Las manos de Henry Fonda





Siéntate a mi cabecera
Fija tus ojos en los míos
Entonces, quizás no muera

(Soleá de Triana) 

Este de la foto que toca el violonchelo es el hombre al que le comprarías un coche usado. Siempre lo creerías, dijera lo que dijera. Y nunca bajaría los ojos ante un dilema o un peligro. De frente, sí, de frente. Tuve en mi vida a un hombre así. Era de pocas palabras, tan solo hablaba cuando tenía algo que decir. Eso es algo que hace un grupo muy reducido de personas, la mayoría cacareamos. Y siempre decía verdades. Nunca mentía, aunque sabía guardarse las cosas que podían hacer daño o crear inquietud. Guardarse las cosas significaba zozobra e inquietud, pero lo prefería a que su familia o la gente cercana se sintiera mal. Ese es el secreto de la generosidad. Como Henry Fonda, el hombre que tuve en mi vida, tenía una sonrisa apenas esbozada, prácticamente nunca reía abiertamente, y, como Henry Fonda, andaba de un modo especial y tenía unas manos aladas, unas manos espléndidamente construidas para dar. 

En "Falso culpable", esa extraordinaria y desasosegante película, dirigida por Hitchcock, en la que el terror es la evidencia de que tu vida cotidiana pende de un hilo y de un error, hay una escena en la que Henry Fonda hace algo que también hacía el hombre de mi vida. Cuando vuelve a casa del trabajo, noche cerrada, abre la habitación de sus hijos para comprobar que todo está en orden. Efectivamente, los niños duermen. He sentido esa mirada aliviada durante tantos años, a pesar de que dormía, que he vuelvo a verla en la forma en que Henry Fonda mira a sus hijos. La niña sabía que su padre había vuelto a casa y que solo descansaría tranquilo si ella estaba en su cama. El hombre nunca reveló su inquietud, pero la niña lo sabía, igual que los hijos de Henry Fonda y de Vera Miles en esa película. 


Las manos revelan mucho más de las personas de lo que suponemos. En las películas de Henry Fonda sus manos siempre tienen un importante papel. No son manos enclenques, de esas que se resbalan al saludar, sino manos fuertes, consistentes, expresamente cálidas. Pero se mueven con la elegancia del ballet, como si sonara la música a su alrededor. Eso es, como si la música lo acompañara. Así ocurría con ese hombre que tuve en mi vida y que tocaba las máquinas con la delicadeza del que toca un instrumento en una orquesta, y desplegaba las páginas del periódico como si fueran alas de mariposa, y cortaba la comida en el plato tan despacio y tan suave que los hijos observábamos siempre fascinados. Esas manos, como las de Henry Fonda, hubieran merecido más abrazos. 


Hay una foto en la que Henry Fonda descansa un momento del rodaje. Aparece rodeado de carteles. Está elegantemente vestido. Lee el periódico. La foto, la pose, el gesto, me recuerdan a aquel hombre. Esa es una de las imágenes que tengo grabadas en la memoria. Su butaca, su cardigan, sus piernas cruzadas, su periódico. Las manos sujetan levemente el periódico, la mirada se concentra en lo que lee, está serio. Este es Henry Fonda pero podría ser él. Lo es en el fondo. A los dos les gustaba el cine de vaqueros. Y esos personajes solitarios que tenían una misión que cumplir pese a todo y no se sentían acompañados en ningún momento. Creo que ambos eran así, en realidad. No se sentían acompañados y por eso la sonrisa era simplemente discreta, no una risa feliz. ¿Por qué? Es una pregunta sin respuesta. No la hice en su momento, no puedo hacerla ya ahora. Me imagino respuestas, pero no son reales, no existen. Podría intentar descubrirlas en una biografía de Fonda, pero no podría preguntarlas al hombre de mi vida. 

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