Haciendo Shakespeare

 

                

                                                     (Romeo y Julieta. John Duncan. 1909)

Mi madre colocaba entre dos ventanas de las que daban al patio, una colcha de matrimonio muy gastada, con flores y una cenefa azul, para que sirviera de fondo a nuestros teatros familiares. Ese era todo el atrezzo. El repertorio era variado y los actores tenían edades muy distintas, aunque ninguno excedía los quince años. Paquita, una vecina que era "como de la familia", más mayor y más alta, con un aire de mando muy genuino, hacía siempre los papeles masculinos, porque aquí funcionábamos al revés que en el teatro clásico: las niñas eran el grueso de la tropa. A los niños todo esto del teatro les parecía una tontería y solo aparecía alguno de pasada, en plan árbol o caballo, pero el peso de la función era nuestro. Otra vecinita, Lola, con el pelo crespo, la cara redonda y muy sonrosada, era ideal para hacer de campesina silenciosa, porque su timidez le impedía hablar y se le olvidaban las frases. Luego estaba Mame, pizpireta y bastante ambiciosa para su edad, que se empeñaba en ser la protagonista, papel para el que tenía que competir arduamente con algunas de nosotras, las niñas de la casa, que teníamos el privilegio de poder escoger, que para eso era nuestro teatro, nuestra función y nuestra madre. Aparecía como secundaria algunas veces otra chica a la que le costaba bastante moverse en escena, sobre todo en los bailes, porque lo hacía siempre al revés. Se llamaba Merceditas y vivía unas casas más abajo. El resto de las actrices eran de casa: Beatriz, Irene, Violeta, Inés y María, mis hermanas, además de yo misma. Los hermanos, o eran demasiado pequeños, o demasiado trastos, y solo les reservábamos tareas sencillas, como cobrar las entradas o ayudar a recoger. No tenían el espíritu artístico de nosotras, todas muy bien aleccionadas por el cine que veíamos a cada instante, y por las instrucciones de mi madre, una actriz consagrada, además de directora de escena, figurinista, encargada del vestuario y de la música. Una artista polifacética, diríamos. 

Nuestro autor favorito era Shakespeare y, después de él, nos gustaba representar películas de moda. Así combinábamos lo popular con lo culto, aunque no sabría definir donde estaba la línea que separa una cosa de la otra. Creo que yo tendría unos doce años cuando todo esto estaba en su apogeo. Recuerdo que estuvimos un verano entero dedicados a "Romeo y Julieta". Romeo era Paquita, desde luego, y yo era Julieta, claro está. Las demás se repartieron los papeles y a una de mis hermanas, con bastante mala uva casi siempre, le tocó Mercuccio y bien que disfrutó, usando contra todo el mundo las espadas de plástico de los niños, que funcionaron aquí como asesores técnicos de las batallas. Por supuesto, solo representábamos algunas de las escenas de la obra, aunque llegábamos a leerla entera varias veces para buscar el momento más interesante y se mezclaban unos diálogos con otros, usando una libertad que no sé yo si era la más digna para el empeño. "El sueño de una noche de verano" también nos gustaba mucho. Y de "Hamlet" algunos monólogos muy poderosos que tenían "mucha letra" y, por eso mismo, nos venía bien a las más charlatanas y con más memoria. Atreverse con Shakespeare en una función familiar, en el verano isleño, en un patio con flores, arriates y una cortina como fondo, era cosa única de gente atrevida, descendiente de irlandeses y de italianos, dispuestas a todo y sin ningún complejo. El ardoroso público que nos contemplaba, nuestros padres y los chiquillos de la calle, aplaudían a rabiar y siempre había, al final, papelillos y serpentinas que volaban, cosa del Carnaval que aquí siempre estaba presente. No obtuvimos ningún Oscar pero adoptamos a Shakespeare como parte de la familia y ahí sigue, entre nosotros. 

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