Ir al contenido principal

Un año de libros

 


(Joven leyendo. Jean-Honoré Fragonard. Galería Nacional de Arte de Washington)

Los lectores hacemos balance anual de los libros que leemos, igual que todos pensamos en nuestras vidas y nos preguntamos si fue un tiempo aprovechado o si lo perdimos miserablemente. Hay respuestas para todos y lo importante, quizá, es no mentirse a una misma. Aunque no es nada fácil. Tenemos que usar la condescendencia para no convertirnos en máquinas de autocrítica, eso que puede hacerse bien pero que suele hacerse mal. Los libros que leemos o releemos (conforme pasan los años las relecturas suelen aumentar) son una muestra de lo que somos y queremos, mucho más de lo que pueda parecer a simple vista. En esos libros están los que nos han emocionado y los que nos cansaron. Los que han dejado huella y los que no recordamos siquiera porque fueron un mero trámite. No es fácil hacer la cuenta de lo leído, sino que, la mayoría, utilizamos argucias para que ese recuerdo sea efectivo. Los libros ejercen sobre nosotros una especie de deslumbramiento y, como todo lo que es esplendoroso y frágil, termina desgastándose. Salvo notables excepciones que son esos libros que no se marchan de tu lado y que, siempre, siempre, aparecen sin demora y sin causa. 

A veces los libros parecen montañas escarpadas que hay que subir con esfuerzo. Entonces los dejas de lado un momento, vuelves a ellos, te preguntas si merece la pena y, según seas, continuas abatida buscando terminarlo o  directamente renuncias a algo que, ya lo sabes, no tendrá para ti otra satisfacción que una apuesta. Cuando los libros no se beben con ansia suele ocurrir que no dejan poso alguno, que sirven solo momentáneamente y ni siquiera eso. La frivolidad literaria es muy necesaria y muy apetecible. Un libro que te entretiene un rato ya ha cumplido su misión. Lo malo son esos libros pretenciosos que una supone debe leer para ser come il faut y terminan hartándote. Como los que te obligaban a leer en el instituto. Un coñazo. 

Cada uno de nosotros tenemos una lista personal de libros anuales. Contarlos por años es una convención, como lo es el tiempo. Pero esa mirada atrás te coloca en un lugar privilegiado para darte cuenta de por dónde van tus tiros. Si no has logrado que, al menos un libro, se sume a la condición de imprescindible, hay un pequeño fracaso. Quizá no elegiste bien o te dejaste llevar o no has tenido suerte. Pero, si hay un libro, un autor nuevo, que eran desconocidos, que has descubierto o vuelto a conocer, esta vez de verdad, entonces puede que el tiempo no haya sido baldío y que un año sea mucho y no solo un calendario al que las hojas le van resbalando sin importancia alguna. 


Entradas populares de este blog

"Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante"

(Aibileen Clark con la niña a la que cuida, Mae Mobley Leefolt en Criadas y señoras, 2011) Una frase puede valer tanto como un tratado. La mayoría de los que escriben darían oro por una buena frase. Las frases son como las ideas: lo más difícil de hallar, lo más fácil de plagiar y lo más duradero. Una buena frase representa un logro para el que la escribe o pronuncia. Detrás de una buena frase siempre hay una idea valiosa. Y, además, una buena frase te hace pensar en cuestiones que merecen la pena.  La película Criadas y señoras (The Help, 2011, de Tate Taylor) incluye esta frase en boca de la criada negra de la niñita blanca: "Tú eres buena, tú eres lista, tú eres importante" . La criada negra no ha estudiado psicología pero ha criado ella sola a diecisiete niños. Todos ajenos. Todos blancos. Resulta incongruente cómo en esta película ( y supongo que también en la realidad que retrata) las mujeres blancas dejan a sus preciosos hijos blancos en manos de criadas

"El placer de vivir sola" de Marjorie Hillis

Para quienes piensen que este es un libro más de esos de autoayuda que nos tienen cercados hace tiempo basta fijarse en el año de su publicación original, 1936. Marjorie Hillis (1889-1971) es una pionera en todos los sentidos. Su trabajo en la revista Vogue la puso en contacto con mujeres que, como ella, llevaban las riendas de su vida. La publicación del libro obtuvo un enorme éxito. Es verdad que ella terminó saliendo del círculo de solteras independientes a las que iba dedicado: se casó en 1939. Pero eso no significa nada, salvo que esperó a casarse el momento en que encontró al hombre adecuado. Este resultó ser Thomas Henry Roulston, viudo y propietario de algunas tiendas en Brooklyn. El matrimonio duró diez años pues su marido murió en 1949.  Hillis, que llegó a ser editora asistente de Vogue, era hija de un pastor congregacional y estudió en un colegio para señoritas en New Jersey. Después del éxito de este libro escribió otro dedicado a los negocios que podía emprend

Hombres solos, hombres solitarios

Presumes que eres la ciencia y yo no lo entiendo así porque siendo tú la ciencia no me has comprendido a mí. (Soleares. Juanito Mojama) ✿✿ En los tiempos del Oeste americano, que tanta literatura ha creado y, sobre todo, tanto cine, los hombres cargaban sobre sus hombres el peso de la valentía. Ser cobarde era un oprobio. Ningún cobarde podía sacar adelante a su familia, ni mantener sus tierras, ni vivir con dignidad. Pareciera que la valentía era la moneda de curso legal. Y, sin embargo, el cine nos cuenta que los valientes o los dignos eran la excepción. Más bien hombres solos, a veces también solitarios, que, llegada la hora de la verdad, se encontraban en la más estricta y descarnada soledad. Los guionistas de los westerns eran, como se ve, grandes conocedores de la naturaleza humana, bastante más que la propia señorita Marple que decía siempre, comparando a la gente que conocía con la de su pueblo natal Saint Mary Mead, que "es la misma en todas partes