La lluvia es un cuadro de Pissarro

 


Las primeras lluvias del otoño siempre me recuerdan a París. Imagino a Pissarro atisbando tras los cristales de su ventana (vivirá en una buhardilla bohemia) y mojando el pincel para producir el delicioso efecto del agua sobre el pavimento. Las figuras humanas parecen pequeños muñecos que se movieran en un tablero y los carruajes han perdido su forma. El agua diluye las formas y solo queda el aroma, la sensación de humedad, lo mojado, los árboles sin ojos y los tejados de pizarra al fondo. Algo nos dice que la pintura se hace en el tiempo indeciso de noviembre, cuando el sol y la lluvia entablan una lucha feroz cada año. Como en la historia esa del viento y el sol, del hombre del sombrero y de la capa. El sol y la lluvia llegan al armisticio cuando sale el arcoiris, esa extraña pretensión de la naturaleza que siempre tenía un sitio en el libro de geografía. En el cuadro de Pissarro hay un par de locales abiertos, cuyos toldos no han sido retirados y te dan ganas de refugiarte en ellos, para una cita a ciegas, llevando en la mano una rosa de tallo largo y "Orgullo y prejuicio". Si tienes suerte, él no acudirá a la cita, así podrás seguir soñando y no te llevarás el disgusto de comprobar que, al fin y al cabo, es un necio que blasona de poeta.

Una vez crucé la ciudad en un vehículo alado para encontrarme contigo. La lluvia resbalaba por los pies y hacía esa clase de humedad que te hace mirar al río. Estábamos andando pero yo no podía seguir tu paso, como siempre ocurre y llevaba un trote indelicado, como si fuera un potro que está aprendiendo a andar. El río tenía el aire aterido de las mañanas de lluvia fina y tú ibas delante siempre, pero no me importaba. Todo tenía el sonido perfecto, la lluvia, el río, tus pasos. Ya entonces te quería, incluso sin andar a tu compás. 

Las primeras lluvias del otoño siempre llevaban a encerrarse en casa, eran una excusa perfecta para no salir y mirar a través del balcón o de los cristales de la terraza. Sin compras, sin visitas, sin obligaciones, como un anacoreta que no tuviera otra cosa que hacer que mirar a través de la manta de agua, ligera o no, que cubre el día. Pero ahora, ya lo sabes, estar en casa es lo habitual y salir a la calle la excepción. Y la lluvia no tiene el halo romántico de entonces, sino que es un aviso de que puedes resfriarte y entonces sentirás el miedo de la duda. No hay lluvia feliz ahora, en el tiempo de las puertas cerradas, y el cuadro de Pissarro, con toda su elegancia, es un recuerdo de un pasado demasiado lejano. Y las películas de lluvia en Nueva York son un absoluto despropósito porque nadie paseará por Central Park en coche descubierto ni se abrazará en un campo de lilas de Provenza. Las lluvias no regarán jardines, serán solo una molestia para secar la ropa. Y el otoño no es, al menos de momento, el tiempo en que los lápices de colores chapotean en las mesas para dibujar flores que nunca viviste. 

(Pintura: Camille Pissarro)

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