Eggleston: el color atraviesa la luz

 


Entre los fotógrafos cuyo trabajo admiro está William Eggleston (Memphis, 1939). Su tratamiento del color es tan extraordinario que te gustaría acercarte y tocarlo, ver cómo las manos se deslizan por la realidad que él representa tan certeramente. La fotografía es el gran arte del siglo XX y este fotógrafo es uno de sus más importantes ejemplos. Solo con dos elementos fundamentales, la luz y el color, jugando entre sí de forma recíproca, consigue crear una historia con cada una de sus fotografías. Por eso es inspirador, por eso verlo es una forma de estímulo para convertir en palabras sus imágenes. 

Resulta impensable hacer poesía visual con objetos prácticamente de desecho. En la foto superior hay dos contenedores de basura, una especie de caseta hecha de materiales deleznables, unas vallas que separan la naturaleza inhóspita del espacio central, restos de paquetes abandonados, incluso el suelo está manchado, no tiene ningún cuidado. ¿Cómo de todo eso puede resultar una foto tan bella? Ese es el gran secreto, el gran misterio de Eggleston sobre el que nos preguntamos una y otra vez todos los que seguimos sus fotografías. 



Hay otra serie de todos en las que la luz entra por una ventana lateral a un espacio cerrado, donde solo hay objetos, no personas. Es una luz que dibuja sobre la superficie de la mesa o del suelo extrañas figuras, algoritmos visuales. Parece que los objetos tuvieran vida en sí mismos y no necesitaran del concurso del hombre. Incluso la mano que mueve el vaso con la cañita de plástico da la impresión de ser un objeto más, algo inanimado. En cambio la luz es la gran protagonista, la luz y su movimiento sobre las superficies, dotándolas de una existencia más viva y completa, más cuajada y solemne. Hay un tono de quietud en estas fotografías de interior silencioso, de modo que no es posible advertir siquiera en qué momento del día se han tomado o si es solo un paréntesis en la vorágine. Son intermedios, instantes de paso, leves, efímeros, tanto como lo es la propia luz o el propio sonido que parece haberse ausentado de repente. 


Los bodegones de Eggleston tienen una gran fuerza. Como este. Las frutas poseen vida propia. Sus colores contrastan entre sí y se destacan insólitamente sobre la gran mesa de madera que está entre la luz y la sombra. Las sombras juegan aquí con los espacios iluminados dando a las frutas un relieve brutal, como si fueran a saltar hasta nuestras manos de un momento a otro. También los colores en sí mismos parecen revestirse de una pátina diferente a lo habitual, como símbolos de su propio poder, como llamaradas intensas, como fuegos inacabados. 

Podría escribirse un poema sobre cada una de estas fotografías. En realidad, cada una de ellas encierra su secreto y es imposible divulgarlo sin romper su pureza. 


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