Ni quien se acuerde de mí

 


(Joaquín Sorolla y Bastida)

En la historia vieja del cante de las minas está el nombre de Concha la Peñaranda, también llamada la Cartagenera, cuya biografía se envuelve en la neblina de lo desconocido. Aunque no conocemos datos exactos de su vida y su familia, la tradición oral le adjudica un relevante papel en la formación y en la difusión de los cantes mineros y del cante de levante en general. Sí se conoce su estilo de malagueña y también su presencia en cafés cantantes de Sevilla en torno a 1884. 

La oscuridad ha permitido que su nombre y su obra pervivan a través de sus propias coplas y de la leyenda que en torno a ellas se fue forjando. Esta leyenda la relaciona con penas de amores y con una vida al borde del abismo que ha tenido eco en algunos autores que hablan de flamenco y flamencos, como Núñez de Prado o Fernando el de Triana. Las fuentes orales son siempre dudosas y esa duda se extiende sobre esta mujer como una mancha de aceite. 

Lo que sí parece cierto es que cultivó los cantes mineros y que no fui la única que lo hizo en estos años de mediados a finales del siglo XIX pues están por ahí también Emilia Benito o África Vázquez, tan desconocidas en sus detalles como La Peñaranda. Los cantes mineros, con su trasiego entre Almería, La Carolina y La Unión, tienen una historia itinerante como lo era también la de los artistas que los practicaban. Mineras, cartageneras, levanticas, tarantas, lucían extraordinariamente en voces de mujer que por una escasez de investigaciones directas, aún hoy están en la nebulosa de especulación y, quizá, también en la antesala del olvido. Si el flamenco era difícil para los hombres y significaba una vida de muchas privaciones, sobre todo en esta época de formación, mucho más lo era para las mujeres, que arriesgaban su reputación y, con ello, su futuro. 

Queda eso sí, la letra que la alude:

Conchita la Peñaranda

la que canta en el café

ha perdío la vergüenza 

siendo tan mujer de bien. 

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