"La rama verde" de Eloy Sánchez Rosillo

 


La poesía es una llamada de atención, un aldabonazo, un recordatorio. Su forma y su fondo se confunden, se mezclan para producir sensaciones que van más allá de la literatura. Es más que literatura, más que contenido, más que expresión. La buena poesía cruza otro territorio, se eleva, se coloca sobre nosotros y nos ilumina. Alumbra el espacio con una suerte de potencia incomparable. Desde hace algún tiempo leo la poesía de Eloy Sánchez Rosillo y me transmite una cualidad esencial, una clase de vivencia íntima compartida. Reconozco en sus palabras algo de lo que he vivido y también cosas que me resultan extrañas e inquietantes, pero, al mismo tiempo, parecen llenas de una especie de bálsamo que se derrama. 

El niño confiado
que aparece contigo en estas líneas
te mira en espejo para siempre
y no sabe que un día morirás.
Pero el que escribe ahora sí lo sabe.
Y conoció ese día.

Estos versos, del poema Date prisa, concentran en pocas palabras un dolor inmenso que adquiere carácter retrospectivo. El poeta sufre tanto por la muerte de su madre como por la ignorancia con la que, de niño, estaba ajeno a que eso ocurriría. Es un doble dolor, sencillamente expresado. No requiere más datos, ni más explicaciones. Rosillo no utiliza frases incongruentes que suenan bien pero están huecas, todo lo contrario, su poesía está desnuda de artificio. La sencillez es aquí una joya valiosa. 

La luz es el elemento sanador de toda la historia, puede ser un momento, una persona, una conversación, un paisaje. Aparece repetidamente entre los versos y tiene carácter de estructura, de elemento que sostiene una especie de esperanza irrepetible: 

Dejé mi casa y me adentré de lleno
en la extensa mañana, en su luz 
nueva.

(Algo que no es azar)

Y qué intensa esta luz que 
respiramos,
este fulgor que crece en la ceniza.

(El abrazo)

La naturaleza, la casa, el huerto, el jardín, el campo, la playa, el mar, son tan sustanciales como las figuras humanas, el padre, la madre, el hijo. Se mezclan y confunden, se abrazan. Todos ellos dibujan un paisaje, el de la existencia vital del poeta, el que se vierte aquí confiadamente, como si al escribirlos, al convertirlos en palabras, se conjurara el cristal roto de la ausencia. De esta manera, el poeta vuelve atrás en su memoria y la transforma en página actual de su visión del mundo. Veo esto porque estoy soy y esto he vivido, parece decir con sus versos. 

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