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Leyendo en un jardín



(Mujer leyendo en un jardín. August Macke. 1914)

Quisimos tener un jardín que nos recordara al mar de olivos que dejaste atrás. Un océano pleno y ruboroso, con sonidos distintos y con veredas inciertas. 

La naturaleza te juega estas malas pasadas. Consigue que se convierta en tu segunda piel, en el refugio secreto, en el lugar al que vuelves sin remedio. Por eso quisimos tener un jardín que a ti te trajera el sonido de los olivos y a mí el aire del mar. Una doble intención, un truco de prestidigitador, una lucha. 


De modo que colocamos la tierra en las macetas, construimos los arriates, plantamos las semillas, levantamos las cañas, amarramos con cuerda las ramas más díscolas, pusimos el abono, elegimos las especies, regamos el resultado y esperamos. Y, en torno a ello, la cerámica de colores, los azulejos pintados a mano como si un alfarero de Triana se hubiera pasado por allí a echar un ratito. Todo el azul de mi océano, todo el verde de tu campo de olivos. Azul-verde-mar sin mácula. 


Durante algún tiempo aquello tuvo vida. Después, ya lo sabes, la vida se fue acabando y se perdió. Por mucho que lo intenté no podían revivir las plantas de tus manos. Por mucho que lo quise el color se perdió, las hojas se hundieron en el lodo, el brillo pasó desapercibido, todo fue un otoño perpetuo. Ni los olivos han vuelto a aparecer, ni el mar ha vuelto a acariciar las huellas de los pies. 


Pero un día tuvimos un jardín. Lo conseguimos. 

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