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Yeats, unas fotos, un puente


Tiene algo de obsceno rebuscar en las posesiones de alguien que ha muerto. Traspasar su umbral, lo íntimo. Aunque así lo decida el testamento. Los hijos de Francesca son entes extraños que pasan las páginas de los cuadernos que su madre escribió y que no pueden ponerse en su lugar, no pueden entender nada. Resulta muy difícil aceptar que tu madre, a la que siempre recuerdas junto al hombre que fue tu padre, haya tenido una doble vida o, lo que es peor aún, haya vivido la vida ajena a vosotros. Porque, si creemos lo que Francesca escribe, y no hay por qué dudar, su vida fue un paréntesis para llegar a la auténtica verdad y, una vez descubierta, vuelve a convertirse en una rutina con menos alma. No es un caso de desamor conyugal, es que Francesca, como alguna gente en este mundo, encuentra lo que en realidad casi nadie halla: la fuente exacta de la vida. Un amor, el amor, de un modo solo, de una forma única, él. 

Quizá el éxito de la historia está ahí. Todos queremos poseer algo verdadero, algo que no desaparece aunque el tiempo pase, incluso en la distancia, incluso cuando la otra persona ya no está. Todos queremos que exista algo así. "Es un hombre muy limpio", dice Francesca hablando de su marido. Sí, es un hombre muy limpio. Pero el amor es otra cosa. Y ella estuvo a punto de perdérselo, si no hubiera sido por esos cuatro días de 1965 en los que coincidió casualmente con Robert Kincaid y en la que su marido, tan atento y trabajador, y sus dos hijos, estaban por ahí, en un rodeo. Los amantes del destino dirán que estaba escrito, pero eso nunca se sabe, nunca lo sabremos. 


Los cuadernos de Francesca son el modo en que ella decidió que perviviera lo que había sentido. Quería que sus hijos la conocieran de verdad, y esa verdad no estaba solamente en la vida cotidiana, o en su papel de madre. A los hijos les extraña que sus padres sean seres apasionados, que vibren ante el amor y el deseo, que posean la fuerza necesaria para lanzarse a los brazos de alguien. Pero ella decidió que ese tiempo y ese amor, que, en realidad, ya la acompañó siempre, no se perdiera. Por eso se suscribió al National Geografic, por eso lo escribió todo. Aunque no pudo quizá captar sus risas, las risas que se oyen en la casa en la primera noche que cenan juntos. Reírse sin parar, reírse a lo loco, reírse como se ríen los niños, esa es la primera puerta que abre el amor. "Tu risa me hace libre", decía Miguel Hernández, y ese verso es la muestra palpable de que el amor trae risas al principio y llantos al final. 


Las buenas películas tienen muchas lecturas. Pueden verse de muchas formas. Tienen muchas aristas. Muchas sensibilidades. Muchas miradas. De la más sencilla a la más compleja. De la más sentimental a la más elaborada. Cada espectador ve lo que quiere ver, quizá lo que necesita ver, o lo que puede ver, o lo que desearía vivir, o lo que ha vivido, o lo que ha perdido. Eso, en realidad, es el cine, una fábrica de ilusiones. ¿Quién espera encontrar a alguien que recite a Yeats en medio de una granja de Iowa?...

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