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Catalina

 


Quítate de mi presencia que me estás martirizando. Y a la memoria me traes, cosas que estoy olvidando. Eso fue en 1926 y lo cantó y lo grabó Manuel Vallejo, en el mismo año en que Manuel Torre le entrega la II Llave de Oro del Cante. Cualquiera vería en este hecho un símbolo del respeto que los artistas se tenían entre sí, aparte estilos y escuelas. Puedes comprobarlo también en "La Voz" si te fijas en Alejandro Sanz y en Pablo López, que se entienden con la mirada cuando escuchan un quiebro que a los dos les trae ecos de buena música. El arte es así y son los espectadores o los críticos, sobre todo, los que ensucian las relaciones artísticas, empeñados en poner etiquetas. Vallejo y Torre eran, como diría Lola Flores, dos monstruos. 

Así que en 1926, Vallejo compone y graba estos "tangos arrumbaos" que en 2017 lanza a su estilo Rosalía y los resucita aunque muchos de los que la oyen (la inmensa mayoría), no saben quién es Vallejo ni saben que "Catalina" es obra suya. Una copla que le viene como anillo al dedo a su voz rápida, a su facilidad para los cambios de tono y a su forma de cantar. Una copla a la vez enigmática y sencilla. ¿Quién era ella, y qué se traía entre manos? Estos son los misterios del cante. 

Rosalía y Vallejo tienen algunas cosas en común, aunque no lo parezca. Sobre todo, el runrún que se traen los ortodoxos a cuenta de si esto es o no flamenco. Como sucede con cualquiera que tenga su propio estilo y que se desvíe de la senda, el juicio a Vallejo, a posteriori, lo dejó para el arrastre. En su tiempo llenó teatros y plazas de toros, creó sonidos y ritmos, inventó y compuso, cantó para todos, pero después, en los últimos diez años de su vida, con el mairenismo en alza, a Vallejo se le volvió todo de espaldas y perdió lo que había ganado. No fue el único, desde luego, porque la ola destrozó (o lo intentó) a todos aquellos que cumplían determinadas condiciones que ahora no mencionaré porque esa es otra historia y, como dice Michael Ende, ha de ser contada en otra ocasión. 

El caso es que la prueba de la pervivencia del arte de Vallejo está, entre otras cosas, en cómo una artista y unos arreglistas sin prejuicios son capaces de revitalizar y de dotar a lo que parecía viejo y arrumbado (no de rumba, sino de arrojado a la basura) de nuevas luces. Qué arte hay en hacer eso...y qué arte el de Vallejo, tan poco reconocido, tan injustamente olvidado...




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