Jardín escondido

 


La casa tenía un jardín pequeño, elegante y escondido. Estaba detrás, en un rincón junto a la huerta de árboles frutales, de judías verdes y lechugas, una huerta nada romántica. El jardín hacía esquina y en él podían verse dos clases de rosas, rojas y amarillas; una enorme mata de hierbabuena y otras plantas aromáticas para cuidar su olor; un arriate de piedrecitas blancas con aloe vera, tomillo, arrayán y poinsetias entremezcladas. Y luego había una verja que lo separaba del huerto y que tenía siempre enredado un jazmín. Eso era el jardín y la mano del padre dedicaba algunas horas al día a cuidarlo. Era fácil que brotaran los limones y las granadas, pero era más complicado mantener las rosas al día y evitar que la hierbabuena desapareciera. El agua era muy salina y, como todo lo de allí, estaba azotado por la humedad. Pero el jardín pervivió durante muchos años y fue la mano del hombre, no la naturaleza, la que acabó con él. 

En el banco de hierro de la entrada se podía una sentar a leer a Shelley y eso era lo que mejor venía al sitio, porque tenía un silencio añadido que no podía suplantarse por nada. Las cartas también encontraban su eco preferido y la música incluso, siempre que no fuera demasiado ruidosa. Una música sin ruido parece un contrasentido pero no lo es. En realidad, a la música la habitan más los silencios y esa era la que se escuchaba desde el otro lado de la casa. 


El jardín era un ardiente símbolo de la vida. Mientras transcurría con normalidad, las flores eran conscientes de su cometido. Sabían que la primavera les devolvía el brillo y que el invierno las cubría de un compás de espera evidente. Pero detectaron de inmediato cuando la vida comenzó a detenerse, cuando los amaneceres no tenían ya ese brillo inusitado de la esperanza cotidiana. Las flores del jardín tenían un sexto sentido, como tienen todos los seres vivos. Y se baten en retirada cuando tienen la seguridad de que su color y su brillo se contradicen con las horas y el lento discurrir de los días. 

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