"La vida iba en serio" de Jorge Javier Vázquez

 


(Barrio de San Roque. Badalona. Santi Cogolludo, 2010)


Un verso de Jaime Gil de Biedma sirvió a Jorge Javier Vázquez, a partir de ahora JJ, para titular su libro. El verso pertenece al poema "No volveré a ser joven" y parece condensar la trayectoria del televisivo. Leyendo su libro se comprende la elección del título y, es más, se comprende la actitud prepotente, chulesca, falta de compasión, del presentador en los programas en los que trabaja. Esa actitud no viene solo de ser el "niño bonito" de la productora o de Telecinco sino también, y sobre todo, de su biografía. Querer dejar constancia de lo que eres quizá sea un truco más de los que usa inteligentemente JJ pero, en todo caso, sabía a lo que se exponía. Los críticos literarios ven en él un outsider que no merece publicar libros, y los colegas de profesión, es decir, la pléyade de presentadores, directores y colaboradores de los espacios de entretenimiento en los que se mueve (en los que vive, cabría decir) creen que va de sobrado y que, al fin y al cabo, no es superior a ellos por mucho que se empeñe. 

Este mundo televisivo que nos rodea por todas partes no es ajeno a su intención y quizá el único motivo por el que escribe esta especie de biografía muy seleccionada es solamente ese: lo hace porque puede hacerlo, porque su posición de poder le permite llegar a mostrarnos sus misterios, desgracias, comportamientos, vicios y frustraciones, con una gentileza perfecta. No vamos a entrar en la crítica porque esa la doy por supuesta. Y tampoco hay mucho que analizar en el terreno literario aunque está escrito con ligereza y con sentido del humor, ambas cualidades muy apreciables para narrar este torrente de desgracias. 

¿Existía en JJ la secreta esperanza de ser perdonado al conocerse su triste infancia, su difícil adolescencia? ¿Quería, además, ser admitido en la secta de los yuppies catalanes que le negaron la entrada en la discoteca de moda porque no llevaba un polo Lacoste? ¿Pretende que se le reconozca como uno de ellos a pesar de no ser parte de la burguesía acomodada catalanista?

Creo con toda sinceridad que ninguna de esas pretensiones puede cumplirse y estoy segura de que no se han cumplido. Quizá JJ lo sepa. Y, de todas formas, haya querido darnos con un zapato en la cabeza. ¿Queréis saber qué soy y cómo soy? Pues ahí lo tenéis por toneladas. No voy a agachar más la cabeza. Porque esa es otra. Vivir mintiendo, oculto, agachando la cabeza, mirando para otro lado, disimulando, no es una buena vida, es una vida horrenda. Y ahí está la cuestión. 

Sin embargo, creo que JJ no hay hecho una reflexión que podía ayudarle a comprenderse y a comprender su propia vida. Habla de planos separados que nunca acerca en su reflexión pero que, en realidad, tienen mucho sentido cuando van juntos. 

Por un lado, la miseria de su familia, su pobre piso en un barrio malo, su falta de dinero, su situación social en la escala más ínfima. Por otro lado, su homosexualidad, ese estigma, esa diferencia. Hay un tercer elemento que tiene también su importancia y que no debe de ser despreciado: su físico. 

El aspecto físico nos condiciona, nos ayuda o nos hunde. En la adolescencia y la juventud adquiere una importancia radical. El físico de JJ, él mismo lo cuenta, no aportaba ningún valor a sus relaciones, a su propia autoestima, todo lo contrario, lo hundía continuamente. Estos tres elementos están relacionados pero hay uno que emerge sobre los demás, que los condiciona y que facilita que todos actúen como contrafuertes vencidos que impiden que el edificio se sostenga. Quizá él no lo haya advertido pero es su condición social la que determina todo lo demás. Ser gay en Pedralbes no es ningún problema. Ser gordo o bajito en la zona alta de Barcelona no supone nada más que exotismo. Pertenecer a una familia de la aristocracia burguesa catalana, siendo poco agraciado o gay, no lleva nada más que algún pequeño disgusto familiar. Ser pobre es, sin embargo, el verdadero problema, el estigma, lo insuperable. Y eso solo se soluciona siendo rico, volviéndose rico, o poderoso. Y el padre de JJ lo sabía. 


(Alberto García-Alix. 1956. La habitación de Luis. 1996. Fotografía, papel baritado con baño de selenio. Museo Municipal de Arte Contemporáneo de Madrid)

La prueba de la percepción sobre su vida que arroja JJ al lector es el papel oscuro que representa su padre, frente al luminoso de su madre y el invisible de sus dos hermanas. Su padre es el ser difícil, que pregunta cosas incómodas, que supone cosas que no le gustan pero que tiene un objetivo: quiere que su hijo salga de ese barrio, que sea ingeniero o topógrafo, profesionales relevantes, técnicas, sin tacha, que tenga un sueldo fijo. En suma, quiere alejarlo de la miseria, del trabajo duro desde las cinco de la mañana, de la falta de consideración social, de tener que ver a su esposa zurciendo a todas horas para complementar su sueldo. El padre de JJ podía ser todo lo duro que se quiera, podía ser exigente, poco receptivo, quizá poco cariñoso, pero tuvo claro que sus hijos solo tenían una salida: y la salida los alejaba de él y los ponía en el camino de otra clase de vida. 

No sé si este papel de los padres es suficientemente valorado por los hijos en contraposición con la ternura, la dulzura, el abrazo de las madres, esa forma de estar pendiente de los hijos y de tapar sus faltas y entenderlas. Pero quizá haya que pensarlo alguna vez a fondo y entender que, sin esos padres decididos, aguerridos incluso en sus formas, mucha gente se quedaría en una desagradable orilla. No fue el caso de JJ que se salvó por la formación, que lo sacó de allí y lo llevó a otros entornos, con otras gentes.

Me ha recordado este episodio del libro lo que sucede en la película "Fenzes". Denzel Whashington es un padre de tres hijos, de tres mujeres diferentes, que lo único que desea es que sus hijos hagan las cosas como tienen que hacerlas, cumpliendo con el deber, sacrificándose, entendiendo qué significa buscarse la vida en un lugar como el que viven. Los hijos se sienten amparados por la madre (que, en realidad, solo lo es de uno de ellos) porque ella les ofrece comprensión y apoyo frente al padre. Demasiadas veces los padres solos, sin más entendimiento que su propia experiencia, tienen que boxear emocionalmente para que sus hijos les ofrezcan un lugar en su corazón que incluya ponerse en su lugar.

Desde ese momento dos lados conviven en la persona, el lado oscuro, vinculado a su condición sexual, y el deseo de triunfar y ascender. Ambos lo llevan a Madrid y allí descubre la ciudad abierta que siempre ha sido, en total contraposición con la cerrazón del ambiente barcelonés. Allí puede vestir como quiera, salir cuando quiera y no es señalado en ningún aspecto. Es anónimo y feliz. Sus historias entonces son como las de cualquiera que está cerca del infierno y también de la gloria. La gloria, al final, le ha venido dada por algo que no esperaba, la televisión el mundo del corazón. Aunque este último siempre estuvo presente en su vida ya que, como él mismo confiesa, la revista que llegaba puntual a su casa y que todos leían era, precisamente, "Lecturas". La justicia poética ha conducido a que hoy día él mantenga ahí un blog en el que opina, desde su púlpito, de lo divino y de lo humano. Y sin que nadie le chiste. 


Hay libros que se escriben por necesidad de expresarse, o por necesidad de comunicar lo que uno es, o por compartir alegremente, o porque no puede hacerse otra cosa que escribir. 

Pero hay libros que son una pequeña venganza. Este es uno de ellos. 

La vida iba en serio. Jorge Javier Vázquez. Planeta de libros, 2012.