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Que son tus ojos dos soles

 


(Joaquín Sorolla y Bastida)


Nadie se extrañe si digo que Antonio Gilabert Vargas es uno de los puntales del cante de Cádiz. Junto con Aurelio Sellé, Manolo Vargas o Chano Lobato, por ejemplo. Cante muy diferente del de la escuela cercana, la de Jerez. Fue Luis Caballero el que defendió las características de la escuela de cante de Cádiz y lo hizo con tal seriedad y compostura que ahí quedó la causa para siempre. Antonio Gilbert es La Perla de Cádiz y tuvo una corta vida, desde 1925 a 1975. Aunque su apellido paterno trae reminiscencias de otras tierras (en Cádiz todo el mundo parece ser "de por ahí afuera"), el materno viene, por derecho, de su madre, otra flamenca, Rosa la Papera, cuyas cantiñas se  han popularizado. 

La Perla era una trágica del cante, una actriz de la copla flamenca. Cuando murió, con solo cincuenta años, dejó huérfano de compañía a su compañero, el también cantaor y bailaor Curro la Gamba, solo en su ausencia, y desde entonces él cultivó su extraña elegancia siendo una presencia frecuente en el ambiente flamenco de Cádiz. De La Perla se ha popularizado una llamativa imagen en la que guarda parecido con Irene Papas, la actriz griega, también con frente ancha y ojos profundos como llamaradas, con esa fuerza que la artista transmitía en su cante, compás puro, ritmo sin igual y dominio infinito. La sonrisa abierta, el abundante pelo negro expuesto al viento y su aire escrutador, fueron también santo y seña de Antonia. 


El cante de La Perla era un pozo de frescura, largueza y genio. Administraba sabiamente su potencia de voz, una voz flexible, clara y dispuesta, capaz de producir matices diversos, nunca almibaradas, siempre naturales. Tenía en las bulerías y en las alegrías su terreno más fructífero. En esas bulerías de Cádiz hay cositas especiales, como los tercios recortados y en equilibro, que se sostienen sobre un ritmo medido y muy estructurado. Están llenas de pequeños juguetillos de frases cortas, engarzadas en el cante, dichas con gracia y como al descuido, a modo de joyas que relucen sin apagar el conjunto. Las alegrías de La Perla son un cante transparente, ultramarino, personal...

A pesar de su corta vida tuvo ocasión de cantar en los escenarios más renombrados de su época, tanto en Cádiz, como en Sevilla o Madrid, el itinerario tradicional de los artistas de aquella tierra. También tuvo ocasión de salir al extranjero y llegó a crear una escuela dentro del cante de Cádiz, escuela que se ha seguido con pulcritud hasta el día de hoy. Su ejecución de algunos cantes se considera canónica, por eso ha contribuido a formar el corpus más cierto de la escuela gaditana, en la que muchos se miran como espejo del flamenco más auténtico. 

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