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Querido fantasma...

 


Lo sé. Eres muy importante. Tan sesudo... Escribes esos libros llenos de datos, investigaciones, soluciones y ¿perversiones? No. Todo es mucho más intelectual, más serio, riguroso, selecto, ¿convencional? He intentado leer algunos y me he quedado dormida. A mí me sacas de las novelas de terror y me hundes. Eres muy importante y yo debería haberlo tenido en cuenta. Pero, claro, ¿qué se le puede pedir a una cabeza loca que prefiere beberse una coca-cola y no un champán de la región de Champagne, allá en la France, Macron mediante...?

Cuando te conocí entendí que la perfección masculina existía. Un tipo tan elegante, diverso, diletante, entendido, un gentilhombre del siglo XXI, con esas corbatas tan llamativas y caras, con ese savoir faire, y esa postal de señor de mundo. No me extraña que haya tantas mujeres que te sigan a todas horas, que suspiren por ti y que te vean en sueños como la salvación de sus soledades. Si es que eres perfecto...O casi. 


Solo algunos pequeños detalles que ensucian esa perfección aunque quizá sean cosa de mi vista, que es avispada como la de un águila real de esas que están en las reservas del Amazonas...Esa manera de no-mirarme. Esa manía de tener la última palabra. Esa conversación en la que la palabra más frecuente es yo. Yo es tú, claro está. Tú, tú, tú, que es yo, yo, yo. Y esa eclosión de méritos en tu propia boca: soy esto, soy lo otro, soy lo de más allá. Y lo de las posesiones terrenales, con lo espiritual que yo soy: tengo esto, tengo lo otro, tengo aquello. Una declinación de riqueza que a mí, ya ves tú, me emociona menos que un concierto de Obús


Por eso, querido fantasma, no puedo aspirar a ti. Soy demasiado poca cosa. Además, me gusta usar minifaldas muy minis, y que el tipo que está a mi lado alabe mis preciosas piernas. Me gusta hablar, al menos diez minutos en una cita, sin que tenga que observar a un señor enfrente que mira el reloj porque se cansa de escucharme. Me gusta que me cuenten sus cosas pero sin tener que oír el recitado de virtudes continuas que me llega a cansar. Porque el problema, querido, es que me aburres. Y eso, aunque no lo creas, es posible incluso con alguien tan perfecto como tú. O por eso precisamente. Así que prescindiré de tu letanía de virtudes y seguiré con mis contoneos, que yo soy muy Marilyn cuando quiero. 

(Fotografías de William Eggleston) 

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