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Notre histoire

 


Aquello duró solo cinco años pero ha dado literatura para muchos más. Aparecían en todas las fotos de las revistas de la época y en los reportajes de cine, en los estrenos, en las alfombras rojas, en los lugares de veraneo. El mundo quería saber de ellos, cómo se conocieron, cómo se querían, cómo iban a construir su futuro. Eran muy jóvenes y tenían sed. Quizá de fama o de amor, o de las dos cosas a la vez. 

Él sigue viviendo donde nació, en Sceaux, en los Altos del Sena. Ella llegó de Viena para morir en París, muy joven, con apenas 43 años, después de sufrir la pérdida de su hijo. Estuvieron juntos durante cinco años, desde 1958 hasta 1963. Parece que él se despidió caballerosamente, con flores y una carta, pero siempre pensé, y creo que todo el mundo, que aquello fue una especie de gentil canallada, porque tengo la impresión de que ella nunca dejó de amarlo. 

Fue una Sissi que ocupó las pantallas de los cines y arrasó. Pero después de eso enjaretó una carrera muy digna, junto a directores de renombre, como Visconti, Welles, Siodmark, Preminger, Dassin, Tavernier, Costa-Gavras, Losey o Chabrol. El peso del apellido artístico, que venía de su madre, Magda Schneider una actriz de mucho carácter, se hace más ligero cuando se libera de sus primeras películas inocentes, haciendo de campesina o de reina, para representar papeles de mujer sensual y problemática. 

Por su parte, Delon, uno de los iconos del cine francés y el icono máximo de la belleza masculina en Europa durante muchos años, tiene espléndidas actuaciones que se ocultan bajo el peso de su físico. A pleno sol, de 1959; El silencio de un hombre, de 1960; Rocco y sus hermanos, de 1960; El eclipse, de 1962 o el Gatopardo, de 1963. Melville, Clément, Visconti o Antonioni, están en la nómina de los directores que tuvo a lo largo de su carrera. 


Todas las imágenes del romance nos traen aires nostálgicos. Siempre nos parece que aquello no debió romperse y aún más. Nuestras madres decían que ella no supo soportar esa ruptura y que fue eso lo que le destrozó el corazón. Siguió viviendo, sí, pero con el piloto automático, como si le faltara algo. Desde que ocurrió la separación mucha gente vio menos atractivo a Delon y más solitaria a Romy. No era justo. Tampoco nos cayeron bien las restantes parejas que él tuvo y que no tenían nada que hacer ante la atroz presencia de la vienesa, una belleza que resplandece al máximo en "La piscina", de 1968, la película que rodaron cuando ya llevaban años separados. 


Las veinteañeras de los años sesenta eran tan inocentes como pudo serlo Romy al llegar a París. Todas ellas tenían una esperanza  exagerada en la bondad del amor y en el papel del deseo en la vida cotidiana. Esperaban que sus novios y sus maridos fueran cariñosos, tiernos, dispuestos y detallistas. Querían que se cumpliera todo lo que habían vislumbrado en las primeras miradas, cuando todavía la flor no ha devenido en fruto, cuando las verdades no se han transparentado lo suficiente. Querían amar a toda costa y que ese amor fuera eterno. Querían que los hombres, aquellos hombres, muchachos todavía, crecieran cuidándolas a ellas para sentir que eran importantes, que tenían un sitio en la vida, en sus casas, en sus emociones. Eran atractivas pero deseaban sentirse el centro de la atracción de los ojos que ellas habían elegido para tenerlos enfrente. Y el cine contribuía a esta situación. En el cine veían escenas que ellas no estaban en condiciones de vivir. Veían rostros hermosísimos, paseos a la luz de la luna, abrazos incandescentes, canciones que eran la banda sonora de los mejores encuentros. El cine le hizo tanto daño a las veinteañeras de esos años que las convirtió en mujeres perpetuamente insatisfechas. Porque nada de la vida real podía compararse con el paraíso de las candilejas, con los rostros perfectos de los actores, con los besos de las películas, con los vestidos suntuosos que las mujeres deslizaban con suma elegancia, con la fuerza de los abrazos. La vida real era otra cosa. Una cosa sencilla, cotidiana, inexacta, algo dura a veces, otras veces inexplicable, también, en ocasiones, aburrida. Esto no es el cine, decían algunos maridos. 


Y entonces las novias miraban con ansia las fotos de la revista y veían las películas y adoraban sus gestos y sus miradas. Y, cuando él se marchó después de enviarle flores, las veinteañeras sintieron que no solo ellas eran mujeres normales a las que nada les sucedía, sino que tenían una especie de solidaria presencia en la novia abandonada. Algunas, incluso aprendieron en francés una canción que venía al pelo: 

J'attendrai
Le jour et la nuit
J'attendrai, toujours
Ton retour
J'attendrai
Car l'oiseau qui s'enfuit vient chercher l'oubli
Dans son nid
Le temps passe et court
En battant tristement
Dans mon cœur plus lourd
Et pourtant, j'attendrai
Ton retour

No las consoló, pero evitó que se consideraran mercancía de tercera. 

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