"La edad de la inocencia" de Edith Wharton

 


La lucha de las familias "bien"  contra los advenedizos que intentan penetrar en la sociedad de Nueva York es uno de los temas principales de este libro, que publicó Edith Wharton en 1920 y obtuvo el Pulitzer al año siguiente. Antes de ser un libro se había publicado por entregas, como era habitual, en la revista Pictorial Review y tuvo un gran éxito. A la gente le interesó esa representación del Nueva York de 1870, que ya había desaparecido de la realidad. Una escritura que no tiene añoranza sino más bien una visión crítica de lo que era considerado "apropiado" en aquella década fundacional. 

El libro ha sido llevado tres veces al cine, la primera, muda, en 1924; la segunda, diez años después, con Irene Dunne de protagonista y la tercera, dirigida por Martin Scorsese, en 1993, teniendo como intérpretes principales a Michelle Pfeiffer, Daniel Day-Lewis y Winona Ryder. A mi juicio, la novela es claramente superior a sus adaptaciones. Seguramente por la riqueza del lenguaje, el estilo detallista pero no insustancial y también por el gran número de situaciones y personajes que, no solo actúan, sino también piensan y piensan mucho. "La edad de la inocencia" es casi una novela de tesis y, desde luego, narra mucho más que un romance o que un matrimonio, siendo que ambos son el centro del relato. O quizá lo hace deteniéndose en unas vidas que están tan condicionadas como las de épocas anteriores y, puede, que la nuestra. 


(Irene Dunne y John Boles, en la película de 1934)


(Michelle Pfeiffer, Geraldine Chaplin y Winona Ryder, en la ópera, versión de Martin Scorsese del libro en 1993)

Una noche de enero de comienzos de los años setenta, Christine Nilsson cantaba Fausto en la Academia de Música de Nueva York. 

Así comienza el libro y, desde el principio, algunas ideas quedan muy claras: la importancia de preservar el patrimonio ético y social de las "familias", el peligro de los advenedizos. Ello ejemplificado en la forma en la que uno accedía a los actos sociales: en berlina, landó o coche de alquiler. Una de las intuiciones más geniales de los dueños de coches de alquiler era haber descubierto que los norteamericanos desean alejarse de cualquier diversión mucho más rápidamente de lo que desean llegar a ella. 

Newland Archer es un joven abogado, de buena familia, que ve llegado el momento de casarse. Para ello elige a una joven virginal, tranquila, también de buena familia, de conducta intachable. La boda se anuncia antes de tiempo para que sirva de apoyo a una prima que ha llegado de Europa rodeada de una historia sórdida a cuenta de un marido inapropiado y cierta escapada con su secretario. La prima es Ellen Olenska, la novia adecuada es May Welland

A partir de ahí una trama bien hilvanada y que transcurre en los ambientes de la alta sociedad neoyorkina, la dominada por las primeras familias, las descendientes de los primeros holandeses e irlandeses que llegaron al este de Estados Unidos. Las formas de relación, los prejuicios sociales, el trato, incluso la manera en la que se saludan, se visitan, se devuelven las visitas, se engañan, se mienten, todo ello forma un tejido espeso, a veces voluble, otras veces muy intenso, que la escritora, una genial Wharton que conocía muy bien todo esto, desgrana de forma extraordinaria. Es un libro denso, difícil en ocasiones, pormenorizado y lleno de pequeñas cosas que son importantes, que hay que leer con atención y entender con cuidado. 

Todo tiene una simbología en esta sociedad plagada de viejas fórmulas a pesar de ser tan nueva comparada con Europa. Es más, se presenta con un puritanismo que Europa nunca ha conocido. Parece que es al revés, que América descubrió Europa. Como los nuevos ricos, quieren emular a los verdaderos nobles, a los aristócratas, creando una valla de contención contra lo que no es adecuado o apropiado. Así perseveran en sus privilegios, se curan en salud y siguen disfrutando de su status. Pero, como todo lo que es exagerado, la trama tiene costuras que se rompen y se abren, dejando al descubierto las debilidades y estas asoman sin poderlo evitar. Conociendo un poco esta época fundacional del país, quizá podamos entender "tradiciones" como Halloween, las bodas con damas de honor o los baby showers: inventar ritos para justificar un engranaje social. 

Los Welland, los Archer, los Mingott, los Dagonet, los Chivers, los Lanning, los Van der Luyden, conviven porque no tienen otro remedio, o porque hay un lazo matrimonial que los ha unido, con los Lefferts o los Beaufort, una clase de arribistas de lujo. Todo se circunscribe, en el trato social, a tenues alusiones y delicadas sutilezas, de manera que se sobreentiende mucho más de lo que se dice. Y hay una especie de crueldad a la hora de dejar a la intemperie todo aquello y todos aquellos que no encajan en este retrato. 

Los matrimonios en ese contexto son una aburrida asociación de intereses materiales y sociales que mantenían unida la ignorancia por una parte y la hipocresía por la otra. Dado que estamos en la década de 1870 y en el Nuevo Mundo, no parece que se haya aprendido mucho de lo que sucedía cien años antes, en tiempos de Jane Austen, pongo por caso. 

La señora Olenska, criada sin demasiado control y con mucho pasado europeo, lo expresa a su modo: La auténtica soledad es vivir entre todas estas personas tan amables que solo te piden que finjas. El fingimiento es el gran atributo social. Y eso lo practica acertadamente toda la buena sociedad, en concreto, las mujeres, que ocultan sus sinsabores por los devaneos de los maridos y que nunca expresan ni dolor ni rabia. Así lo hace May Welland, revestida de una frialdad que, aunque parece reflexión, al final puede ser solo ignorancia o vacío. O no. Porque no todo queda claro desde el principio en ella. 

La simulación llega a tal extremo que Newland trabaja en un acrisolado despacho de abogados en el que no hace absolutamente nada. En los despachos más tradicionales como el del señor Letterblair, que se ocupaban principalmente de la administración de posesiones y de inversiones conservadores, siempre había dos o tres jóvenes adinerados y sin ambiciones profesionales, que, durante cierto número de horas al día, se sentaban ante sus escritorios para llevar a cabo tareas triviales o, sencillamente, leer el periódico. Tal es la inutilidad en que se convierte la vida de los que no tienen que ganarse la vida. 

Newland Archer forma parte del "círculo de los jóvenes" y practica lo que ellos conocen como el hábito de la solidaridad masculina. Las formas son muy importantes en este contexto y ellos, los jóvenes, están obligados a hacer matrimonios adecuados con chicas formales y que siguen el mismo patrón, aunque, al mismo tiempo, tengan relaciones ocultas con artistas o con señoras casadas, cuyo contacto les sirve, incluso, de aprendizaje. Newland es un buen hijo y un buen hermano, además de un prometido perfecto para May Welland, veintidós años, guapa, deportista, sana y sin vicios. Pero, es cierto, ha tenido una aventura de dos años con una señora a la que no invitan a los salones. Y, además, desarrollará una extraña atracción, una pasión difícil de controlar, por la prima, Ellen Olenska, que es todo lo que él quisiera ser, libre, auténtica, original, viva. 

Las dos mujeres que protagonizan el libro se presentan igual de enigmáticas. Como es el punto de vista de Newland el que adopta el narrador hay aspectos de ellas que se escapan. No sabemos, en realidad, qué piensan. Los motivos por los que May oculta sus pensamientos a Newland pueden estar en su educación, pero no casa bien el hecho de que Ellen siga el juego del hombre a espaldas de May, siendo su prima y apreciándola. Desde luego, más curioso aún es que nos demos cuenta, en un determinado momento, de que May lo sabía TODO. 

En realidad, los encuentros entre Newland Archer y Ellen Olenska han sido mínimos. Solo en una ocasión estuvieron físicamente más cerca y en soledad. Pero hay una intensidad entre ambos, una especie de afinidad química, que se nota en el ambiente y que, seguramente, notaron todos los que los rodeaban, aunque nadie lo comentó nunca. Esa ocultación forma parte de la obra. La ocultación es el gran trasfondo de lo que ocurre. Narrar esos matices solo puede hacerlo una gran escritora como Wharton. Y hacerlo con cierta distancia pero también con compasión, es todavía más difícil. Ella lo narra desde dentro pero lo mira desde fuera. Por eso nosotros mismos, lectores, entramos en el mundo que describe y somos capaces de ver sus defectos y sus virtudes.  

Una complejidad que forma parte de la manera de escribir de Wharton y que obliga a leer sus libros con todos los sentidos puestos en esa lectura. Esta es, seguramente, su obra maestra, entre otra serie de títulos magistrales, como La renuncia, La solterona, Estío, El arrecife, El Marne, Las hermanas Bunner...

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