Un racimo de uvas...y un cuadro impresionista

 


(Muchacha en hacienda de Nimes, Foto M. Litrán)


(Cézanne: Bodegón con manzanas y galletas)


(Uvas. Karen Stark)

Si eres de ciudad, de una ciudad marítima, rodeada de astilleros, de barcos, de istmos, islas y esteros; si eres de donde el sol se pone dejando una estela anaranjada de belleza inaudita; si eres del lugar donde nacen los vientos, se estiran, se pelean entre sí y te dejan exhausta; si pasaste tu infancia al calor de la azotea, del verdín, del rumor de las olas, del sonido de las campanas que anuncian los naufragios; si desde tu casa se veía el océano; si desde tu calle se llegaba a las salinas; si el sol ponía un pico de color sangrante sobre la plata del agua y de los fuertes napoleónicos; si jugaste entre restos de careneros y aprendiste a buscar coquinas en las orillas...

Si todo eso es así, entonces te resultará exótico recorrer esa tierra de viñedos, esas grandes extensiones de lavanda, esos puentes sobre pequeños ríos, esos pueblos medievales que se cierran por la noche con enormes portones, esas carreteras sembradas de árboles que las acogen y protegen, esos caminos que no terminan en ningún sitio, esos acueductos que el paso del tiempo no ha destruido, esas playas improvisadas en lagos que se hielan a veces en los inviernos más crudos, esas casas que tienen chimenea y que sueltan una retahíla de cuentos antiguos entre sus sonidos más claros...

Dejé un tiempo el mar y volé hasta tu suelo, hacia el paraíso donde se cultivan las uvas y se convierten en ese líquido ambarino que probaron los dioses antes de darles su visto bueno. Allí me esperaban amigos que tenían casas medievales, el sonido de los vendimiadores cuando volvían a la hacienda de vuelta, la minúscula habitación donde dormía y donde parecía caber todo, y el amor. Que te aguarde el amor es una especie de premio por tu osada aventura. Que te aguarde el amor es un misterio que todavía no ha sido descifrado. Que se mantenga mientras tú te preguntas tantas cosas, es una muestra de paciencia inaudita. Y esas noches de baile en las plazas de los pequeños pueblos sonrosados, con vestidos alados y la piel al descubierto, son el motivo más cierto por el que las cosas fueron como debían ser. De ese modo, nadie podrá echarte en cara nada, salvo que todos hemos de buscar la dicha sin esperar permiso. 

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