"Un ejercicio fascinante" por María Pilar Marín Blesa


(La bahía de Marsella, 1885, Paul Cézanne)

El Cameo de María Pilar Marín Blesa. Un paseo literario y geográfico por los lugares amados y por los libros que los inmortalizan: 

Un escritor español muy prolífico y conocido, menciona en una de sus novelas, leída hace poco, que “hay un ejercicio fascinante, a medio camino entre la literatura y la vida: visitar lugares leídos en libros y proyectar en ellos, enriqueciéndolos con esa memoria lectora, las historias reales o imaginadas, los personajes auténticos o de ficción que en otro tiempo los poblaron.” (*)

Naturalmente y aparte de intentar encontrar una respuesta a la eterna pregunta de por qué no se me había ocurrido a mí plantear, y además de esa forma, esta deliciosa cuestión, mi mente empezó a intentar rememorar los momentos de mi vida en los que disfruté de tal “ejercicio fascinante”.

  He rebuscado insistentemente en la memoria física algún lugar visitado en mi infancia relacionado con los páramos ingleses de Enyd Blyton, la lejana China de los misioneros de Pearl S. Buck, la estepas rusas recorridas a caballo por Miguel Strogoff o el reino de Sildavia al que viajaba con Tintín. No ha sido posible. Ya me hubiera gustado. Afortunadamente todos esos lugares y muchos más los tengo en la memoria del corazón. 

Sin que suponga ni mucho menos un “numerus clausus”  sí que, a partir de cierta edad, me vienen recuerdos imborrables llenos de esa sensación indescriptible e inmarcesible que produce encontrarse en el lugar donde se han desarrollado las innumerables historias que han formado parte de mi vida, literaria, literaria y literaria.

En mi adolescencia pasé tres años viviendo a pocos kilómetros de la frontera francesa. Se viajaba mucho menos que ahora pero de vez en cuando hacíamos incursiones en el país vecino. En una ocasión llegamos hasta Marsella. Obviaré otros recuerdos de ese viaje que darían para un artículo de índole más sociológica, y me centraré en la contemplación del Castillo de If sobre una pequeña isla de la bahía marsellesa. Ahí estaba Edmundo Dantés, uno de mis ídolos, más real que imaginario, encerrado injustamente tantos años, y la forma tan ingeniosa y arriesgada de escapar a su cautiverio gracias a la ayuda del abate Faria. La historia no era para ponerse en su piel desde luego. Sin embargo y con la rabia juvenil de no entender cómo había sido posible tal iniquidad, sentía que era capaz de identificarme con él, mandarle fuerza y casi de cambiar la trayectoria de la novela apoyándole tanto como lo hice mentalmente cuando leí la excepcional “El Conde de Montecristo”.

Cuando atravesar España suponía montarte en un coche sin televisión portátil, máquinas, móviles y demás artilugios actuales, no quedaba otra que armarte de paciencia y como entretenimiento leer los carteles de la carretera y mirar el paisaje. De ese modo aprendí mucha geografía española “in situ”. Pasar por la Mancha era ver a Don Quijote cabalgando sobre Rocinante y a Sancho Panza sobre su rucio, luchando contra molinos y contándose las verdades de la vida, esas que son eternas por mucho que el mundo evolucione. O involucione. Llegué incluso a saludarlo, sí. Cierta vez que en la venta de Puerto Lápice me lo encontré de frente al bajarme del coche y le solté un “hola” idéntico al de cualquier conocido que pasara por allí y del que todavía se ríen mis hermanos. 


(The Hill of the Alhambra, Samuel Colman, 1832-1920)


Mi familia paterna es de Granada. Muy vinculada a las letras y por ciertas circunstancias a la Alhambra. En la infancia de los años setenta, cuando todavía había viajeros y no masas de turistas, tuve varias oportunidades de colarme dentro a través de puertas que sólo conocían los habitantes y guardadores de esta monumental ciudad palaciega, e imaginar sus patios con el paisanaje que en su día visitó Washington Irving y, yendo más allá, llegar a ver princesas árabes encerradas en sus torres y cuevas escondidas en recovecos ocultos en los que se desarrollaban algunas leyendas de los “Cuentos de la Alhambra”. Siempre me maravilló la historia de este gran viajero americano que le dio por internarse en la más profunda Andalucía. 

Ay Portugal porque te quiero tanto. Tengo tanto pendiente con Portugal que necesitaría varias vidas. Lisboa. Tres veces la he visitado y cada vez me gusta más que la anterior. Descubrí a Pessoa por casualidad, con su estilo peculiar y taciturno. Lo he visto vagar por las calles y plazas lisboetas, subir al castillo en tranvía por las cuestas tan empinadas y sentarse a la orilla del río Tajo contemplando los barcos que navegan por él, abriéndose a la inmensa libertad del Atlántico. Lisboa sola da para otro artículo. O varios. Es tanto lo que esta ciudad deja en tus retinas que, aunque descubierto después del último viaje, puedo también imaginar cómo Pereira se dirige al café Orquídea mientras sostiene …



(Walk in Oviedo. 2015. Martin Riwnyj)

Lo de Vetusta fue más tarde. Aunque había leído muy joven la maravillosa obra de Clarín, no tuve oportunidad hasta pasadas varias décadas de pisar las calles y ambientes por los que Ana Ozores paseaba su melancolía y frustración en la sociedad provinciana del siglo XIX, en la que no podía encontrar consuelo para su temperamento sensible y soñador. Leer La Regenta con quince años te proporciona, además del propio placer de la historia, unos sólidos y firmes fundamentos feministas que no te abandonan nunca y por los que luchas intentando predicar siempre con el ejemplo.  

Y aquí estoy, escuchando el Concierto de Año Nuevo mientras escribo estas líneas. Esperando, como el mundo, que vuelva la antigua normalidad, con todos sus defectos incluidos. Y mientras, sigo planeando viajes, literarios o no, la mayoría de los cuales no cabrán en mi siempre limitada existencia. Pero soñar, todavía, es libre y gratuito. 


(*) A. PEREZ REVERTE. “Hombre buenos”, pág. 150."


María Pilar Marín Blesa es abogada y amante de la literatura. En su blog mpmarinblesa.blogspot.com  podrás conocerla mejor.