Mujeres que andan

 

No os hablaré de la lógica preocupación por la salud que nos lleva a valorar como trending topic el ejercicio físico. Tampoco de la legión de mujeres de todas las edades que recorren en grupo las carreteras, los caminos, las avenidas, en pueblos y ciudades, a determinadas horas, charlando entre ellas y, sobre todo, sudando la gota gorda. Vamos a andar, dicen. Y se reúnen unas cuántas y se dedican a hacer kilómetros, porque eso es lo saludable y porque quieren estar en forma, sea el momento de su vida que sea, tengan la edad que tengan. Esto es un modo de relacionarse y de llevarse bien con una misma. 

Tampoco me refiero a aquellas que van al gimnasio con asombrosa fuerza de voluntad. Las que persisten en la piscina cubierta, el pilates o el yoga. Mujeres que quieren verse lo mejor posible, llevar la ropa que les gusta y les queda bien, mantener a raya los dolores, la fibromialgia, las contracturas de espalda o los problemas cervicales. Todas esas mujeres abordan su objetivo desde ellas mismas: sentirse mejor, disfrutar de la vida con menos molestias y más intensidad. 

Hablo de esa extraña situación por la cual ellos pueden estar gordos, fofos, calvos, barrigones, patosos, sin mayor problema ni preocupación porque suponen y suponemos que, a pesar de todo eso, su maravillosa inteligencia, su sentido del humor, su genialidad inherente, su puesto en la sociedad, su poder en el mundo, les va a garantizar tener a su lado, no ya a una señora de su edad y circunstancia, sino a una mujercita encantadora, joven, atractiva, deportista, sin un átomo de grasa en su cuerpo. 

No me quejaría si las señoras mayores, gordas, fofas, barrigonas y llenas de michelines, tuvieran a su disposición y fuera lo natural, a todo aquel tipo atractivo que se les antojara. Pero esto sería visto como una rara avis, una cosa sin sentido y lo criticaríamos ardorosamente, incluso nosotras, que somos unas arpías y que andamos todo el tiempo buscándonos defectos. 

¿Qué se piensan esos tipos, creyentes en la fe de que lo merecen todo, estén como estén y sean como sean? Y, sobre todo ¿cuántas ansiedades tiene que vivir la mujer para estar a la altura? No ya a la altura del que resulta apetecible sino a la altura de cualquier mindundi que se cree con derecho a exigirnos la perfección que ellos no tienen. 

Eso de ser la mujercita perfecta cuesta muchos dolores de cabeza y no conseguirlo te hunde en la depre más salvaje. A nosotras, claro. Ellos, a su bola. Encima, exigentes. 


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