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Sir Walter Scott: el best-seller del XIX

  Aprecio a Walter Scott bastante más de lo que cabría esperar, habida cuenta de que no me gustan las novelas históricas. Pero ese aprecio, como sucede tantas veces, no es casual y tiene, por el contrario, raíces profundas. Durante varios años, siendo adolescente, su novela "Ivanhoe" era invariablemente el libro que me regalaban en un montón de ocasiones. Todo el mundo debía pensar que me iban ese tipo de libros. Desde luego que las ediciones iban variando, desde una sencilla y resumida (creo que también ilustrada) hasta la última que recibí, con pastas de piel roja y unas hojas finitas como las Biblias. Más tarde, hace algunos años, encontré otra edición de encuadernación muy noble que me compré yo misma y fue una gozada descubrir que todo aquello me parecía un volver a casa. No es que haya releído el libro, es que, casi, me lo sé de memoria. De modo que puedo hablar con conocimiento de causa de Ivanhoe, los sajones y los normandos, Lady Rowena, la judía Rebecca y su padre, Juan Sin Tierra y Ricardo Corazón de León. A este último yo lo tenía en los altares y, por correlación, a sus colegas de la Tercera Cruzada, Federico Barbarroja de Alemania y Felipe II Augusto de Francia. La historia de los cruzados, sus penurias, sus luchas y ese aire poético de sus hazañas, tuvo un fuerte impacto en mi educación sentimental. Creo que pensaba que ya no quedaban hombres así. Y eso que la película, con Robert Taylor, Joan Fontaine y Liz Taylor, no me gustaba nada, creo que porque el casting no pegaba ni con cola y Robert Taylor es un actor que nunca me pareció atractivo. Por su parte, para mí Joan Fontaine siempre será "Rebecca" y Elizabeth Taylor me entretiene muchísimo en su papel de Kate en las dos películas que hizo con Spencer Tracy y Joan Bennet, "El padre de la novia" y "El padre es abuelo". Sé que hay otra versión posterior, pero nada que ver con esta maravilla en blanco y negro, diálogos agudos e intérpretes en estado de gracia. 

    Ese primer contacto con la obra de un autor, con los libros, es espontáneo y fiable. Mucho más cuando tiene lugar en la infancia o la adolescencia. Además, en mi caso, tener libros a mano era una necesidad, un vicio, algo que no se podía comparar con nada. Todavía hoy saboreo de antemano la lectura de un libro, viendo su envoltura, su portada, dando un poco de coba al rito de leer. Es una bibliofilia que una no entiende pero que existe. Y todos los que están a tu alrededor también. Esa lectura primera de un libro tiene también un punto de novedad exquisita.No sabemos nada de quien lo escribe pero sí llegamos a entender su lenguaje y a corroborar sus intereses. Las aventuras del caballero sajón Ivanhoe tienen un punto de misticismo y otro de épica. Lady Rowena es demasiado sensata para ser tan joven y la actitud de Juan Sin Tierra nos obliga a aborrecerlo, siendo que, como rey, fue bastante más positivo que su soñador hermano. La gente que lo leyó en su tiempo y que lo convirtió en un autor famoso debía pensar lo mismo que yo, que merecía la pena instalarse en ese tiempo en el que los caballeros tenían honor y las damas presidían los torneos con sus sonrisas y sus pañuelos que ellos colocaban en las picas. 

   Lo curioso del tema es que Walter Scott, Sir Walter, escribió esta novela y otras más del mismo tenor aunque no tan poderosas, por una necesidad de vender libros. Entendió ya entonces que si no vendes no comes o comes peor. Y sus novelas de la serie "histórica", "gótica", "romántica" eran un reclamo potentísimo que le permitieron tener una saneada economía, fama y poder prescriptivo a la hora de hablar de otros libros. Por ejemplo, de "Emma" de Jane Austen, autora contemporánea suya y nada amante de estas temáticas. En aquellos días, Austen era una rara avis literaria y Sir Walter, un campeón. Ahora las tornas han cambiado, lo que debería enseñarnos a tener paciencia. Y a pensar qué extraña evolución es la de los libros, cómo nunca podemos saber con certeza cuáles van a resistir el paso del tiempo y cuáles van a quedar como reliquias de una época. A pesar de su belleza. El género de la novela histórica, que se configura con la obra de Scott, tiene ahora mismo una extraordinaria pujanza. Hay libros para dar y tomar, la gente los lee muchísimo y no ha quedado recoveco de la historia que no se utilice como materia literaria. Es verdad que esta cantidad no se corresponde con la calidad, porque hay de todo. No obstante, el interés del público es incontestable, quizá porque la historia es una fuente de la que siempre mana agua.    

       


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