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Una mala chica


Era sábado y el club estaba muy concurrido. Había un número importante de chicos y chicas, todos ellos bronceados, perfectos, saludables. Sonaba música en directo. Un grupo local, cuatro, batería incluido. Y la sala central del club tenía un inmejorable aspecto. Daba la sensación de que todo el mundo iba a disfrutar en ese agosto tórrido que había inundado el calendario de olas de calor. Las mañanas en la playa los veían a todos sentados en la arena, sobre las esterillas, charlando y riendo sin pensar en nada más que en esos instantes. La inocencia de la niñez se había escapado pero ahora venía algo mejor: el asombro de la juventud. El inicio de la edad dorada del conocimiento. La mayoría de ellos irían a la universidad el septiembre próximo pero ya había alguno más mayor que llevaba algunos cursos en Madrid. Estos eran los que más ligaban. Era un plus de sabiduría haberse enfrentado ya a vivir en la residencia o el colegio mayor. Los que vivían en casa de algún familiar lo tenían peor: aún no parecían adultos del todo. 

La chica se había enamorado meses antes de uno de estos estudiantes aventajados. Se escribían largas cartas en las que se lo contaban "casi" todo. El "casi" venía por parte de ella, en un principio porque le parecía que relatar tonterías no estaba a la altura del destinatario. Pero luego resultó que ese "casi" también era cosa de él, simplemente porque ella, a sus ojos, todavía era una niña en trance de despertar y determinadas cosas no iba a comprenderlas. En realidad, había un muro entre ambos pero ninguno era capaz de percibirlo entonces. La chica era muy graciosa y tenía una inteligencia viva, pero también inexperiencia a raudales, imaginación desbordada y un sentido de la justicia más propio de adultos. Actuaba en muchas ocasiones de consejera con sus propias amigas. Sabía escuchar y esto era un caudal muy apreciado. De manera que otras chicas le contaban sus cuitas amorosas, sus peleas internas y sus disputas con las madres. Las madres eran las grandes enemigas de las faldas cortas, de los escotes y de los zapatos de tacón. Todas ellas, por unanimidad, consideraban que era "demasiado pronto". Tiempo tendrás para eso, solían decir. La vida es muy larga. Pero ellas querían que todas las cosas buenas les ocurrieran ya, que sucedieran de una vez, porque la espera resultaba interminable.


A veces se reunían para arreglarse en casa de algunas. La chica enamorada no tenía hermanos ni hermanas y su casa era amplia, hermosa y siempre acogedora. Así que el tocador de su madre era un buen sitio para contener a seis o siete amigas, todas ansiosas por mirarse al espejo e intercambiarse trapos. Envidiaban, sin decirlo, a las hermanas mayores, a las chicas mayores que aparecían por el club bastante más tarde y que se llevaban de calle a todos aquellos imberbes. Por supuesto, a los universitarios antes que nada. Ellas tenían que conformarse con ser las teloneras o con reírse a carcajadas cuando veían que las cosas se ponían tan difíciles que llegaban a ser imposibles. Pero la chica enamorada contaba con la fortuna de que el muchacho que estudiaba Económicas y que vivía en la calle Juan Bravo, sentía por ella algo muy especial desde siempre. No era guapo, pero sí alto, delgado y tenía bonitos ojos. Llevaba el pelo demasiado largo y se lo recogía en verano en una coleta que le hacía parecer un actor de cine, de esos de serie B que terminan traicionando al protagonista. Hablaba muy bien y contaba historias exóticas de campus y de discusiones filosóficas y de películas que todavía no habían sido estrenadas. La chica enamorada sentía que ese muchacho iba a transportarla a un mundo que todas las demás ignoraban. 

Ese día era sábado y todo estaba muy concurrido. La chica llegó más tarde que otras veces porque tuvo almuerzo de primos en su casa y todo se retrasó. Los primos llegaban en manada de vez en cuando, sobre todo en verano, y sus padres les abrían las puertas con alegría y la satisfacción de tener gente joven en casa. Una sola hija siempre les había parecido demasiado poco. Sobre todo a su madre, que era una mujer sana, fuerte y que deseaba familia numerosa. Podían haber mantenido a una interesante prole pero la naturaleza no respondió y ella se sentía un poco fracasada. Nunca adivinaron la causa de esa fertilidad tan escasa pero la madre se culpó de inmediato. No podía ser de otra forma, se decía. Después de que los primos hubieran arrasado con la comida y la merienda, después de que se hubieran reído de ella porque era la más pequeña y el objeto de sus risas, ella se terminó de arreglar rápidamente y se marchó al club. Llevaba mucho tiempo esperando este baile y estaba segura de que sería el definitivo, el momento en que el muchacho aquel le diría, de algún modo, que estaba loco por ella. Los amigos así lo comentaban y se lo decían a ella sin rubor: te quiere y está por ti, en cualquier momento lo suelta. 

Las luces estaban bajas en ese momento de la noche. La pista de baile estaba a tope. Era difícil distinguir al grupo de amigas pero las vio a lo lejos, en una esquina, muertas de risa, como siempre, riéndose de todo y de todos. Las parejas se movían despacio, era una canción lenta y todo el mundo bailaba abrazado. Ella se ponía nerviosa con esos bailes pero sabía que esa noche era la definitiva: bailaría con él, se abrazarían y, de este modo, él podría decirle al oído cualquiera de esas cosas que ella esperaba. No sabía si "te quiero" o si "me gustas". Pero algo surgiría en ese momento y ya nada sería lo mismo. Dejaría de ser la más pequeña del grupo y se convertiría en la chica afortunada que iría de la mano por la calle Real con ese muchacho tan listo que estudiaba en Madrid. 

De repente lo vio. Era él, no cabía la menor duda. Estaba en un lateral de la pista, pero la luz de un ventanal hacía que la luna se reflejara en su rostro. La chica que bailaba con él parecía fundida, entregada, inmersa en la música y en el cuerpo del otro. No la conocía o sí, pero solo de vista. Una muchacha de las mayores, que se pintaba mucho y tenía siempre unos pantalones ajustados de color blanco y unas blusas escotadas en las fiestas. La chica estaba abrazada a él pero el muchacho parecía feliz, tenía una mueca de satisfacción en la cara. No la echaba de menos, no estaba sentado en una silla, expectante, mirando la puerta. Seguramente había pensado que ella ya no llegaría al baile, que se quedaría en casa. Seguramente eso había hecho que buscara una pareja y que la abrazara de ese modo, de un modo que nunca había usado con ella. Se le partió el corazón al verlo. Fue la primera vez que notó ese chasquido interior que sube desde el estómago a la garganta. Como si la respiración se parara. Como si quisiera desaparecer del mundo y no sentir más la sensación de vergüenza y decepción. 


Eso hizo. Salió casi corriendo, como una cenicienta sin zapatos de cristal. Enfiló la calle hasta su casa, no demasiado lejos, pero llegó enseguida porque lo hizo al trote. Entró y se metió en la cama vestida, se tapó la cabeza y lloró durante algunas horas. Sus padres habían salido y la casa estaba silenciosa. Lloró, lloró, lloró. Así hasta que se quedó dormida, sin cambiarse de ropa, con los zapatos puestos, con el pelo cruzado por un lazo escarlata que llevaba esa noche. Lloró, lloró, lloró. Y nunca más, se dijo. Nunca más. No cambió de idea. Ni cuando el chico le escribió varias cartas, ni cuando sonaba el teléfono una y otra vez. Ni cuando se presentó, a las nueve de la mañana, en la puerta de su casa para pedirle que lo escuchara. No escuchó nunca, no quiso escuchar y aprendió entonces, sin que nadie corrigiera su equivocación, que distinguir la dignidad del orgullo es difícil y que hay decisiones que llevan escrita la palabra infelicidad sobre su cabeza. Nunca lo perdonó y luego fue muy tarde. 

(fotos: Eve Arnold)

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