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Mostrando entradas de 2021

William Gifford, el editor que adoraba a Elizabeth

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  (Pintura. Joaquín Sorolla y Bastida) Cuando en el año 1813 se publica por primera vez "Orgullo y prejuicio" , en edición del experto en temas militares Thomas Egerton, hubo quien se sintió escandalizado ante el personaje principal, Elizabeth Bennet , su desenvoltura y descaro, así como con el estilo de vida de la familia entera, con una madre cabeza de chorlito y un padre aislado en la biblioteca. Lo peor de todo, a juicio de los críticos académicos, era que en la historia no había castillos, ni fantasmas, ni secuestros, ni fastuosos carruajes, ni heroínas que sufrían el desdén de caballeros imposibles. Las muchachas del libro podían ser tildadas de frívolas o de casquivanas o de independientes, pero, desde luego, no tenían el perfil "adecuado" a lo que se consideraba razonable en las protagonistas. Una escritora de la época Mary Russell Mitford afirmó que solo una "absoluta carencia de gusto podría engendrar una heroína tan impertinente y mundana". Y, d

Jane se autopublica

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Dado que Jane Austen pudo llevar a imprenta su libro "Sentido y sensibilidad" en enero de 1811 con el sistema, frecuente entonces, de "ir a comisión", puede decirse que lo que hizo fue, con palabras de hoy, autopublicar su libro. El primero que vería la luz de todos los que ya tenía escritos sin suerte alguna. Los escritores de ahora que pierden la esperanza deberían ver este ejemplo. También en tiempos de Jane se publicaban libros malos y se dejaban sin publicar libros buenos. Lo suyo fue una especie de persistencia y, quizá, de justicia divina, pero por poco nos quedamos sin poderla conocer.  "Sentido y sensibilidad" fue aceptado para ser publicado, gracias a la intermediación de su negociante hermano Henry, en el invierno de 1810 por el editor de temas militares Thomas Egerton. La primera tirada constaría de setecientos cincuenta ejemplares, a los que ella aportaría la cantidad de ciento ochenta libras para gastos. Ese dinero, en realidad, no esta

"Tosantos" en el mercado de La Isla

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  (Caravaggio. Cesto de frutas) Los Tosantos comenzaban con la llegada de los cestos de fruta y otros productos que el padre hacía enviar a la casa. Peros, granadas, boniatos, uvas, manzanas, castañas, nueces, naranjas, almendras...la fruta del tiempo venía en un enorme canasto de mimbre. En otro cesto, envuelto en papel de plata, venían los dulces: los huesos de santo, los buñuelos, las empanadillas de cabello de ángel, las tortas, las canastillas de hojaldre, el mazapán, la fruta escarchada...El rito de todos los años en estas mismas fechas, los días finales de octubre previos al comienzo de noviembre.  (Puestos en la plaza de abastos de Cádiz. La Voz Digital) Por las noches íbamos a la plaza nueva de la calle Bonifaz a ver los puestos decorados o al mercado central, en las espaldas del ayuntamiento. Los puestos tenían a los pollos vestidos de señores, a los conejos con sombreros, a las frutas convertidas en toda clase de hadas risueñas. Todos los puestos rivalizaban por ver quién se

"Papá se ha ido de caza" de Penelope Mortimer

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Este es el segundo libro que la editorial Impedimenta publica de los escritos por Penelope Mortimer (1918-1999). La vida de esta autora es tan interesante como sus propios libros. Es más, podríamos decir que en esa vida encontró el principal vivero de temas de su literatura. Esos temas se resumen en las relaciones entre parejas y todo lo que circula alrededor. Hay una visión pesimista que es un reflejo de lo que Mortimer había vivido. Ese desánimo bien podía venir, incluso, de su infancia, con un padre escasamente protector, más bien todo lo contrario.  Penelope Mortimer publicó su primera novela con el nombre de Penelope Dimont porque ese era el apellido de su primer marido, Charles Dimont, corresponsal de la agencia Reuters. Ella había nacido en un pueblecito de Gales en 1918 y durante los años que van desde 1937 hasta 1949 estuvo casada con Dimont con el que tuvo dos hijas. Luego conoció a John Mortimer, del que tomó su apellido y con el que tuvo un hijo y una hija. Entre

Everything Happens To Me

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(Foto: Peter Lindbergh) Uno de los dos tenía los ojos verdes. Quién puede saberlo después de tanto tiempo...Y sonaba la música sin estorbar, allá, al fondo del local, con esas luces que parecen no alumbrar, que esconden más que muestran. Tan tarde, que los bebedores locales se habían marchado, tambaleándose, a cualquier otro garito de peor fama. La fama de los bares es inversamente proporcional a la bebida que venden, dijo alguien que debía ser muy enterado. Pero nosotros teníamos demasiado poco tiempo como para gastarlo en conversaciones. La música, eso sí, lo hacía por nosotros. Siempre hemos sido muy de jazz y muy de soul, aunque el sur nos haya traído otra cosa en vena. Pero quisimos nacer en el este de los Estados Unidos, y veranear en el oeste, incluso pasear por el norte en tiempo de nevadas y buscar en el sur alguna perla negra. Hans Stamer susurra, Chet Baker recita y Sinatra la eleva al aire. La misma canción puede servir para cualquier cosa que necesites, mucho más si

Bodas y Spencer Tracy

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  (Fotograma de "El padre de la novia" con Elizabeth Taylor como Kay y Spencer Tracy como Stanley, su padre. Dir. Vincente Minnelli, 1950) Cuando veo películas de bodas siempre recuerdo los lirios azules. Eran de tallo largo y estaban anudados con un lazo gris. Todo en esa boda era azul, incluso el escenario, al borde del mar del levante. El viento azotaba como en esos días en los que hay que sujetarse la falda y el juzgado no parecía un telón de fondo muy romántico, aunque lo fue. Hubo otra boda antes, de rosa y verde, pero, en realidad, aunque con más protocolo y más gasto, no llegó a la íntima fastuosidad de la boda de los lirios.  Spencer Tracy (1900-1967) es el padre de la novia y derrama su encanto por la película al modo Minnelli, con elegancia y una experta vocalización llena de chispa. Aunque ha habido otro remake nadie hay comparable en el cine con la bondad irónica de Tracy, que fue actor vocacional, padre entregado y una persona en la que se podía confiar. Su hij

Ana, lo que cuenta

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  Hay una generación de mujeres que construyeron, con un esfuerzo formidable, las bases de la vida que ahora tenemos. Madres de familia, trabajadoras constantes en el hogar, amas de casa. De profesión, sus labores, decían los carnets de familia numerosa y los documentos oficiales. Como si fuera poca cosa. Pero no. Esas labores de las que se habla no terminaban nunca. Desde el amanecer hasta que el último hijo se recogía en la casa por la noche, cuando ya estaban en edad de salir, esas mujeres eran la batuta que dirigía la vida familiar con mano firme. Todas ellas sabían que el sacrificio era su forma de ser y todas entendían que los problemas iban a llegar y a convertir la existencia en un dilema perpetuo. Estaban las alegrías, desde luego, las nochebuenas, las fiestas, las comuniones, los bautizos, las bodas. En esas ocasiones resplandecían los vestidos nuevos, el arreglo de la peluquería, los zapatos que te molestaban un poco. Pero merecían la pena, porque eran los oasis entre lo cot

"Brillaba abandonado sobre el suelo"

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  Las ciudades tienen su propio código, su perspectiva, su historia. No solamente la que ocupa los siglos pasados, la que está llena de personajes, de batallas, de relatos con nombre y relatos anónimos, la que aparece en los libros o en los mapas de carretera. Las ciudades son algo más. Conservan un latido diario que algunas veces pasa desapercibido pero que, en otros momentos, se muestra esplendoroso, fortísimo, ineludible. Las músicas se suceden en un torbellino vertiginoso, al tiempo que los pasos la recorren. Los carteles luminosos, los escaparates, los vehículos, todo se mezcla en un genial batiburrillo de emociones que trazan en el suelo los números que guardan su secreto. Las ciudades son el espacio vital en el que cada uno describe una historia cierta, poderosa y cercana. Las ventanas se abren a un horizonte claro, los cielos cambian su color cada una de las horas y, sin darnos cuenta, llevan la huella de los años, la gente y la esperanza que destilan.  Título: Verso de María S

Elogio de la quietud

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  Cuando los impresionistas representaban en sus obras odaliscas, prostitutas o modelos, Mary Cassatt decidió que iba a darles presencia a las mujeres cotidianas, a las que llevaban una vida normal, a las madres de familia, que no ofrecían una biografía espectacular sino que cuidaban a sus hijos, sus casas o sus jardines. Puede parecernos un tema anodino pero era verdaderamente revolucionario, precisamente porque lo que se llevaba entonces era todo lo contrario. Salvar de la vulgaridad a las madres y a las mujeres sencillas fue un acto de valentía que tuvo muchos detractores, pues consideraban que no merecía la pena gastar pintura para esto. Pero ella, hasta el final de su vida en la que cedió al gusto de los marchantes y se dedicó a pintar con pastel escenas edulcoradas y poco realistas, tuvo siempre la intuición de que en esa cotidianidad había una fuente de inspiración perfecta.  La maternidad de Mary Cassatt (ella que no se casó ni tuvo hijos) se expresa en forma de abrazos conteni

Esperaste, paciente, la llegada

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Podría haber sido una terracita muy coqueta cerca del río. O un antiguo café del centro, de esos que tienen en las paredes cuadros de películas. O la cafetería familiar, la de siempre. O, quizá, siendo aún más exagerados, un pequeño bistrot en la orilla izquierda, un restaurante italiano en horas bajas o la librería que sirve helados en el centro de Dublín.  Nada de eso. En tiempo de tormenta, la bonanza es tan solo un enclave geográfico que tú ni siquiera conoces. Las velas de esos barcos que me tuvieron cerca se volvieron despacio hacia otro lado y tú ni te enteraste, ni te fuiste. Esperaste paciente mi llegada y el artilugio se volvió sonoro, firme, seco, libre, tierno, amable, complaciente y tengo que decir que esperanzado.  Todas las risas y todas las palabras. La camisa en azul, que es el color del tiempo que avecina y promete. Tienes el aire de una película de hombres enamorados. Las manos llevan el aire alado de las cosas que se posan tan solo si el sueño se ha cu

El hombre al que amo está comprometido

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  Como era corriente en la época "Sentido y sensibilidad" fue publicada en tres volúmenes. El inicio del volumen II nos muestra el conflicto que siente Elinor Dashwood ante la situación creada por su amor, correspondido, por el señor Edward Ferrars. Este sentimiento nació, a mi entender, cuando él se mostró tan comprensivo, cariñoso y atento ante la situación de Elinor y su familia en Norland. La muerte de su padre las había dejado indefensas y solo con la protección de su hermanastro, John, el heredero de la fortuna e hijo de un matrimonio anterior. Esta red de lazos familiares era usual en la época. Los segundos matrimonios eran corrientes, tanto porque morían muchas mujeres en el parto y porque los hombres se pasan guerreando casi cuarenta años. De modo que las cuatro mujeres, la madre, Elinor, Marianne y Margaret, tienen que vérselas con un John que no es capaz de respetar la promesa hecha a su padre, ayudado efusivamente por su propia esposa, la hermana de Edward, Fanny,

Sigue habiendo azoteas

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Mucho antes de todo, en la historia antigua de los versos, las niñas saltaban de un tramo a otro de las azoteas corridas que servían de cubierta a las casas blancas con festones amarillos de la calle. Empezaban en un extremo y, haciendo el mayor ruido, podían terminar al otro lado, al borde de las huertas, justo frente a la pantalla del cine de verano. Esta era la última azotea y la que tenía mejores vistas. Nadie era capaz de descubrirlas, nadie sabía de dónde venía ese sonido de la música que las hacía ensayar sus bailes a escondidas.  Si el viento de levante soplaba existían modos de burlarlo. Se parapetaban detrás de algunos de los miradores que coronaban la azotea central, la más grande y opulenta, y allí estaban horas y horas, al abrigo del aire y de las madres, que solían gritar sus nombres empezando por una llamada amable y terminando por una orden imperiosa. Todas querían huir de sus casas y enfilar el horizonte desde aquella atalaya imposible. Todas sentían que les f

"Heatherley" de Flora Thompson

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Heatherley. Flora Thompson Traducción Pablo González Nuevo Publicación original 1944 Editorial Hoja de Lata, Gijón, Asturias, 2021 También en este blog: Trilogía de  Candleford *************  ¡Qué encantador es el caso de Flora Thompson ((Oxfordshire, 1876; Brixham, 1947)!  Después de publicar la Trilogía de Candleford, la editorial gijonesa Hoja de Lata saca a la luz esta novela póstuma de una autora casi desconocida entre nosotros y que merece la pena conocer. Su obra es muy corta pero su temática y su estilo han conseguido ya multitud de lectores, que disfrutan de sus descripciones campestres y del relato de la vida cotidiana en los pueblecitos ingleses de la campiña. Un escenario que la acerca a Jane Austen, su autora más admirada y a la que dedicó un trabajo en sus inicios que le valió el reconocimiento para empezar a escribir. Ochenta años después de Austen, Flora Thompson sigue encontrando inspiración en esos escenarios donde ocurren cosas menudas y sencillas.  El centro de la n

Crepúsculo

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  Ha durado un instante. El tiempo de acercarse a la ventana. De sacar unas fotos con el móvil. De subirlas a Facebook, a Twitter y de enviarlas por WhatsApp. La costumbre. No basta con mirar, estamos decididos a que nada se pierda, a que ese instante lunar y peregrino se conserve, siquiera sea dentro del artilugio. Decididos a que otros los contemplen, a intercambiar imágenes y momentos del día. El signo de los tiempos.  Ha durado un instante. Cuando te das la vuelta y vuelves a fijar la vista en el horizonte, ya se ocultó el violeta, ya se ha escapado el rosa, se ha marchado el celeste, se ha perdido el dorado de las luces, y ya es noche, tiene fin el crepúsculo tan demasiado pronto que solo el móvil hace la proeza de conservar su efigie que es la muestra, la memoria incandescente de la tarde que acaba.  (Fotos de la autora del blog. Sevilla, Triana)

Dufy en una carretera azul

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Raoul Dufy podía haber nacido en Cádiz. Sus azules hubieran sido tan turgentes y vivos como pueden apreciarse en sus cuadros. La obra de Dufy es para mí el santo y seña del mar, la auténtica viveza del tiempo de los encuentros, las olas en su navegar hacia la orilla. El océano rodeado de la pequeña y multicolor marea de gente que apenas entiende algo más que ese bienestar irrepetible de su brisa. Mi mar, mi océano, está en los cuadros de Dufy.  El marido de Edna O´Brien aborrecía que ella escribiera. Y tuvieron sus más y sus menos. Diferencias irreconciliables lo llamaría un abogado de divorcios. Yo lo llamo incapacidad para amar y para ser generoso con uno mismo. Envidiar el talento del otro es pecado. Envidiar el talento de alguien a quien deberías querer es mediocridad. Y ser mediocre es peor que ser un pecador. Cuando Ernest descubrió el borrador en el que ella describía una carretera azul en un paisaje que su cabeza había recreado a partir de las ondas azules de

Cambio de armarios

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  (Tom Blackwell, 1938. Fotorrealismo americano) De vez en cuando se hace evidente la lentitud del paso de los días. El calendario no existe sino sus interpretaciones. La publicidad te avisa con anticipación y es muy difícil sustraerse a ese aviso. Nuestra casa es el trasunto del alma: se va acomodando a las estaciones, a la temperatura, a las necesidades. Todos los armarios se convierten en una batalla campal un par de veces al año, salvo en esos casos excepcionales en los que hay vestidores eternos, que nunca terminan. El cambio de la ropa es el símbolo de las expectativas. Pantene te dice cuál es el color de moda y las marcas de cosmética avanzan que tienes que usar delineador de labios, volver a los noventa, llevar en el bolso un gloss, cortarte el pelo por los hombros...Cambiar los armarios es un signo de esperanza. Comprarte ropa es un signo de esperanza. Cuando las esperanzas vuelan, se dice adiós a la peluquería, a los estrenos, a los zapatos nuevos y a los encuentros con las a

Planetas detenidos

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(Hiperrealismo americano, Don Eddy, 1944)  Salta la noticia del nuevo premio Planeta, esos libros que tienen en sus casas los que no leen. En mi calle de la infancia estaban en el salón-comedor de una familia que nunca los abría. Todos encuadernados en piel, derechos, sin que nadie los tocara año a año, engrosando su número, pero sin calor. Así deben seguir en muchas casas: hay gente que es lo único que compra al año. En esta ocasión llevaba trampa: una mujer se ha convertido en tres hombres y los tres andaban tan contentos en el escenario como si hubieran querido hacer un truco de magia. Y los que les dan el premio, que no se han sorprendido para nada con el resultado de su pesquisa, como siempre ocurre, tan felices de que todo el mundo, en lugar de hablar del libro, que trata de lo de siempre, cuenta y no acaba del tres en uno. Algún autor de esos por encargo debería hacer alguna vez una trampa y presentar un libro en blanco, sin palabras, solo con el título. O un libro con un solo p

"Lo que Maisie sabía" de Henry James

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  El matrimonio Farange, Ida y Beale, no se ha puesto de acuerdo a la hora de divorciarse. Y el juez ha decidido que los dos compartan la custodia de su hija de seis años, Maisie. La niña va a vivir seis meses en cada casa y con cada progenitor. Esto lo cuenta Henry James en esta historia y hay que señalar la modernidad de la medida del juez. Pero, aparte un tema jurídico, hay aquí el sustento para indagar en la personalidad de los cónyuges y también en la mirada que la niña lanza sobre la historia. Porque es lo que hace James en su relato. No ver a través de los ojos de la niña, sino contarnos lo que la niña ve, aun sin que ella misma lo entienda. Compartimos, por tanto, la estupefacción de Maisie, sus preguntas, sus dudas y su extrañeza ante los acontecimientos. No tenemos claridad, esa tenemos que aportarla nosotros como lectores.  Habían solicitado su costado no por ningún bien que pudieran hacerle, sino por todo el mal que podrían, con la inconsciente ayuda de ella, hacerse el un

"Washington Square" de Henry James

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(Catherine y Morris pasean en la versión de 1997 de "Washington Square") En un tiempo en que las mujeres de la buena sociedad se sentían presionadas por la necesidad de hacer un buen matrimonio, de tener éxito social, Catherine Sloper no es una víctima de su falta de atractivos físicos o de su escasa brillantez de ingenio. Lo que Henry James describe es aún más doloroso, más difícil de superar y más definitivo: la historia de una niña que nunca recibe amor del padre, que es el único progenitor que le queda después de que su madre muriera en el parto. El doctor Sloper  castiga a su hija con una especie de odio soterrado, de desprecio mal disimulado, porque la considera la causa de la muerte de su mujer a la que adoraba. Ese es el peor castigo que puede recibir un niño. Huérfano de madre y huérfana de padre, o peor aún, con un padre exigente, poco comprensivo, nada cariñoso. Este y no otro es el problema de Catherine, lo que la convierta en una mujer vulnerable. No t