grandes actores que ha dado el cine. Y no por su papel de psicópata sino por todo lo contrario, por sus papeles más humanos. Expresa como nadie la sensibilidad, la cercanía, la contención, el drama y lo íntimo. El mayordomo de "Lo que queda del día", al servicio de un Lord Darlington ocupado en entenderse con Alemania casi al borde de la traición, es un prodigio de composición. No sobra ningún gesto ni ninguna palabra y, lo que es más importante, ninguna mirada. En "Howard End" le ocurre algo parecido. Es imposible no quedarse enganchado a su interpretación, que te lleva de la mano por toda la película. Es épico en "La máscara del zorro" y arrogante en "The Bounty", una de sus películas menos conocidas pero que merece la pena ver. Impecable en "La carta final", sobre el libro "84, Charing Cross Road" haciendo del librero Frank Doel.  Detrás de sus interpretaciones hay

Lo exacto

(Pintura al óleo de Cheryl Kelley, hiperrealismo americano)  Así que el reloj de cuco de la casa dio las doce, con ese sonido hueco y tímido que a todos nos asustaba por lo imprevisto, mi prima y yo nos levantamos en silencio y sin hacer ruido del sofá en el que parecíamos estar totalmente dormidas, sorteamos las piernas de mi tía (que era su madre), en una butaca ella sí dormida, y subimos las escaleras en plan pantera rosa. Sin música, eso sí. Al llegar al piso de arriba nos deslizamos hacia el cuarto que compartíamos (muy grande, pintado de rosa, con cabeceros idénticos de forjado malva, y unos ventanales enormes) y abrimos los armarios para cambiarnos de ropa. Eran las doce de la noche pero no estábamos dispuestas a una fiesta de pijamas sino a una feria de verdad, una feria de pueblo en buena compañía. La ropa estaba elegida de antemano, como es lógico, y podría describirla sin que me fallara la memoria porque nos costó un par de horas darle el visto bueno. Ella llevaría un vestid

La tragedia de derramar el café

  Esta mañana he vuelto a derramar el café sobre el mantel de la mesa de la cocina. Es un mantel muy bonito, aunque tiene ya muchos años. Todo parece tener muchos años y todo parece estropearse. Se ha quedado una mancha muy fea que no saldrá. La mancha permanecerá en el mantel aunque lo lave mil veces y pienso que ahora tendré que lavarlo en las horas donde la luz se vende barata. Otro problema. A veces ocurren cosas en la casa, incidentes domésticos de esos que puedes tomar a broma o a cabreo. Yo me los tomo a tristeza. Desde que él murió todos las cosas que suceden me resultan tristes y me generan mucha pena.  Ayer no vino el repartidor de MRW a traer unas sandalias que había comprado on line en El Corte Inglés. Son unas sandalias muy bonitas, de chico, y me llevé una agradable sorpresa al pagar: tenían una rebaja del 30 por ciento, lo que vino muy bien porque son muy caras. Pero la alegría de la compra se ha enturbiado con el reparto. Siempre les sucede algo cuando tienen que entreg

Por donde quiera que vaya

Aunque llevo muchos años viviendo en Sevilla (en Triana la gran mayoría de ellos) sigo conservando la manera de ser y de sentir de la gente de Cádiz. Cuando uno deja su tierra se produce un desgarro irreparable, que se nota menos en los primeros años pero que se acentúa cuando pasa el tiempo. La esencia de lo que eres está dentro de ti y eso no se modifica, pero desaparecen de tu lado los sonidos, los olores, los sabores, el paisaje, la gente, todo lo que ha formado parte de ti. Encuentras personas que se incorporan a tu vida, amigos incluso, pero falta algo, algo inexplicable. En mi profesión trato con compañeros que son de fuera y que, en un momento dado, se plantean si volver a su tierra. La última de esas personas es mi fascinante compañera Violeta, un chorro de vida en medio del océano. Ella es de Córdoba y estuvo hace poco en ese momento de duda. Mi consejo fue rotundo. Vete, vete a tu tierra. Con tu gente, con tu madre, con tus sobrinos, vete ahora, antes de que los lazos q

Cuarto y mitad de pollo con ternura

(Plaza de las Flores, anexa al Mercado Central. Cádiz)  El Mercado de San Gonzalo de Triana (la "plaza" para los gaditanos) es un espacio multicolor, variopinto y abigarrado. Paseas entre sus puestos y encuentras siempre un motivo para detenerte, no solamente por la calidad del producto, sino por el encanto de los vendedores y de sus charlas con los clientes. Es un lugar de estancia y no solo de paso. Y lo llamo "la plaza" porque, pasando el tiempo, más vuelvo a mis raíces, más me gaditanizo. Es como esos amores que parecen dormidos pero que, a poco que sacudas las sábanas del recuerdo, aparecen radiantes, enteros, como siempre.  Se han puesto ahora de moda los mercados gourmets en los que la gente, a más de comprar viandas escogidas, puede darse a la conversación delante de un pinchito o de un vermut. Cosa grande esta que han hallado ahora los emprendedores, pero que en mi tierra, en Cádiz y en La Isla y en Chiclana, existe desde antiguo. Entonces lo d

Va y viene de la rosa a la salina

Yo era una niña móvil, cambiante, caleidoscópica. Aún lo soy. No una niña, desde luego. Pero sí soy móvil, cambiante y caleidoscópica. Días y días. Días de todos los colores. Azules, trágicos; naranjas y amarillos, luminosos; verdes, esperanzados; grises, anodinos; negros, terribles; blancos, desconcertantes; violetas, geniales…Luego están los días contigo dentro. Esos son dorados, tibios, cálidos, del color de una sinfonía o de una obra de arte bien terminada. Los días contigo no deberían terminarse nunca, pero pasan con insólita rapidez, porque son días que solo contienen una o dos horas a lo sumo.  Esa niña tan dispersa en intenciones y tan llena de preguntas tenía la costumbre de demorarse y otra aún peor. Andaba hacia atrás. Mi madre caminaba delante de mí y esperaba que llegara a su altura. Pero yo nunca lo hacía. Reclamaba una y otra vez que fuera ella la que se detuviera, la que cambiara el paso. Mi madre no se sentía en la obligación de ayudarme a resolver el eterno e

La sal entre los dedos

(Joaquín Sorolla y Bastida) El sol había decidido tomarse el resto del tiempo libre. Comenzaba a batirse en retirada después de un día inclemente en el que los habitantes de la calle notaron sin duda alguna que el verano estaba allí. Las tres niñas merodeaban por una de las esquinas, sentadas y a veces de pie, en torno a la puerta de la casa de una de ellas. Llevaban pantalones cortos, camisetas de tirantes y una expresión de aburrimiento pintada en la cara. Los días de asueto podían convertirse en un suplicio si no se encontraba un pasatiempo adecuado. Este era el caso.  Una niña, de camiseta rosa, tenía el pelo suelto, sujeto con un lazo de seda a un lado de la cara. Otra, de cabello muy corto, llevaba una blusa de rayas blancas y verdes. La tercera niña se desesperaba estirándose los rizos para convertirlos en una masa lisa y manejable usando horquillas y gomas elásticas. La hora de la siesta había concluido y ya tenían permiso para salir de casa y dedicarse a cualquier

Un vestido lavanda con fondo de ojos verdes

No diré ahora tu nombre porque desapareciste con la vida y estas palabras no vas a leerlas. Sé que andas por ahí, casado, con hijos, eres un triunfador. Entonces ya lo eras. Tenías una mirada perfecta, verde y atlántica, a pesar de que vivías tierra adentro y no eras un hombre de mar. Los hombres que han nacido en la mar no tienen ese ansía de mujer que tú gastabas. Más bien parece que el agua los limpia del exceso de deseo. Pero la gente de tierra adentro sabe muy bien cómo el abrazo es el pasaporte perfecto para la noche y el día. Para la mañana y la madrugada.  Había feria en no sé qué pueblo de las cercanías y tú me invitaste a ir contigo. Eso salvó la fecha de cualquier otra incidencia y la convirtió en la antesala de la gloria. Mi risa retumbaba desde el amanecer cuando el calor me apartó de la cama y me lanzó casi derecha a la piscina, tanta era la resaca de una noche baldía de descanso. El mediodía, pleno de confidencias, hizo que bebiera algo más de lo que podía s

Úrsula y Gudrun

Las hermanas Brangwen, Úrsula y Gudrun, son cultas, hermosas, inteligentes y vitales. Pero tienen una mancha de fábrica que en la sociedad de entreguerras no es fácil de solucionar. Son hijas de minero, nietas de minero. Si fueran hombres, serían mineros. Úrsula es maestra y ha dado el salto sobre los de su clase a base de ocupar una plaza en la escuela del lugar donde nació. Eso la obliga a vivir en la casa familiar, a pesar de que no es la casa de sus sueños, de que es una casa en la que no querría haber nacido. Gudrun, que tiene unas alas más amplias y unos sueños más extravagantes, es artista, porque los artistas no son de ningún sitio y tienen patente de corso para codearse con unos y con otros. Pero ambas saben, sobre todo cuando están en su tierra, que todo el mundo conoce a su padre, oscuro del color de la mina, y a su madre, sencilla y sin abalorios, y su casa, una casa corriente con la única diferencia de que en ella hay libros y acuarelas.  Es muy difícil remontar e

"Mujeres enamoradas" de D. H. Lawrence

En algún lugar de este blog he hablado de David Herbert Lawrence, el escritor inglés que leí hace muchos años, que releí más tarde y cuyas frases, cuyo sentido, me vienen a la cabeza de vez en cuando. Es curioso cómo unos libros, unos escritores, se te quedan dentro para siempre, independientemente de los años que pasen o de la vida que tengas. Lo que hace especial a D.H. es que narra la pasión amorosa de una manera distinta a todos los que antes o después que él la han descrito. Es muy difícil hablar de sentimientos, de amor, de pasión, sin que caiga uno en lo chabacano, incluso en lo ridículo. Pero él lo consigue, porque desbroza los pensamientos, las sensaciones, de una manera especial. Es su mirada comprensiva hacia las emociones lo que lo distingue del resto. Es la ternura con la que entiende cómo los hombres y las mujeres de sus libros se dejan llevar, irremediablemente, por un río que no tiene retorno, que nace y desemboca en el mar, pero que no puede controlarse, salvo si se c

Connie y el guardabosques

A los catorce años leí "El amante de Lady Chatterley" . La figura del guardabosques me parecía intrigante. ¿Existirían hombres así? ¿Hombres con ese vocabulario floral para designar lo que otros nombraban sin ninguna poesía? En realidad, visto con desapasionamiento, era un individuo primario, casi analfabeto, que poco o nada tenía que ver con mis inquietudes intelectuales de entonces (esas charlas interminables con los amigos, diseccionando películas como si estuviéramos haciendo una autopsia) y mucho menos con las de Connie Chatterley, pero, para ambas, encarnaba al "hombre" con mayúsculas, una especie que se adornaba de todas las distinciones. Éramos muy elementales en el fondo o, quizá, muy sensatas. Recubríamos nuestra supuesta erudición con adjetivos que habíamos tomado prestados de los libros de cabecera o de las películas que alguien nos había recomendado, pero, en el fondo, buscábamos un algo menos tangible, más especial. Esto lo explicaba años más tard

Tango flamenco y tango de carnaval

(Baile andaluz. José Villegas. 1893)  En el universo musical de la bahía de Cádiz dos sones se entrecruzan de una manera cierta. Dos sones que se difunden y amplían, llegando a otras latitudes geográficas y musicales. Son el tango de carnaval y el tango flamenco. Desde hace algunos años vengo escribiendo acerca de la íntima relación que los une y también de cómo en la Escuela Gaditana de Cante Flamenco se acrisolan influencias tan diversas que todo es posible desde el punto de vista musical. La presencia de América, allá a lo lejos, aporta una diferencia sustancial con el cante de interior y desde Cádiz los sones de ultramar llegan al resto de la geografía flamenca, conformando una manera única de entender el cante y el baile. Estamos ante un proceso de aculturación que se realiza de manera interpuesta y desde hace muchos años, siglos diríamos.  La construcción musical del tango de carnaval está perfectamente realizada ya desde las dos últimas décadas del siglo XIX, correspondiendo a e

Emma y los bailes de sociedad

Ocupar el ocio es una de las preocupaciones de las sociedades avanzadas. Cuando uno tiene asegurada la supervivencia, no tiene que ir a cazar animales para obtener pieles ni alimento, cuando la vida sigue su curso organizadamente, entonces nos encontramos con que hay tiempo libre que llenar. El baile también es cosa de ciudadanos educados, como decía el señor Lucas en "Orgullo y prejuicio". Claro que el señor Darcy le contestaba que también lo era de las sociedades menos avanzadas: "Todos los salvajes bailan", fue su sarcástica respuesta.  Emma Woodhouse y sus vecinos poseen las diversiones de la gente como ellos en el tiempo en que vivieron. Jugar a los naipes, a los acertijos, a las charadas o a los juegos de palabras, conversar, hacer visitas, pasear por el campo, cenar fuera o asistir a una velada musical en casa de algún conocido, tocar el pianoforte, leer y contestar cartas, hacer representaciones teatrales caseras, bailar...Además de estas actividades, las jó

Donde está el paraíso

  Recuerdo el esplendor de los amaneceres, que se abrían como flores debajo del rocío. Septiembre es un mes sin deudas, todo esperanzado, todo al límite. En el carrusel del centro de Aviñón había siempre niños y mayores que querían subirse a los caballos y correr sin medida. Pero llevaba un paso firme y despacioso, porque no desafiaba al tiempo ni al pasado y todo tenía su significación que los demás ignorábamos. Lo mismo sucedía en la espaciosa Arles, tan romana y tan llena de piedras hondas, libres, cubiertas de secretos, sueños incomprendidos tantas veces y un hueco de jazmín en las ventanas. Todas las ventanas de Arles conservaban sin marchitarse las flores de antaño y ellas mismas se hacían palmas al olor de las guitarras que se escondían en la noche. Era una especie de Andalucía sobrevenida, de Andalucía estilizada y sin atlántico.  Había yedra en las ventanas y árboles inclinados, cornisas hechas a cincel y toldos plateados para el sol y la lluvia. Sin prisas. El suelo brillaba

En el calor de la noche

  “Los negros mienten” parece pensar el jefe de policía de Sparta (Mississippi), el rudo y terco Bill Gillespie. No lleva un buen día. El asesinato de Colbert, poderoso industrial del norte, le ha contrariado. Tiene que solucionarlo de la forma más rápida posible. Y he aquí que su ayudante, el visceral Sam Wood, le trae la respuesta en bandeja. Ahí está Virgil Tibbs, negro, que estaba en la estación del tren durante la madrugada de este caluroso día de septiembre. Cómo un culpable de asesinato y robo (doscientos dólares exactos) se sienta luego a esperar tranquilamente que pase un tren es algo que excede de la inteligencia de Woods y del temperamento de Gillespie. He aquí un sospechoso y ya está.  Bueno. No tan rápido. El señor Tibbs, el negro de la estación, alto, guapo, bien vestido y muy sereno dadas las circunstancias, asegura que estaba esperando el tren de las cuatro y cinco que circula las madrugadas de los martes en dirección a Memphis, donde tiene a su madre. Y afirma aún más:

Cuando ruge la marabunta

 Los niños de la casa están asustados. La pantalla les devuelve la imagen atroz de una enorme plaga de hormigas gigantes que hacen un ruido atronador. Las hormigas avanzan sin misericordia, destrozan todo lo que encuentran a su paso, destruyen las plantas, asustan a los nativos. En esta ciudad costera junto al Atlántico, en esta calle acostada junto a los esteros, es ya de noche y la televisión muestra la película en una de esas reiteradas reposiciones de cine de aventuras que se prodigan y concentran ante el aparato a mayores y pequeños, en franca camaradería. Los ojos de los niños no se apartan de la riada de hormigas que rodea la plantación. El calor trasciende el aparato, todos sudan. Es verano y por eso están allí, disfrutando del ocio, sentados y desperdigados en sillas y en el suelo.  Detrás de los niños, en un paréntesis de su tarea cotidiana, continua y con escasas recompensas, están las madres. Las hay de todas las edades. La mayoría de ellas tienen muchos hijos y pocas ilusi