"Los reflejos de la luna" de Edith Wharton

 


Los protagonistas de la novela son una pareja de jóvenes, alegres, de buenos modales, brillantes y muy pobres. Lo último se ve matizado por lo anterior, desde luego, porque la baza de sobrevivir está en sus cualidades y no en su economía. Son Nick Lansing y Susy Branch, ejemplo claro de supervivientes a base de sablazos, de dar la coba, de ser un parásito de los otros, y hacerlo con talento, gracia y cierta inteligencia práctica. Hay mucha gente así y lo logran porque sus cualidades físicas o intelectuales se lo permiten y porque siempre hay alrededor personas que caen en su trampa. ¿Puede esto durar eternamente?

Nick es uno de esos novelistas en potencia que no consigue su objetivo de triunfar y que tiene que mantenerse a rastras con la exigua ayuda del patrimonio familiar. Tiene un trabajo para él indigno a todas luces: escribir para una enciclopedia, pero esto le parece lo peor y necesita el triunfo como novelista. Por parte de ella, Susy, perdió su posible fortuna con el derroche de su pobre padre, ya fallecido, y viene viviendo de triquiñuelas varias y de amigas ricas que le prestan su casa y la invitan a sus fiestas. Ambos, por lo tanto, están siempre en la filo de la navaja, viviendo una vida que no pueden mantener y sin plantearse, en realidad, que la existencia es otra cosa. 

Como están muy enamorados y no son demasiado conscientes de la realidad de los dos, deciden dar el paso de casarse aunque con una condición, propia de gente diletante y bohemia sin serlo: si alguno de ellas encuentra alguna vez un partido mejor, entonces se separarán de forma amistosa. De modo que su vida matrimonial empieza en una lujosa villa junto al Lago Como, desde luego prestada. Sin embargo, tarde o temprano los conflictos morales aparecerán, porque la escritora los pondrá a prueba y habrán de responderse a la pregunta de si se puede ser toda la vida un parásito y si esto es moralmente permitido. La ironía salva el drama, en este caso, y el retrato social de una clase de jóvenes sin esperanza y con tantas carencias materiales como morales, está servido. ¿Qué subyace en el fondo de los dos, por qué no quieren reconocerlo ellos mismos? 

Edith Wharton (Nueva York, 1862-Saint-Brice-sour-Fôret, 1937) pone siempre a sus personajes en tesituras difíciles, intentando que reaccionen, que esas reacciones se vean con claridad y que los conflictos íntimos afloren. Hay una relación insana de parasitismo social entre los pudientes y los que no tienen nada pero quieren tenerlo, es más, creen poseer ese derecho. Los buenos modales de los protagonistas enmascaran la frustración de su complacencia ante los otros, de su servilismo encubierto. Y ellos mismos se ven, de vez en cuando, en un espejo que les devuelve una imagen negativa, casi inmoral, por muchas excusas que puedan argumentarse. Esta crónica social del miedo a estar solos, a no poder llevar la vida que se desea, a no tener éxito, estando tan cerca, es una más de las novelas de Wharton en la que disecciona el mundo de la gente acomodada, en este caso, añadiendo el complemento de una pareja que araña las puertas de las mansiones para ser admitidos en ellas a toda costa. 

Los reflejos de la luna. Edith Wharton. Alba Editorial. Colección Alba Clásica. Traducción Miguel Temprano García. Marzo, 2019. 

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