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Érase un cortijo


Pá mi ya no hay soles, luceros ni lunas
no hay más que unos ojos
que mi vía son...

("Ojos verdes")

El retrato de la dueña de la casa, una mujer estirada y seca, presidía el salón, con una mesa verde que se abría y cerraba, suelos de mármol gris y una chimenea. Parecía una casa inglesa, de esas que están en la campiña y que se rodea de puertas-ventana para poder salir y entrar sin ser visto. Una casa típica para que sucedan crímenes o para que haya amantes desesperados. El edificio era enorme y las dependencias se amontonaban unas con otras sin orden arquitectónico ni criterio. Simplemente se habían ido construyendo según las necesidades. Un poco como las granjas de Stella Gibbons. También los personajes tenían un aire estrafalario muy parecido, quizá no tan grotescos como los Starkadder pero sí extraños. Gente muy callada, tan diferente al resto de las que pueblan este sur. Todos ellos daban la impresión de guardar secretos y de estar asustados. Por eso ir al cortijo daba un plus de emoción a la vida. 

Como en "Bassett", todo estaba allí a la distancia del quinto pino. Para ir a la farmacia había que usar un tractor en el que te subías con dificultad y te bajabas con ayuda. La iglesia estaba tan lejos que muchos domingos aparecía desierta a la hora de la misa y no digamos nada de los días entre semana. La única tienda de ultramarinos servía también bebidas y vendía libretas y lápices, algunas revistas y toda clase de avíos para el campo. El campo era eso, campo, campo de verdad, sin vallados ni espacios para los domingueros. Nadie que fuera ajeno a aquello rondaba por allí. Habría sido descubierto enseguida. 

Al igual que en "Flora Poste y los artistas", la diferencia estaba asegurada y cierto tono exquisito en algunos visitantes fijos del cortijo. El dueño era un caballero con aire indiano y su hija una diletante con ansias de figurar. Montaba a pelo un caballo blanco que parecía desesperarse cada vez que ella saltaba sobre él sin ninguna contemplación y solía llegar los fines de semana rodeada de personas raras, pintores, escultores, algún poeta, todos de la ciudad, ninguno conocido, más bien de esos que están en la sala de espera de la fama. Los caseros, que eran en realidad los que mandaban allí en el día a día, se desvivían por los caprichos de estos insignes domingueros y la vida no volvía a ser la misma hasta que se iban. Algunos ojos perspicaces detectaban enseguida el trato servil y la forma en que cambiaban su expresión cuando los dueños estaban allí. 


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