Leer, escribir: Lo que somos


Seguramente las dos obras que representan mejor que nada el poder del hábito lector sean estas: 84 Charing Cross Road y La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey. En ambas se unen, con lazos inseparables y para siempre, las dos actividades que están relacionadas con el amor a la palabra y a los libros: leer y contar. Leer y escribir. Son dos historias distintas pero con la misma pasión por los libros y por lo que los libros aportan. En 84, Charing Cross Road la vida de Helen Hanff cambia radicalmente cuando se pone en contacto con los libreros de viejo de Londres, comandados por el eficiente y encantador Frank Doel. La correspondencia entre ambas personas es la muestra clara del entendimiento que se establece de inmediato entre los amantes de los libros: hablan el mismo idioma, sienten de la misma forma y crean lazos con total rapidez. Están en el mismo barco, por así decirlo. A nosotros, lectores, nos ocurre también. No existe mejor modo de comunicación que la que existe entre personas que aman las mismas cosas. Y amamos los libros porque amamos la palabra, el texto, el idioma, la comunicación verbal, como la mayor fuente de entendimiento que existe entre las personas. Somos personas en un mundo concreto y configuramos ese mundo a través del lenguaje. Y la riqueza de ese lenguaje permite expresarnos con nuestra grandeza y nuestra miseria. Podemos expresar la ira, la rabia, el miedo, el dolor, la cobardía, la venganza, el amor, el deseo, la pasión, la fuerza, la debilidad, la desgracia, la esperanza y el fuego de la razón. Podemos expresarlo todo y para ello usamos la palabra y la palabra es nuestro rito esencial y nuestra fe. 


84 es una novela epistolar, quizá porque el entusiasmo se transmite mejor por carta. Lo mismo sucede con esta otra, La sociedad literaria del pastel de piel de patata de Guernsey, que añade a lo anterior  el papel de la literatura para salvar a la humanidad del dolor subsiguiente a las guerras y los conflictos. La forma en que los libros se mueven de un lado a otro y concitan a su alrededor a gente diversa es extraordinaria. Esa sociedad literaria a la que alude el título es un club de lectura muy especial, creado en circunstancias adversas y con la ocupación alemana encima de las islas del Canal. Años después, Juliet Ashton, una joven que quiere ser novelista, recibe la carta de un desconocido que la pone sobre la pista de este verdadero milagro. Las cartas son las palomas mensajeras de las palabras y lo han sido durante mucho tiempo. Usando el lenguaje escrito, durante siglos, las personas han intimado y han establecido encuentros en el aire, incluso personas que nunca se vieron las caras, personas que piensan distinto y que tienen solo este punto de apoyo que es la palabra y el texto, que nos dice lo que queremos oír y lo que queremos ser. La palabra es el vehículo por el cual los seres civilizados expresan lo bueno y lo malo. Expresan lo más hondo y lo más sublime. Lo bello, lo horroroso. No se piense que ahora, cuando las cartas no se escriben en papel, la palabra ha perdido su cetro. No es así. Imposible comunicarse por correo electrónico sin escribir palabras, imposible poner un tuit sin palabras, o contar algo en Facebook sin palabras. No. La palabra nunca se quedará antigua. La palabra siempre estará de moda. 


Cualquiera de nosotros, lectores, sabemos de la emoción que nos embarga cuando encontramos, en cualquier librería, un libro que estábamos buscando. Las estanterías muestran sus productos y vamos paseando por ellas. Entonces encontramos la joya, una portada que nos atrae, un libro largamente ansiado, un autor al que seguimos, un título atractivo, las mil y una razones por las que un libro pasa a ser nuestro.
En las protagonistas de ambos libros hay otro elemento en común. Son escritoras. Helen Hanff escribe guiones para la radio y cuentos para niños y Juliet quiere ser novelista. Es la pulsión de escribir la que se enlaza directamente con la de leer. Tenemos más afinidad con alguien que comparta la ilusión por un libro que con alguien, al que conozcamos mucho, que no entienda por qué leemos ni qué leemos. Usamos frases de libros como quien suelta perlas o migas de pan y alguien siempre las recoge. Hablamos de autores con la confianza de que son parte de nosotros, amigos casi, gente de la familia. Eso crea una red de afectos entre los lectores que se complementa con la que sientes con los que, como tú, tienen la pulsión de la escritura. Es muy difícil ser un buen lector y no llegar a sentirse escritor. 

Me he preguntado a veces por qué, desde que tenía seis años, mis mayores y mejores ocupaciones, aquello que, de verdad, me hace feliz, me convierte en otra persona, me entretiene y me ocupa, es escribir y es leer. Primero, leía mucho más que escribía, aunque la escritura nunca estuvo abandonada, de ahí mis diarios tempranos, mis poesías, mis cuentos para niños, mis relatos cortos. Todos ellos cuidadosamente escritos a mano, encuadernados con portadas de dibujos y letras bonitas. Guardados en cajas de flores. Repasados de vez en cuando. Transcritos en su momento al ordenador. Luego, la escritura y la lectura hallaron su equilibrio y vinieron mis libros de investigación didáctica o flamenca, mi novela, mis relatos cortos, mis proyectos pedagógicos, mis libros sobre organización escolar, mis ensayos sobre Jane Austen o Edna O'Brien y todo un arsenal de textos inacabados. También los miles de artículos para revistas de flamenco, sobre la mujer, los cantes de levante o de Cádiz, las artes plásticas, las biografías antiguas...Ahora y desde hace años, este blog como el gran espejo de lo leído y lo escrito. Es decir, el entretejido entre leer y escribir existe, es cierto, vive en nosotros y nos convierte en gran parte en lo que somos: disfrutadores del formidable hallazgo de la palabra y de la pasión que ella nos transmite esté donde esté, tengamos lo que tengamos a nuestro alcance. No podemos ser de otra manera. 

Hasta que no aceptas eso, hasta que no te das cuenta de que prefieres quedarte en casa leyendo o escribiendo y no por eso eres un bicho raro, hasta que eso pasa, no has cerrado el círculo de tu propia personalidad. No soy rara por eso, soy coherente con lo que me gusta hacer y con lo que quiero hacer. Como ellas y ellos, los de esos libros. Y el hecho de que no conozcas mi nombre, ni tenga en mi haber ningún best-seller, o ni siquiera estos libros que reseño sean gratis, sino comprados con mi dinero y a cargo de mi bolsillo, no significa sino eso: independiente y libre para decidir qué leo y de qué escribo. 


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