Al otro lado de la calle

 


Un septiembre cualquiera. Los septiembres son los meses que abren las puertas del amor. No pueden hacer otra cosa. Significan el comienzo y el final. Hay cosas que terminan y otras que nacen nuevas. Es el mes de la indefinición. Nos confunde. El septiembre cualquiera estaba la plaza casi vacía y estaba casi vacío el café y había un aire de misterio en todo, de forma que, si posabas la mano sobre el sillón de mimbre, la electricidad te convertía en ave. Volabas. Al otro lado de la calle estaba él. Venía andando a buen paso, pero con elegancia, como si toda la vida se hubiera preparado para ese único momento. Cruzar la calle, pararse en el semáforo, sortear un seto apagado y llegar delante de ti, sonreír un poco, no demasiado, hablar con voz muy baja, sentarse y esperar. 


¿Tú qué sabías de él? dices ahora. Nada. Es la respuesta. No sabías nada, salvo que tenía un andar caballeroso, salvo que hacía calor, salvo que era septiembre, salvo que era la primera cita. Una primera cita de media tarde, discreta como debía serlo, amable, simple quizá, nada arrebatadora, un poco menos de emoción de la cuenta, mucha luz, setos de flores y la plaza. La pregunta estaba en el aire desde varios días atrás. No hubo respuesta hasta esa mañana. No querías compromisos y te daba miedo. El miedo siempre ha estado contigo, en todos los momentos, es tu fiel compañero, siempre el miedo. El sí fue tan callado como era su mirada. ¿Tú qué sabías de él? te sigues preguntando. Nada. Es aún la respuesta. No sabías nada, nada sabes, el tiempo no ha traído respuestas, solo preguntas, solo interrogaciones, solo dudas. Es un error fiarse de los ojos oscuros, de las palabras llenas de sentido, de la amabilidad, del beso, del encuentro, ese encuentro fugaz, en un espacio en el que nadie imaginaría nunca que la vida se abra en un abrazo. 


Podía haber sido amor pero solo fue miedo. Aquellos días, ese mes de septiembre, esos encuentros mudos, esas tardes, esa camisa blanca, ese sueño, esa casa vacía, esa luz apagada, esos sonidos huecos, ese todo. Las galerías de arte con sus cuadros, enormes cuadros sobre la pared clara; copas que se entrechocan en la inauguración. Y las fotografías. No puede ser, no estés, es demasiado. Siempre la ocultación, la clandestinidad, el miedo siempre. Otra vez. Tan cansado, tan viejo, tan absurdo, tan perdido en un modo de ser que rompe el aire. 

(Fotos: Bruce Weber)

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